El underground la vio nacer con apenas doce años en las plazas de Buenos Aires. Hoy, a los 18, sus rimas llenan festivales y su flow la convirtió en la número uno del trap, el género musical que fusiona el rap y el reggaetón y se apoderó de la nueva generación.


“Estoy brillando con highlighter, ¿no lo ves?”, suena en los parlantes de Dakillah. Y eso es lo que hace: ella, su pelo violeta y sus uñas esculpidas. “La Number One” del trap, como la llaman en función de uno de sus hits, tiene 18 años y un recorrido en ascenso en la música urbana argentina. “Voy por todo”, asegura, y sus números (172 mil oyentes mensuales en Spotify, 192 mil suscriptores en YouTube, con más de cinco millones de reproducciones en sus videos, y más de 300 mil seguidores en Instagram) lo confirman.

Se hizo de abajo. El underground la vio nacer con apenas 12 años en las plazas de Villa Devoto, con sus rimas y un flow moderno que danzaba sobre el beat. Pero a pesar de su corta carrera, su nombre ya resuena entre los grandes. “Luna”, su más reciente éxito, se estrenó en vivo en el festival Lollapalooza, y “Oro negro” (mezclada por Mike Bozzi, productor de Kendrick Lamar) competirá en la categoría “Mejor Canción de Música Urbana” en los Premios Gardel.

Dakillah es el trap. Pero ¿qué es el trap? “Rimar y vacilar al mismo tiempo”, dice. Por eso, vibra con esa fusión entre el rap y el reggaetón, que emergió de las batallas de freestyle y se convirtió en el género musical de moda. ¿Pa’ qué highlighter, Dakillah? Si tú brillas sola.

–Empezaste a rapear cuando tenías 12 años. ¿Te acordás de la primera vez que lo hiciste?

–Re. Hasta me acuerdo de la ropa que tenía puesta: un suéter muy feo, cuadrillé blanco y negro, que me había prestado mi hermana. Ese día fui con ella hasta la plaza Arenales, en Villa Devoto, para conocer a un grupo de amigos más grandes con los que se juntaba. Y, en un momento, uno de los chicos se paró y empezó a tirar un beat. Yo no entendía nada, pero me acerqué y me puse a rapear. Después empecé a ir cada vez más seguido, porque ellos me enseñaban y yo quería mostrarles cómo iba mejorando. La misma euforia que hoy tengo antes de subir a un escenario, la tenía antes de llegar a la plaza.

–Te manejás sola desde muy chica, ¿no?

–Sí, pensá que yo vivía en Nordelta y me iba hasta Lanús, Mataderos, Madero y Villa del Parque para competir. Me tomaba dos bondis, el subte, hacía combinaciones. Mis viajes siempre eran el triple de largos que los que hacían los demás para llegar. Mi vieja no quería saber nada, porque tenía como prioridad que yo fuera al colegio. No tenía su aguante. ¿Cómo le explicaba que, con 12 años, me iba a ir a la plaza aunque ella no quisiera? Siempre me decía: “¿Cómo te vas a juntar con ese grupo de drogadictos?”, porque en ese momento se creía eso. Yo sólo quería hacer música, pero fue difícil arrancar. Un par de veces pensé “esto no es para mí”.

–Además, no había muchas mujeres que rapearan en ese momento.

–En las plazas siempre hubo mujeres. Pocas, pero había. El tema es que la mayoría no rapeaba. Pero si yo soy una piba y al lado de mí hay otra piba, y yo estoy rapeando y ella está mirando, la única diferencia entre las dos es que yo me animé a hacerlo. Por eso creo que hay que sacarse un par de conceptos de encima y perder la vergüenza. Si tenés a un guacho tirando un beat, tirate un free y ya fue.

¿Cómo entrenás el freestyle?

–Antes iba a la plaza y rapeaba todo el día. Me acuerdo de que la segunda vez que fui, mi hermana puso una base de YouTube antes de salir y me dijo: “A ver, probemos rapear”. Yo intenté hacerlo, pero no pegué una. Ahora voy al estudio, pongo una base e improviso arriba. Lo uso mucho para escribir: me grabo, y, si sale algo bueno, quizás me sirve para algún tema. Pero no me pongo a estudiar palabras que rimen. Eso se usa más para competir.

–¿En una batalla de freestyle gana el que responde enojado o el que mantiene la cabeza fría?

–Depende. Antes se metían mucho con las mamás, y me acuerdo de que había un chico que cada vez que le decían algo así se enojaba y ganaba toda la competencia. Le activaban el superpoder. Pero hay gente que no se calienta y lo hace mejor. Yo cuando me enojaba rapeaba mejor.

–¿Qué te enojaba?

–Me criticaban porque era de Nordelta. Siempre el rap fue underground, entonces me decían que era una cheta, que creía que tenía calle y en realidad tenía un montón de plata. Me re enojaba eso, pero me activaban el superpoder.

–Tu canción “Number One” dice: “Hay varios que hablan sólo por hablar”. ¿A quién le dedicás esa frase?

–A mí en ese momento, además, me boludeaban mucho porque era chiquita. Me decían: “¿Qué hacés acá, pendeja? ¿Tus papás te dejaron salir?”. No creían que yo fuese a llegar muy lejos, porque antes el rap era cosa de grandes. Entonces me salió ese tema, porque hablaban de mí y ni siquiera me conocían. Yo siempre pensé como alguien más grande, y capaz el que tenía 23 y me decía “¿qué hacés acá?” se sentaba a hablar conmigo y se iba con la boca cerrada.

Este año arrancó con tu participación en el Cosquín Rock y el Lollapalooza. ¿Cómo lo viviste?

–La energía que hubo en el Lolla no la sentí nunca en mi vida. Pero el Cosquín también estuvo muy bueno. Lo que tienen este tipo de festivales es que hay un montón de otros artistas muy buenos en escena. Entonces, cuando estás ahí, te das cuenta de que es sarpado lo que estás haciendo. Te cae la ficha de en dónde estás parada.

–¿Hasta dónde llega el boom del trap argentino?

–La Argentina se está convirtiendo en el segundo centro de trap en el mundo, después de los Estados Unidos. En mi caso, a fines de noviembre me voy para España unos meses, a empezar de cero con mi música y aprender del rap de allá, que es muy de la calle. No lo tenía planeado, pero Red Bull me ofreció hacer de comentarista en la Batalla de Gallos y ahora quiero irme ya. Tengo ganas de hacer cosas nuevas, de conocer a otros artistas. Siento que es un giro muy grande que puede tener mi cabeza con respecto a lo que me pasa con la música.

–Tenés claro de dónde venís, ¿sabés hacia dónde vas?

–Voy por todo. Voy adonde me lleve mi música, voy a donde quiera que mi historia termine. No tengo claro adónde, pero sé que va hacia algún lado. No me voy a quedar en el camino.

“En las plazas siempre hubo mujeres. Pocas, pero había. El tema es que la mayoría no rapeaba. Pero si yo soy una piba y al lado de mí hay otra piba, y yo estoy rapeando y ella está mirando, la única diferencia entre las dos es que yo me animé a hacerlo.”