A fines de diciembre, Netflix estrenó Bandersnatch, la película interactiva de Black Mirror que permite que el espectador decida sobre la trama del filme. Un formato que tuvo sus primeras apariciones en la década del 60 y hoy se establece como el futuro del entretenimiento.


El Día de los Inocentes del año pasado, Netflix estrenó Bandersnatch, la película interactiva de Black Mirror que, basada en algunas obsesiones de la serie distópica, plantea una sucesión de bifurcaciones que hacen que el espectador influya en la trama. Es la historia de Stefan, que busca cumplir el sueño de adaptar un libro estilo “Elige tu propia aventura” a un videojuego de la empresa donde trabaja su programador favorito.

A medida que la película avanza, el aire se enrarece. Las primeras elecciones son livianas (¿qué tipo de cereal desayunará el protagonista?); las últimas, nauseabundas (¿enterrar o descuartizar un cuerpo?). Algunas no llevan a ningún lado. Bandersnatch nos fuerza a retroceder si insistimos en una “incorrecta”; los personajes terminan actuando como quieren. Más que a falla, suena a declaración de principios: el sistema siempre se nos escapa. Black Mirror pone en duda el libre albedrío y profundiza su cosmovisión oscura sobre nuestra relación con la tecnología.

Además de ironizar sobre el formato, la película se hace cargo de lo evidente: estos trucos llevan un buen tiempo entre nosotros. El primer largo interactivo, Kinoautomat, se estrenó en 1967 en el pabellón checoslovaco de la Exposición Universal de Montreal. La acción se paraba en nueve puntos de la trama y un moderador preguntaba qué decisión debía tomar el protagonista. El giro de comedia negra era un final inevitable: el espectador no podía hacer nada para salvar un edificio en llamas.

El mundo de las series fue la continuidad lógica. En la noruega Hvor er Thea?, la protagonista sube videos a Facebook pidiendo datos sobre su mejor amiga perdida, y los espectadores recogen pistas escondidas en internet, una línea similar a la que había seguido la portuguesa Amnésia, donde una bloguera se despierta con el cadáver de su novio en la cama. Mosaic, el thriller con Sharon Stone, vino a proponer un matiz: el espectador puede usar una app para acceder a documentación relacionada con el caso y complementar la investigación.

Más allá de las promesas (el pasaje de espectador a protagonista es una de las más repetidas), el proceso despierta dudas. Algunos detectan un riesgo narrativo: el fin de los giros imprevistos y la disminución del efecto sorpresa.

Para Netflix, el banco de pruebas fueron los títulos infantiles, que consumen la mitad de sus usuarios mensuales. A mediados de 2017 lanzó El Gato con Botas: Atrapado en un cuento épico y siguieron títulos como Minecraft: Story Mode, que se enfrenta a dilemas como “¿Preferís enfrentarte a diez zombis del tamaño de un pollo o diez pollos del tamaño de un zombi?”.

Charlie Brooker y Annabel Jones, creadores de Black Mirror

Desde Los Ángeles, Melody Nanna, representante de Relaciones Públicas de Netflix, explica que “se trata de encontrar las historias y los creadores correctos que puedan desarrollar narrativas complejas de forma atractiva”. Bandersnatch abrió una puerta que los entusiasma. “Esperen más de este formato”, avisa. Más allá de la proclama, se busca fidelidad y permanencia (el espectador puede ver la misma serie varias veces), en un contexto donde la producción de contenidos motoriza una competencia feroz entre plataformas.

Pablo Mayer creó The Other Guys, un equipo multidisciplinario que lleva trece años desarrollando videojuegos y siete historias interactivas. Con Linda Brown (un folletín animado de romance y misterio) suman 19 temporadas y 300 mil jugadores mensuales. Mayer encuentra una relación directa con el factor millennial, “una generación que quiere tener el control de su vida, sus tiempos y su agenda”. Otros ejemplos argentinos son Ana (con un perfil crudo y adulto) y Elige, centrada en unos amigos que pasan un fin de semana en el Tigre. Las elecciones se toman desde los links de YouTube al final de cada microepisodio.

La interactividad también se populariza por razones técnicas. Ya sea desde las apps del celular y la tablet o desde el control del smart TV, “se puede tomar una decisión para que el contenido reaccione y sea accesible en gran parte de los hogares”, recuerda Mayer. “El formato digitalizado permite que haya un contenido navegable, que se puede partir y ejecutar en distintas porciones. Tocás y sucede”. Los nuevos hábitos de consumo hacen el resto: ver lo que se quiere, cuando se quiere y donde se quiere. Una evolución de la cultura on demand.

Más allá de las promesas –el pasaje de espectador a protagonista es una de las más repetidas–, el proceso despierta dudas. Algunos detectan un riesgo narrativo: el fin de los giros imprevistos y la disminución del efecto sorpresa. ¿Pueden mantenerse la misma tensión y calidad en todas las alternativas de un mismo capítulo? En días en que la vara de las series está más alta que nunca, el desafío se vuelve una aventura en sí misma.

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