Diego Schwartzman · Pequeño Saltamontes

Luego de un 2017 cargado de éxitos, el guerrero incansable de un metro setenta repasa cuáles fueron las claves que lo transformaron en número 26 del mundo. Consciente de la dificultad del circuito, pudo lograr el balance perfecto entre técnica, físico y mentalidad. Un camino que recién comienza, a pasos cortos pero con hambre de gloria.


[dropcap size=big]E[/dropcap]l ascenso sorprendente de Diego Schwartzman, que terminó 2017 en el puesto 26 del ranking ATP, está comprimido en un físico breve y explosivo, un juego eléctrico y una mentalidad enfocada. El porteño de 25 años completó una temporada soñada, con los cuartos de final en el US Open (que incluyó una victoria sobre Marin Cilic, sexto del mundo y campeón en 2014) y los Masters de Montecarlo y Montreal, donde le ganó a Dominic Thiem, quinto del ranking. Profesional desde los 18 y Top 100 desde los 21, había terminado 2016 en el puesto 52º, y 2015, en el 88º. Este año lo espera el desafío de mantenerse, la ilusión de un batacazo mayor y la confianza en seguir alimentando un par de récords sorprendentes. En un alto de su entrenamiento en Buenos Aires, el “Peque” repasa el camino y proyecta el futuro.

 

“Lo que conseguí en 2017 es el resultado de la labor de varios años, de venir haciendo las cosas bien, armando equipos de trabajo que duran en el tiempo”, dice. “Si hay algo que rescato es la regularidad y el hecho de haberme mantenido sano durante toda la temporada.” Su entrenador, Juan Ignacio Chela, había aportado otra clave durante los días en Nueva York. Después de reconocer que a Schwartzman le faltaba un gran saque, planteaba: “Sabe muy bien cuáles son sus características, sus armas y sus limitaciones. No se marca ningún límite mental, que es lo más importante”. Al protagonista, que ganó ocho challengers y un torneo de ATP (Estambul 2016), lo entusiasma el diagnóstico: “Por momentos soy un poco crítico conmigo pero cuando las cosas no van bien trato de buscar respuestas donde son difíciles de
E encontrar. Si uno tiene confianza en sí mismo, tarde o temprano aparecen los resultados”.

Su 2017 fue tan bueno que hasta las derrotas con rivales como David Goffin (7º del ranking) o Pablo Carreño Busta (10º, verdugo en el US Open) le dejaron buenas sensaciones. “Se aprende mucho viendo qué hacen esos jugadores en los puntos importantes: cómo descansan, si se alientan, si se critican; son todos puntos que uno puede analizar”. La cabeza de Schwartzman, esa que al mismo tiempo reconoce y niega sus limitaciones, procesa la información para el futuro. La internaliza y la aprovecha. Los hombres de la elite tienen algo que lo impresiona: “Siguen jugando exactamente de la misma manera más allá del resultado. Es algo para copiar”. A él le gustaría replicar tres cosas de Rafa Nadal, el número uno del mundo, el que le firmó una remera que ahora cuelga enmarcada de su habitación: “La cabeza, la solidez en momentos importantes (esa garra, esa agresividad) y ser zurdo (risas), que es una buena ventaja”.

"Lo que conseguí en el 2017 es el resultado de la labor de varios años de venir haciendo las cosas bien, armando equipos de trabajo que duran en el tiempo"

La irrupción de Schwartzman en el circuito despertó una mezcla de curiosidad y sorpresa. El 3 de septiembre del año pasado, después de ganarle en cuatro sets al francés Lucas Pouille, el jugador de un metro setenta se convertía en el cuarto finalista más bajo de un Grand Slam desde 1994. Después de la alegría empezaron los análisis. A falta de altura y ancho de hombros, Schwartzman “debe emplear una defensa obstinada basada en una resistencia y agilidad sublimes, un incansable golpe de derecha y mucho corazón”, planteaba el sitio oficial del ATP Tour. “Es un motor increíble desde el fondo de la cancha”, lo elogiaba el sudafricano Kevin Anderson, de 2,03 metros. “Otros jugadores tienen más anticipación para cubrir la cancha. Diego es un competidor duro.” Schwartzman zanjaba el asunto apelando al poder de síntesis: “El tenis es para todos”.

El segundo gran impacto llegó desde la estadística. Diego terminó el año como líder absoluto del ranking de devolución, que contabiliza puntos y games ganados con el saque del rival. Ganó más juegos recibiendo que cualquiera de su rivales del tour: 276 sobre 794 posibles, nada menos que el 35 por ciento. El logro cobra otra dimensión si se tiene en cuenta que, desde 2008, sólo dos tenistas habían estado al frente de esa estadística: el propio Nadal y Novak Djokovic. El Peque lo atribuye a su físico y a la imposibilidad de tener un servicio matador: “Saber que puedo quebrar muchas veces y tener la oportunidad de sacar tranquilo me da confianza”. Esa dinámica lo divierte: la devolución inesperada de un winner de derecha, el aprovechamiento de la fuerza del rival como si fuera un yudoca. “Cualquiera que tenga un arma así va a tratar de aprovecharla”, dice con toda lógica.

"Por momentos soy un poco crítico conmigo, pero cuando las cosas no van bien trato de buscar respuestas donde son difíciles de encontrar. Si uno tiene confianza en sí mismo, tarde o temprano aparecen los resultados."

Mientras mira por el retrovisor las imágenes de un año fantástico, la Copa Davis asoma como un deseo ambivalente. Después de la caída en repechaje contra Kazajistán (Schwartzman sumó una victoria y una derrota), los campeones de 2016 deberán buscar el ascenso desde la Zona Americana. Aunque reconoce que hoy no es su prioridad, asegura: “Siempre que esté disponible y sano voy a estar en la Copa Davis. Las veces que integré el equipo me tocaron rivales muy difíciles y no pude jugar mi mejor tenis, pero me gusta y nunca va a ser un peso para mí”.

Con o sin ensaladera, a Diego lo esperan desafíos mayores este año, como la defensa de los puntos conseguidos en los torneos grandes y la necesidad de probarse a sí mismo que nada de lo conseguido en 2017 fue casualidad. “El objetivo es mantener todo lo bueno que hice, algo que no será fácil, y poder mejorar en todos los aspectos del juego”, confirma. “Es la clave de cualquier jugador en cualquier deporte”. Lo sabe Diego y lo saben todos los que observan, aprenden y usan la fuerza del oponente para ser cada vez mejores.

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