La gran directora argentina reparte sus días entre su Salta natal e Islandia para avanzar con el proyecto que lleva adelante con la cantante y performer Björk. En el medio, un documental sobre el asesinato de Javier Chocobar, y siempre, su lucha por el empoderamiento de las mujeres en el cine.


Lucrecia Martel es rock. Sus películas trascienden fronteras. Tiene seguidores y fanáticos, especialistas en sus películas que pueden estar horas y horas hablando de los planos de Zama o de La ciénaga. En la última entrega de los Premios Cóndor, que otorga la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina, además de llevarse ocho premios (incluyendo dirección, película y guión adaptado), se sacó una inesperada selfie con Moria Casán que recorrió el mundo. En la industria todos quieren trabajar con ella. Como muestra basta su reciente alianza con Björk para dirigir Cornucopia. La cantante y performer islandesa la convocó tras la salida de John Tiffany (“Once”, “Harry Potter y el legado maldito”) para asegurarse un nivel aún más elevado en la puesta que llevará a The Shed, espacio próximo a inaugurarse y que promete, como el espectáculo, revolucionar Manhattan. «Me siento muy orgullosa de poder trabajar junto a una de las mujeres más innovadoras del mundo de la música. Colaborar en un show de Björk es un pasaporte al siglo XXII». La sociedad Martel-Björk promete avanzar en un espectáculo donde la concepción sobre espacio, tiempo y sonido será clave para aquellos que puedan ver alguna de las ocho presentaciones que se harán de Cornucopia.
En tiempos de empoderamiento femenino y de la búsqueda de colectivos de actrices, directoras, técnicas, entre otras, por lograr un espacio equitativo y mayor protagonismo en las historias, Martel llegó con su cine posicionando historias íntimas sobre problemáticas de género. No todas son evidentes, pero laten en cada uno de los fotogramas de Rey muerto, La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza y Zama. En el universo Martel, las mujeres terminan reorientando mundos masculinos en donde estos quedan relegados a meros instrumentos para conseguir objetivos.
Viajando de un lado al otro del mundo, soportando el frío de Islandia, corriendo para dar masterclasses en festivales de cine sobre el sonido o recluyéndose en su Salta natal para ultimar detalles de Chocobar, un documental sobre el recordado indigenista asesinado en Tucumán, Martel bucea sobre los límites de las expresiones artísticas para transformar a aquellos espectadores que se acercan a su obra en sus discípulos.

–El espacio y el sonido son dos grandes protagonistas en tu cine, ¿cómo los repensás ahora para el teatro, si es que hay que repensarlos, a partir de tu participación en el espectáculo de Björk o cuando ibas a llevar adelante André Chénier para el Teatro Colón que finalmente no se pudo concretar?

–Hace tiempo que investigo y pienso en el tiempo como un volumen. No como una línea con sentido. Un volumen donde establecer una cronología, una relación de causa consecuencia es una arbitrariedad tan descarada que produce carcajadas y temblores de espanto. Trato de traicionarme, y traicionar a todo el mundo con estas minúsculas invenciones. A veces lo logro. En André Chénier lo estaba por lograr y se me cayó una retina. Tuve que estar un mes en Los Ángeles con el ojo emparchado. Ahora estoy acá empezando los ensayos con Björk que resultó ser infinitamente más desconcertante de lo que imaginaba. Su sistema de encantamiento es tan sofisticado. Maneja con música que nunca escuché, a un volumen difícil para mí, corre porque necesita que veas un lago congelado que es imprescindible para entender algo, y hay que llegar justo. Unos precisos cinco minutos. Y ahí en medio de la nieve, te das cuenta que no era el lago, era esa música, era esa velocidad, y esa luz que está a punto de desaparecer. Y claro, un deseo de esclavitud te vuelve incondicional, porque hay algo de salvación en eso.

–Desarrollaste proyectos que te llevaron muchos años, como por ejemplo Zama o el documental sobre Javier Chocobar, ¿cuál es la experiencia que sentís al dejarlos en libertad y en consideración del público y la crítica?

–El documental todavía está en proceso, ya van nueve años. Pero si pienso en las otras películas fue muy distinto en el caso de las tres primeras. Cuando terminé La mujer sin cabeza sabía que algo ya estaba bien. No que yo había hecho las cosas bien, sino que algo estaba terminado. Con Zama fue distinto, primero porque yo no sabía que había un público para mis películas en el mundo. Gente que las había visto y las apreciaba. Me di cuenta de eso cuando empecé a viajar por Zama. En ese caso, terminarla fue más bien como aterrizar en un planeta idéntico al del que saliste, pero el suelo es blando y no necesitás casa.

–Sobre el documental, ¿cuáles fueron las principales diferencias que tuviste a la hora de planificar la narración? ¿Cómo seleccionaste a la gente que te acompañó en el proceso? Sé que por ejemplo la realizadora María Alché fue parte de la investigación, entre otros…

–Sobre el documental no puedo decirte mucho porque estamos en proceso. Sólo que el crimen de Javier Chocobar fue una bisagra en mi vida. Un progresivo y abrupto desvelamiento. Abrupto pareciera oponerse a progresivo. En el caso de este crimen y sus consecuencias, esas palabras se combinan perfectamente. La historia de los chuschagasta, el crimen de Javier Chocobar, y el juicio nueve años más tarde, son acontecimientos históricos de proporciones mayúsculas. Espero estar a la altura de lo que exige ese documental. María es mi amiga. Practicamos los mismos deportes: crear sistemas de organización de datos y perfeccionarlos. Imaginamos la vejez con mucho placer. Estamos escribiendo juntas desde hace ocho años. La otra pata de este documental es REI Cine, productores de Zama. Los productores Matías Roveda, Benjamín Domenech y Santiago Gallelli son hombres inteligentes, temerarios en el mejor sentido y de una efectividad sorprendente. Han generado una zona de fertilidad y seguridad indispensable para que puedan desarrollarse las ideas que parecen imposibles.

–Estamos en un momento en el que el concepto de lo nuevo, asociado a un tipo de cine que se sube a plataformas constantemente, se agrega como valor a las películas/series. ¿Cuánto tiempo más creés que se puede seguir sosteniendo este tipo de modelo y cómo se piensa el cine desde ahí?

–Somos una especie que depende del intercambio simbólico. Buscamos comida para tener fuerzas para eso. La pobreza no es un índice de accesos a bienes. Es la negación de la condición de humanidad del otro, que tiene que usar todas sus horas para buscar comida. Desbaratándonos como especie. Cuando se habla de canasta básica, me espanta. Porque ya se ha negado en ese concepto la necesidad de intercambio simbólico fundamental para considerar la propia existencia. Y del otro lado, la abundancia venenosa, donde el sentido de la existencia está en la posesión, y en adecuar la satisfacción al consumo. ¿Cómo logramos que unas criaturas tan extraordinarias como los humanos se transformen en gente tan sumisa? Es una madeja, pero voy a tirar de un hilo: es preciso domesticar el tiempo, hacer desaparecer el presente, y lanzarnos como las ratas de Hamelín hacia un futuro indispensable, para el crédito, la deuda. Un sentido del tiempo empeñado hacia el futuro, un invento del que podríamos prescindir. Para lograr eso es necesario homogeneizar la narrativa. Hacerle creer al público que hay un modo de organizar el tiempo. Y eso es lo que más me preocupa de lo que está pasando. Hay una narrativa que desde empresas exitosas ha sido legitimada. Y cada fin de semana bebemos su medicina por seasons.

–En un momento en el que el cambio de paradigma es evidente, y la fuerza de la mujer es irrefrenable, ¿cómo configurás tu creatividad y tu compromiso político más allá de los encasillamientos de la industria?

–No son cosas separadas. Nadie puede hacer eso con su vida. Cambiar el mundo es una ilusión que no he perdido, ni cuando pertenecía a la Iglesia Católica. Todas mis decisiones en la vida, han ido en esa dirección, dentro del estrecho margen que me deja mi propio confort, al que como muchos, también estoy aferrada. Y el camino de la narrativa, audiovisual en mi caso, es el camino lento, lentísimo, de perversión de la percepción. Persisto, porque he visto que es posible.

“Cambiar el mundo es una ilusión que no he perdido. Todas mis decisiones en la vida han ido en esa dirección, dentro del estrecho margen que me deja mi propio confort, al que como muchos, también estoy aferrada.”