El éxito mundial de Marie Kondo viene a plantearnos algunos interrogantes que van más allá de hacer espacio en el placar o doblar bien la ropa: ¿somos una generación quemada por el estrés que busca en el orden una respuesta a nuestro caos cotidiano?


“Doblar ropa como estrategia organizacional es aburrido, mientras que doblar ropa como un plan de vida con mística es atractivo. No se trata de la ropa”,explicaba la filósofa Amy Olberding, en referencia al fenómeno cultural del método Kondo y su sucedáneo, Tidying Up with Marie Kondo, el nuevo hit de Netflix que tiene a todos realizando experimentos colectivos y poniendo patas para arriba los placares. Aunque Olberding señala en un editorial crítico (“Tidying up is not joyful but another misuse of Eastern ideas” / “Poner orden no es placentero sino otro mal uso de las ideas orientales”)que el programa no es más que cultura pop espolvoreada con un poco de orientalismo, las ideas subyacentes resuenan colectivamente en un momento como este y vale la pena preguntarse por qué.

Si la llamada industria del “self-help” o “self-improvement”, que ha crecido en los últimos años transformándose en consabido negocio, ya capturaba la imaginación del adulto promedio, lo interesante del método Kondo es cómo a través del show logró captar a públicos más jóvenes. Ahora, ¿por qué nos obsesionamos tanto con la idea del orden o el minimalismo en el consumo? ¿Es acaso la idea del mejoramiento a través de estas técnicas la nueva fantasía urbana moderna? ¿Es posible vivir mejor a través del orden o es tan sólo otra zanahoria aspiracional?

Para ser justos, el furor con el minimalismo o el desapego no es algo nuevo: desde la fascinación con las filosofías orientales en la última década, en particular con el budismo, los movimientos globales y eco de reducción del consumo y el culto por las tiny houses(la moda de vivir en casas de pocos metros) hasta llegar a filosofías más trendy y aggiornadas, como el hygge(la actitud de buscar cosas buenas para el alma a través de placeres mundanos y reconfortantes), la cultura viene coqueteando hace un tiempo con algunas de estas ideas.

De Kondo a Netflix

Mucho antes de llegar a la TV, esta japonesa siempre sonriente de 34 años había publicado dos libros, La magia del orden (2011) y La felicidad después del orden (2012), y creado su famoso método, que básicamente consiste en evaluar el valor emocional de las pertenencias para dejar ir todo lo inútil y quedarse con lo querido. Además, claro, de incorporar algunas técnicas de optimización de espacio y doblado. Sin embargo, como muchos críticos han señalado, el plus del programa, más que ver las técnicas específicas de orden y guardado (e incluso más allá del morbo de presenciar el antes y el después), es la idea redentora de purgarnos espiritualmente a través del orden. De encontrar lógica en el caos de nuestras vidas.

“Organizar tu alacena no es algo que te va a cambiar la vida ni que va a resolver tus problemas”, señala la periodista Erin Keane, quien explica que este tipo de soluciones no son más que paliativos a la angustia y la llamada “errand paralysis” (algo así como “parálisis de los quehaceres”) que muchos millennials sienten hoy día, hiperconectados, con trabajos estresantes y una precaria situación económica (en los EE.UU., sumando la deuda estudiantil y las hipotecas de las casas). No olvidemos que de acuerdo con la American Psychological Association, los millennials son la generación más propensa a sufrir estrés desde 2010, en comparación con generaciones previas.

En este sentido, Keane explica que el enganche con estos productos reside precisamente en la certidumbre que proveen: la idea tranquilizadora de que todo tiene una solución al alcance de la mano, en un mundo complejo donde cada vez menos cosas están bajo nuestro control. Un mundo donde, como explican desde el tremendo artículo “How millennials became the burn-out generation” (“Cómo los millennials se convirtieron en la generación quemada”), nuestro gran valor como generación es que podemos estar quemados e igual seguir trabajando.

¿Por qué nos obsesionamos tanto con la idea del orden o el minimalismo en el consumo? ¿Es acaso la idea del mejoramiento a través de estas técnicas la nueva fantasía urbana moderna? ¿Es posible vivir mejor a través del orden o es tan sólo otra zanahoria aspiracional?

La ilusión del orden

No es una casualidad que al mismo tiempo que Kondo salía al aire en los EE.UU. se estrenaba la nueva versión del clásico Mary Poppins, fábula de Disney basada en la saga de novelas de P. L Travers, en la que una nana misteriosa llega para poner orden literal y metafórico y cambiarle la vida a una familia. Así, cual Poppins moderna que llega para hacerles sentir a los jóvenes estresados que todas aquellas tareas mundanas que les cuesta hacer en su parálisis son, en efecto, imprescindibles y dignas de atención, Kondo ofrece una fantasía para adultos en un mundo aparentemente hostil. ¿Acaso se ha vuelto tan difícil ser adulto estos días que un poco anhelamos algún cántico mágico a lo Poppins para poner nuestros asuntos en orden?

Y es que las presiones y los problemas no son sólo internos o de la vivienda, como señala Kondo cuando hace un análisis del estado de la casa y sus habitantes, sino también externos, sobre todo para muchos jóvenes adultos en la actualidad. “Mary Poppins Returns es ostensiblemente un filme de chicos pero que está hecho para los adultos de hoy”, dice con tino Jodi Eichler-Levine, crítica de salon.com. Después de todo, ¿quién no querría escapar un ratito, encontrarse con un adulto que sí sepa lo que está haciendo o hallar el confort de que las cosas salgan tal y cual las planeó?

Graciosamente, Poppins fue creada por una mujer ejemplar, que conocía muy bien el poder de la autosuficiencia y cómo abrirse paso en un mundo adverso –y en ese momento dominado por hombres–. Bailarina, actriz y escritora, Travers además se interesaba por la mitología, la teología y otros misticismos, pero aún en su mágica saga nunca deja de ubicar la posibilidad de resolver los conflictos y hacer los descubrimientos necesarios lejos de la humanidad de sus personajes. Quizás indicando que, a fin de cuentas, todos podemos poner orden a nuestras vidas si tan sólo nos abocamos a ello.

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