Desafiar la gravedad para jugar con ella. Este productor, guionista y director se elevó mucho más allá del escenario para montar espectáculos completamente transformadores en el que que el público forma parte de la fiesta.


En 1985 creó la compañía Organización Negra, y años después se propulsó aún más alto con el grupo teatral De la Guarda y el espectáculo Villa villa, dos universos plagados de euforia y estímulos que viajaron por el mundo. Hoy, a través de su compañía Ojalá, cocreada con Gabriela Baldini, lleva adelante emprendimientos artísticos, el último es Hombre vertiente: un viaje de lucha personal por descubrirse a uno mismo.

Al momento de crear busco llevar a la realidad cuadros o imágenes que representan lo que quiero transmitir, que se expresan en un mundo onírico y físico; yo busco todo el tiempo despegarme de la tierra.

–En todos estos años de creación, ¿qué fue lo que descubriste de vos?

–Al momento de crear busco llevar a la realidad cuadros o imágenes que representan lo que quiero transmitir, que se expresan en un mundo onírico y físico; yo busco todo el tiempo despegarme de la tierra. Pienso lo físico con cierta vuelta de tuerca que te hace desarrollar sistemas, inventos, situaciones que no son las convencionales. Estoy siempre en un camino de prueba y error, hasta llegar a lo que quería contar.

–¿Recordás en qué momento de tu vida apareció tu sed por el arte?

–La sentí desde muy chico. Cuando tengo que explicarle a un actor cómo expresar cierto estado, lo llevo a su niñez. Los mundos que uno creaba o las fantasías que uno tenía no eran solamente un juego de niños, estaba sucediendo algo más; yo me estaba proyectando verdaderamente. De alguna manera, esos juegos son los que traés a la realidad de grande.

–Fuiste uno de los pioneros de este tipo de espectáculos que cruzan varias disciplinas, ¿cómo fue instalarte en ese lugar del underground?

–Mis padrinos artísticos fueron los creadores de La Fura dels Baus; estaba estudiando teatro en el Conservatorio con 19 años, y ver a estos pibes estalló mi imaginario. Esa explosión abrió una nueva dimensión, me generó una pulsión que sigue hasta el día de hoy. Fue sentir y visualizar lo que quería hacer, y que resulte de una manera inimaginable: eso genera una adicción en la vida. Así vas tropezándote muchas veces, dudando de si lo que hacés es más o menos bueno que lo que hiciste antes.

Hombre vertiente acaba de recibir cuatro premios Carlos, ¿qué te genera ese reconocimiento?

–Nunca había sido destacada porque la gente no entendía la propuesta o era demasiado dark. Creo que hoy el público está más maduro; no todo es fiesta y saltar, a veces te pasa por lugares de mucha euforia, algunos muy graciosos y otros muy oscuros, otros más poéticos, otros superfemeninos. Hay un acto donde las mujeres están colgadas en el aire, hermosas y sensuales, y después aparecen unos demonios que quieren salir del escenario. Antes la gente no lo entendía y hoy se quedan sorprendidos. Las mujeres están viviendo una etapa histórica, la época también cambió. Creo que eso también fue premiado.

–¿Qué te pasa cuando termina la primera función de algo que creaste?

–Con Hombre vertiente fue difícil porque estábamos tan atrasados con toda la producción que la primera función fue como el primer ensayo general. Entonces fue una convulsión de sensaciones, por momentos de felicidad absoluta y por momentos te agarrabas la cabeza, no entendías si estaba bueno o era un desastre.

–Con Villa villa hicieron muchas giras por el mundo, ¿cómo es el cambio de público en cada lugar?

–Tengo recuerdos de funciones en lugares caóticos y anacrónicos, en un país con una cultura que no manejás; y de repente sentir que uno puede trascender las diferencias te hace dar cuenta de que todos hablamos el mismo lenguaje. Es muy visceral lo que manejamos en los shows. Vos podés interpretar qué le pasa a ese personaje que se está arrancando la piel del cuerpo; te dispara un montón de ideas y emociones. Sos vos el que le da sentido.

–¿Qué buscás generar en la gente con tus obras?

–Que queden desorbitados. Que los hayas sacudido y no puedan salir del asombro. Me gusta el espectador inmerso, yendo de un lado al otro, perdido, desprovisto del reparo que da la cabeza. Que esté suelto ahí casi para jugar, que se transforme en un niño. Esos espectadores que van corriendo de la mano con otro y saltan cuando se mojan, juegan a acercarse al peligro de la acción, al fuego, a las chispas. Es un carnaval, una fiesta, un lugar donde perdiste los prejuicios.

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