Martín Piroyansky: Jugador profesional

 Como actor, fue parte de las producciones cinematográficas más interesantes de los últimos años. Integrante de una generación de talentos signada por el humor irónico del mítico Magazine For Fair, consiguió reconocimiento como director y guionista por su película Voley. A punto de cumplir los 30, a lo único que parece tenerle miedo este gracioso experto es al tiempo libre.

 

Lo primero que veo al entrar al cuarto de hotel donde se realiza la producción de fotos es a Martín Piro (así le dicen sus amigos más cercanos) en cuatro patas, arriba de la cama, mojado, haciéndole “garrita” con la mano a la cámara. La escena está cargada de risas, aplausos y un staff que agradece la buena onda del actor. “¿Me seco el pelo y vamos?”, dice él, mientras pienso en lo afortunada que soy de poder entrevistar a alguien que con cada escena de la vida podría hacer una buena historia.

 

–¿Cómo siguió tu vida después del éxito de Voley?

–Bien. Con mucha respuesta del público. No sé qué repercusión tuvo a nivel laboral, pero ahora que la película salió en DVD, en los manteros y que está trucha online, la gente volvió a aparecer: hay otra camada que no la vio en el cine y la está viendo ahora.

 

–¿Cuál es tu proyecto actual?

–Estoy escribiendo la peli animada de Condorito para Perú, para 2017. A la vez, escribo una novela que voy a filmar para UN3, que se va a estrenar el próximo año, llamada El galán de Venecia. Es como una novela de Thalía con nuestro registro irónico.

 

–¿Tuviste que mirar muchos culebrones para hacerlo?

–Sí, sobre todo Marimar y María, la del barrio, las referencias más grandes. También estuve viendo un poco de Dulce amor, de Enrique Estevanez. De hecho, todo surge a partir de Dulce amor: me llamó mucho la atención el fenómeno, porque fue una novela muy exitosa pero había una parte del público que la veía irónicamente. Siento que el público ya está preparado para ver irónicamente una novela. A todos nos gustan las novelas, son el origen del drama, todo está ahí, todas las cosas que pasan, todo el cine que vemos, sea más o menos sutil, es eso. La novela es una especie de caricatura de lo dramático, de la estructura dramática, entonces me parecía bueno hacerlo. 

 

–¿Qué importancia les das a los premios?

–Cuando empecé a actuar nunca pensé en los premios. Es algo que te parece medio bizarro: te genera rechazo estar ahí, pero cuando estás querés matar a todos por ganar. Para mí, el mayor premio que uno puede recibir es el trabajo, seguir trabajando. Prefiero no ganar ningún premio pero estar todos los años haciendo cosas.

 

–¿Tenés identificado cuál es tu público?

–Yo lo mido según la gente que me reconoce en la calle, que es poca.

 

–Sos el tipo de persona conocida a la que la gente reconoce pero que no le habla.

–¡Exacto! Sé que muchas veces me reconocen y no me dicen nada, eso está bueno porque esa cosa invasiva de “¡Ey! vos sos el de la tele” la sufrí en la adolescencia cuando trabajaba en Campeones, y me generó una especie de trauma. Ahora de grande esa minifama la vivo un poco más tranquilo, porque es un público más respetuoso. El que te ve en el cine te tiene un respeto distinto del que te tiene en la tele de la cocina. 

 

 

–Por lo general trabajás con amigos tuyos, ¿es algo que preferís o es casual?

–A la hora de armar equipos me preocupo mucho por la calidad humana de la gente. Es cierto que podés llamar a los más talentosos y quizás son unos pesados o son mala gente y te queda un resultado espectacular, pero la pasaste re-mal. Al final es como ir a la oficina, está bueno que tus compañeros sean todos divinos y pasarla bien durante el proceso y generar un clima lindo, cosa que también aporta al proyecto: cuando ves una película que fue hecha con un buen clima se nota, te lo transmite. Y la verdad es que tengo amigos que considero supertalentosos, entonces se me da todo junto.

 

–¿Hay alguna idea tuya que imaginabas brillante y resultó pésima?

–Sí, obvio. Una vez hice un corto que nunca edité porque me parecía una mierda. Incluso en el caso de Tiempo libre, a veces escribíamos capítulos que parecía que funcionaban perfectamente y llevados a la práctica no funcionaban para nada, y un personaje improvisaba algo y hacía que valiera la pena todo ese capítulo por algo que surgió en el set. Trato de armar las situaciones como para que en el momento de filmar encuentre cosas que no tenía programadas, pero cada vez se me complica más porque se pone más pretencioso el producto. Por ejemplo, en el caso de Voley, que es una película más grande, todo el tiempo temía el momento del rodaje porque sabía que se me iban a ocurrir cosas fundamentales para que la película funcionara y no iba a poder hacerlas porque era una megaestructura. Lo planteé y me dijeron que no, y después, durante el rodaje, pasó que se me ocurrieron dos o tres escenas que no estaban planeadas, pero hicimos un trato con producción y fotografía y finalmente llegamos a un acuerdo y pude meter esas escenas sin las cuales no hubiese podido contar la historia. 

Hoy veo la película y agradezco que se hayan podido filmar, de hecho para mí son las mejores escenas de la peli.

 

–¿Ves algo en tele?

–No. Tengo cable hace poco y cada tanto me acuerdo que lo tengo, pero perdí el hábito de ver tele. No me acuerdo que tengo tele.

 

–¿Te gustaría hacer algo para ese medio?

–Me encantaría. Me encanta la tele de acá, me parece que tiene mucho nivel, está caducando un poco lo que se está decidiendo contar y cómo, pero técnicamente me parece que la tele argentina es bárbara.

 

 

–¿Vivirías en otro país?

–No, me dan ganas de vivir algún período muy corto, por alguna razón en especial. Una vez, una astróloga que me hizo la carta astral me dijo que yo me complemento muy bien con Buenos Aires, y no sé si me generó esa necesidad de estar acá o la vio en mí. Viste esa cosa de la astrología que no sabés cuán real es.

 

–¿Tenés lugares especiales para trabajar?

–Sí, el mejor lugar para escribir para mí es un bar. Todo el tiempo estoy tratando de llevar a la gente con la que escribo a bares. Si escribo solo en mi casa no puedo porque me distraigo mucho y en un bar sin wi-fi me obligo a laburar, hay algo del ruido que me obliga a concentrarme. Lo que más me gusta en la vida es ir a bares, ir a tomar un café a un bar es el mejor plan, siempre.

 

–¿Creés que cuando pasen los años y te pongas más grande o tengas un hijo van a cambiar tus hábitos?

–Qué loco que digas eso porque el otro día pensé en esto, que si yo tuviera hijos me tendría que alquilar una oficina, porque mi casa funciona mucho como mi oficina y no podría quedarme en otro cuarto mientras el nene juega. Estaría con él, estaríamos muy pegoteados. Yo en general escribo muy vinculado con lo que me pasa en el momento, entonces probablemente si tengo un hijo voy a empezar a escribir sobre eso. Muchas veces pienso para dónde me inclinaré, si seguiré actuando... Me hago varias preguntas. También el humor de mi época va a caducar eventualmente, los chistes que hoy nos parecen geniales en quince años quizá sean una pelotudez, quizás yo me sienta viejo y los pendejos digan “qué pelotudez lo que hace este tipo”.

 

–¿Alguna vez trabajaste de otra cosa?

–De diseñador grafico, en la adolescencia, porque estudiaba eso en el colegio. Tenía una empresa con un compañero, yo diseñaba, armábamos logos para algunas marcas. Después hice el diseño de algunas obras de teatro, el afiche, el programa.

 

–¿Cómo te veías de chico?

–En el secundario nunca pensé que iba a dirigir o a escribir, pensaba que iba a ser arquitecto, después pensé que iba a ser psicólogo y después dije “bueno, soy actor”. Cuando terminé el colegio quedé para actuar en Sofacama, que fue la primera película en la que estuve, y ahí empecé a encontrarme con el tiempo libre, pero por suerte pegué Cara de queso y XXY, se juntaron en dos años y así fue apareciendo el trabajo.

 

–¿Le tenés miedo al tiempo libre?

–Sí, por eso hice la serie. En general el origen de todo lo que escribo tiene que ver con cosas que me angustian mucho, profundamente, y las transformo en algo gracioso.

 

 

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