Cuidar el cuerpo, premisa infalible de la actualidad. No sólo por la amplia oferta de actividades y productos naturales, sino también por la manera en que decidimos comer. Técnicas revolucionarias o filosofías milenarias, la carta está cambiando.


Cada día más –quizás como nunca antes– existe plena conciencia de la necesidad de cuidar el cuerpo. Y si bien el ejercicio y la visita al médico son dos componentes de vital importancia, todos sabemos que la alimentación juega un papel cada vez más protagónico. Aun en situaciones de poco tiempo o de estar fuera de casa, la prioridad es comer sano, bien y de manera inteligente. Y en esa ecuación ya no importa tanto si en la dieta están incluidas las carnes o si se es vegetariano o vegano. Existen alternativas para todas las opciones y los gustos, y todas ayudan a subir la vara cada vez más.

Se suele decir que las harinas o el azúcar funcionan como drogas, porque generan la necesidad de incorporarlas. La “neuronutrición” es un neologismo que une dos de las últimas tendencias relacionadas con la salud, las neurociencias y la nutrición, y que básicamente busca responder a la pregunta “¿por qué comemos lo que comemos?”. Esta nueva disciplina intenta descifrar cómo funciona nuestro cerebro y cómo los consumidores adoptamos ciertos hábitos de alimentación mientras estamos rodeados de estímulos poco saludables. La neuronutrición provee la información necesaria para que, de alguna manera, los malos hábitos de alimentación que se adquieren de chicos no se trasladen a la adultez.

El biohacking aplicado a la alimentación surgió casi como una respuesta obligada a la neuronutrición. ¿Si me gusta comer x, por qué no añadirle algunos nutrientes que, además de satisfacer mis ganas, me alimenten mejor? El biohacking propone crear alimentos personalizados de acuerdo con las necesidades de cada uno, apoyándose en esta disciplina que combina biología y filosofía do it yourself (DIY). Aunque suene futurista, los biohackers aceptan la experimentación biológica sobre uno mismo por medio de diferentes implantes electrónicos y de nuevos modos de alimentación.

Si de tecnología se trata, la impresión 3D parece ser la estrella absoluta, incluso en el ámbito de la alimentación. En 2016, en Londres, abrió FoodInk, un restaurante en el que toda la carta es impresa. Claro que sus platos están basados en pastas, masas, humus y mousses. Hasta el momento, imprimir carnes, con sus sabores y texturas, no es posible.

Un concepto que parece atravesar diferentes disciplinas, desde la psicología hasta la medicina y el budismo, es el mindfulness, que, de manera muy concreta, se trata de tener conciencia plena sobre todo aquello que nos rodea en el presente. Aplicado a la alimentación, el mindfulness se basa en brindarle una atención plena a todo aquello que consumimos y a tener información confiable sobre cada producto, su cadena de producción y la marca. Un alimento que cumple con los conceptos básicos del mindfulness es sustentable; es decir, es amigable con el medioambiente y bueno para la salud.

En esta misma línea se encuentra una práctica muy difundida, la de los mercados agroecológicos. Conocidos los desastres que generan los agrotóxicos en los productos y en sus consumidores, surgieron alternativas más sanas (y ricas) a las plantaciones industriales. Todos aquellos que probaron frutas y verduras orgánicas ya lo saben: el gusto de esos productos no tiene comparación con lo que se encuentra en el supermercado. Los bolsones agroecológicos –verdaderas bolsas que incluyen frutas y verduras de estación cultivadas en campos orgánicos certificados y que favorecen el trabajo de pequeños productores y de las economías locales– tienen amplia difusión porque combinan la facilidad del encargo por internet (Bolsón Soberano y No Cualquier Verdura son apenas dos ejemplos) con la entrega en múltiples puntos de la ciudad. Los valores son variados, pero calidad no siempre implica mayor precio. Y lo dicho: una vez que se prueba un tomate orgánico, es un lamento tener que volver a los otros.

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