El winemaker francés, que asesora a más de 40 bodegas en todo el mundo y trabaja en la Argentina desde 1988, presentó en Mendoza la nueva cosecha de Clos de los Siete, el vino que mejor representa su filosofía vinícola. Aquí cuenta por qué la etiqueta es uno de los grandes proyectos de su vida y se refiere al oficio que ejerce desde hace 45 años.


“Estoy siempre de vacaciones”, dice Michel Rolland, y suelta una carcajada. Será la primera de muchas que este francés conversador y afable de 71 años largue en medio de una extensa charla compartida con periodistas y colegas en una muy bien servida mesa del restaurante de Bodega DiamAndes. Afuera, Tunuyán, en pleno Valle de Uco, despliega su esplendor en un mediodía dorado que funciona como el cierre perfecto de un recorrido de dos jornadas por las cuatro bodegas de Clos de los Siete. El enorme ventanal ubicado a un par de metros muestra una porción de las 850 hectáreas que conforman el enclave vinícola, mientras en las copas resplandece la flamante cosecha del blend que lleva el nombre del conglomerado. Una versión, la 2016, está compuesta por 54% de Malbec, 18% de Merlot, 12% de Cabernet Sauvignon, 12% de Syrah, 3% de Petit Verdot y 1% Cabernet Franc. Etiqueta número 14 de un tinto que a partir de 2003 estampó en el firmamento vinícola patrio la firma del famoso enólogo y de sus colegas de Monteviejo, Cuvelier Los Andes y DiamAndes, compatriotas que se aventuraron con él cuando les contagió la locura de tener una bodega en la Argentina. Con uvas de estas bodegas, más las que suma el francés desde su propio proyecto (Mariflor), se elabora este ejemplar que resume un terroir, una manera de hacer vino y la filosofía con que Rolland desembarcó en el país hace ya más de 30 años.

¿Cree que un proyecto como Clos de los Siete lo representa completamente?

–Sí. Yo vengo cuatro veces al año. Cada vez que hacemos los cortes voy de bodega en bodega y el enólogo me dice, orgulloso, “el nuestro está bueno”. Pero el blend está siempre mejor que cada una de las partes. Es un proyecto tan diferente y lleva un trabajo tan duro que hay que tener mucha energía para hacerlo. Es uno de los grandes proyectos de mi vida.

–¿Cómo encontró este lugar?

–Con un querido amigo mío, Jean-Michel Arcaute, estábamos buscando algo en la Argentina. Él vivía aquí; yo no. Un día me dijo que viniéramos a ver este lugar. Nos paramos en la ruta, empezamos a caminar. Caminamos y caminamos. Pasamos un alambre y seguimos caminando. Fueron cuatro kilómetros desde la entrada. Ahí es donde me dijo: “Son 850 hectáreas”, un detalle (risas). Nos gustó y lo compramos.

–¿Qué fue lo primero que lo atrajo de la Argentina?

–Desde el principio pensé que había algo muy fuerte aquí. Y el Malbec me apasionó de entrada. Entonces traté de hacer un vino diferente del que se hacía antes. Claro que resultó un desafío un poco más grande que lo que pensábamos al principio.

–Entonces, que le digan “el padre del vino argentino moderno” no es tan errado.

–Fue una coincidencia: llegar a un buen lugar en un buen momento. Pero en los 90 cambiaron todos: Catena, Trapiche, Salentein. Fue así porque la gente no es tonta y se dio cuenta de que el mercado interno no era suficiente y había que empezar a hacer vino que interesara al mundo. En los 90, con la paridad cambiaría, hubo que hacerlo porque, si no, desaparecía la vitivinicultura argentina. No sé cuál es el vino de mañana, pero seguro es uno que encuentre consumidores afuera.

–En 30 años, ¿qué aprendió del consumidor argentino?

–Que cambió mucho. Y lo hizo para tomar los vinos que hacemos nosotros (risas). Yo siempre digo que cuando llegué a la Argentina no estaban a mi gusto. Había vinos que para nosotros los europeos eran un horror total. Ahí te das cuenta de que Arnaldo Etchart fue un visionario, porque a mediados de los 90 daba la vuelta al mundo para vender su vino y no le iba bien. Entonces se preguntó “¿qué hacemos?” y me llamó para que lo ayudara. Así empezó la historia.

A medida que pasan los platos –y las copas–, Rolland no para de lanzar frases de antología. Lo hace ante cada pregunta, como si estuviese programado para la contestación justa. Pero siempre con respeto, buscando la aprobación del otro más como un acompañante que como un oráculo. “Trabajaré hasta que me den el paladar y las piernas”; “No hay que preocuparse tanto por los puntajes: el que los otorga en una persona, no es todo el mundo”; “El mejor es el que menos se equivoca”. Sentencias con las que es difícil no coincidir. Mucho menos con su respuesta a una duda final.

–Siempre se lo ve muy entusiasmado. ¿Dónde encuentra el estímulo?

–Si no me gustara, no lo haría, ese es mi estímulo. Es como preguntarle a un jugador de tenis o de golf por qué sigue jugando. Y yo creo que estoy jugando con el vino, después de tantos años. El día que no pueda enfrentar todo me dedicaré a leer o a escuchar música.

“No sé cuál es el vino de mañana, pero seguro es uno que encuentre consumidores afuera.”