Leticia Brédice: Princesa Pagana

 

Durante mucho tiempo quiso ser varón y se sintió incómoda en el cuerpo que protagonizó algunas de las escenas más recordadas del cine nacional. Hoy, afianzada como mujer, madre y actriz, dice que está en un momento muy fértil y apuesta todo a la espiritualidad.

 

 Actríz desde siempre, mamá desde hace una década y mujer desde que nació, recién hace unos pocos años se reconcilió con su género. Ella, que durante mucho de fertilidad tanto profesional como personal. Se reconoce religiosa aunque no fanática y dice que le gusta rezar, que la calma: “Voy a la Sagrada Familia, en Saavedra. Me encanta, tengo muchos secretos con los santos”, cuenta. Y en ese camino, asegura que el teatro es su misión en la vida. A pocos días del reestreno de OrguYo en el Centro Cultural Borges, la obra que escribió pero que además protagoniza junto a Emilia Attias, conesa que cuando está actuando es feliz.

 

–¿Cómo te sentís ahora como mujer, como madre y como profesional?

–Es interesante porque son muchos enamoramientos diferentes, muchas actitudes distintas. Tres misterios y tres amores muy distintos. Como mujer, estoy conociéndome cada vez más, sanándome. Me siento en un momento muy interesante, empiezo a aceptarme con todo lo bueno, con todo lo malo, con lo que soy, con lo que fui y con lo que me está pasando aquí y ahora, y eso me gusta. Antes pensaba todo el tiempo que tenía que rebelarme ante lo que pasaba; la pareja, por ejemplo, o la situación laboral, o qué sé yo, siempre sentía que tenía que ser otra mujer o rebelarme, y ahora, si lo hago, es porque lo siento. También aprendí a guardar silencio. Me siento en un momento muy fértil, muy, y nuevo: como mujer, como profesional y como madre. Recién ahora puedo ser leal a quien creo que soy, a quien quise ser y a quien quiero ser.

 

–¿Quiénes te impedían esa lealtad con vos misma?

–A veces hay una alimentación de la familia o de los otros sobre quién es uno. En este momento tengo una  visualización clara de todo lo que hice, de todo lo que pasé, de toda la gente que conocí, de todos los valores y de todo lo que aprendí. Siento que ahora, a fuerza de mucho trabajo, me puedo tolerar con esta relación de amor conmigo misma. Me costó muchísimo. Primero porque me daba mucha vergüenza ser mujer, cuando era chica me daba mucha vergüenza tener pechos, tener el pelo largo… siempre me dio vergüenza ser una mujer. Esto debe de tener que ver, en algún lugar, con que en mi familia tenemos un hermano que se fue al Cielo desde muy pequeño. Creo que de alguna manera, para complacer a mis padres, para hacerlos felices, y también por vergüenzas mías, elegí ser el varoncito, y mi hermana Valeria, que me lleva un año, la nena. Entonces yo siempre tenía el pelo corto y Vale, largo; yo usaba pelota y autitos y así. Me fui alejando muchísimo de lo femenino a medida que fui creciendo. 

 

–¿Cómo te llevás con la opinión de los demás, con las miradas de los otros?

–La gente opina. Todos opinan y lo tomo todo con mucho amor y con mucho cariño. Me parece que internet y las opiniones tienen que ver con una nueva era de víctimas de esto que generó el gran avance de la tecnología y de las grandes mentes: la soledad.

 

–¿Sos una persona religiosa, creés en Dios?

–Sí, soy religiosa y, sobre todo, tengo un espíritu enorme que me une con todos mis amigos y amigas desde el alma, y gracias a ese espíritu puedo estar muy cerca de muchos amigos que a lo mejor no veo. Creo en una fuerza divina y en Dios. Tengo una tía que vive y que trabaja en el Vaticano, y hoy en día tenemos al papa Francisco, que es de lo más piola que tiene la Iglesia ¡Y por supuesto! Porque está cerca de la gente. Pero también estudié budismo y cabalá, que me fascinó y me hizo muy bien. Me encantan las religiones. No soy fanática para nada, pero me gusta mucho rezar, me calma. Soy espiritual, religiosa. Voy a la Sagrada Familia, en Saavedra. Me encanta, entro a rezar y tengo muchos secretos con los santos, con San Expedito, con la Virgencita Desatanudos.

 

–¿Cómo te conectás con vos?

–Me toco el cuerpo, me tomo algo caliente, me abrazo con mi hijo, con amigos, me acepto, me regalo amigos nuevos, leo, escribo, me perdono y me agradezco. Y me busco novio. Por sobre todo soy conectada y me gusta mucho escuchar y me gustan mucho las amigas.

 

–¿Mirás tele?

–Veo todo, me encanta, me fascina. Para mí la tele acompaña. Me gusta Bendita, me encanta Beto Casella, es un hombre superculto y admiro que quiera tanto a los actores. Veo las cosas que hace [Marcos] Carnevale, me encantan. Escribió una serie para Pol-ka en la que voy a estar. Lo que hace Adrián [Suar] me encanta. Lo adoro a Adrián, para mí es un hermano, un ser muy cercano. En uno de mis momentos más difíciles, cuando me dejaron muy sola, el que estuvo al lado mío fue Adrián, y toda la vida se lo voy a agradecer.

 

–Fuiste una chica rebelde, ¿ya fue o queda algo de ella en vos?

–Ahora me encuentro real, antes era todo el tiempo la rebeldía de la rebeldía, del no sé qué. Estaba enamorada pero tenía que separarme porque “bueno…”, por mandato familiar, porque sí, por envidia. En este momento estoy haciendo pie en cómo soy, cómo fui y cómo seré. A veces las voces familiares reclaman sus propios deseos, y cuando sos más chico estás tratando todo el tiempo de complacer a mamá, a papá. Vivimos con mucha información encontrada.

 

–¿Creés en la reencarnación?

–Para mí es una poesía. Pensar en la reencarnación es un sueño, una utopía maravillosa, un misterio, un tránsito, una situación que puede suceder.

 

–¿Cómo sos como madre?

–Te dan el título y después tenés que estudiar. Yo quería ser mamá sobre todo y a toda costa. Estoy enamorada un poco de más, pero soy muy feliz con mi hijo de 9 años. Me encantan los chicos. Creo que criar hijos sola no es una buena opción, es precioso tener los hijos con una familia, y la idea de la familia es hermosa. Cuando funciona, por supuesto. También entiendo que no se debe sostener una familia donde hay maltrato, gritos o retos porque se cae un vaso, porque los chicos hablan fuerte o porque jugaron con un chiche con el que no tenían que jugar. Me duele mucho todo eso. Me parece que es una gran espina para cualquier hijo y para cualquier madre. En ese caso no sé si es tan potable una familia. Pero ser madre es una maravilla, no tengo palabras para describirlo. Mi hijo es todo mi ritual, mi juego, lo más fiel que tengo, lo más hermoso, lo más sólido, lo que más quiero cuidar. Me parece que todas las madres nos diferenciamos y queremos diferenciarnos de la manada. Pero, ¿qué pasa cuando lo hacemos? Ahí nos sentimos culpables, nos damos cuenta de que no estamos perteneciendo al grupo de madres que son como deberíamos ser, y lo más importante es ser nosotras mismas profundamente.

 

–¿Por qué empezaste a estudiar teatro?

–De chica actuaba todo el tiempo. Cuando mi mamá y mi papá se peleaban, me metía en el medio porque me gustaba hacer teatro. Pero esas peleas eran más graves de lo que yo pensaba y me hacían sufrir mucho. Creo que de eso aprendí muchísimo como mujer, porque yo jamás tendría una pareja que me pelee y que no me tome en cuenta. Por algo estoy sola y contenta. Cuando yo tenía 13 años, mi papá se fue a vivir a Italia y mi mamá se liberó, gracias a Dios. Y cuando ella estuvo feliz, yo me fui a estudiar teatro también para ser feliz. Y ahí empezó de verdad mi vocación: lo que mi voz y mi deseo querían, que era actuar o ver qué podía hacer yo con mi cuerpo, porque no tenía vergüenza y me sentía sana. Por eso cuando estoy actuando es cuando mejor estoy.

 

 

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