Juan, ciudadano del mundo

SE RECIBIÓ DE DISEÑADOR EN LA ACADEMIA MÁS IMPORTANTE DEL PLANETA E HIZO PASANTÍAS CON RAF SIMONS Y DRIES VAN NOTEN. RECORRIÓ EUROPA Y ASIA MOSTRANDO INVENTIVA EN CADA CORTE. DESPUÉS DE QUINCE AÑOS REGRESÓ A BUENOS AIRES PARA CONQUISTAR EL MERCADO QUE LO VIO NACER.

Juan vivió cuatro años entre las montañas de Mammoth Lakes, San Diego, y la costa de Orange Country, hasta que a los 24 años decidió dejar atrás aquellos hermosos paisajes y situarse en Europa para estudiar en la prestigiosa Academia de Modas de Amberes, en Bélgica. “No tenía idea de qué era Amberes, y cuando la descubrí realmente me di cuenta de que ahí era donde quería formarme. Hay tres escuelas de moda importantes en el mundo: Saint Martin’s, que es muy elitista y tiene miles de millones de estudiantes de los cuales se gradúan sólo diez; la Escuela de Viena, que es muy reducida y tenés que hablar muy bien alemán, y Amberes, que está muy relacionada a las artes y me divirtió desde el primer semestre.”

–¿Por qué hiciste todo en el exterior?

–Siempre me gustó moverme, después de Amberes me fui a París, después a Bélgica y terminé trabajando cuatro años en Qatar, pero seguí viajando. No entablo una relación con el lugar donde estoy, me gusta estar bien y hacer cosas para todo el mundo. Me encanta que exista la posibilidad de irme mañana a Kuala Lumpur y que la colección siga intacta.

–¿Sacás colecciones nuevas en París?

–Cada seis meses hago mi showroom, es un espacio de venta que comparto con otros diseñadores, varios de la Academia de Amberes, cada uno con su propia colección. París, hoy por hoy, es el centro para diseñadores jóvenes y “ready-towear”. Todas las tiendas del mundo van durante la Semana de la Moda a ver qué es lo que está pasando. Por más que tengas un escenario y muestres en Londres, Nueva York o donde sea, si querés llenar las ventas, tenés que estar en París.

–¿Cómo terminaste trabajando para la reina de Qatar?

–Cuando estaba en París pasó un headhunter con una baguette en la mano, miró mi colección y automáticamente me preguntó si iría a Qatar. Querían posicionar a ese lugar como centro de cultura y educación de Medio Oriente, y si bien llevaron varias sucursales de universidades, les faltaba empleo para los estudiantes que se graduaban. Así que nos tomaron a nosotros para que generemos esta empresa capaz de ayudar a los chicos recibidos.

–¿Presentás las mismas colecciones en París y en la Argentina?

–Yo hago una sola colección, que es internacional. Me dedico a hacer un producto que es una línea de entre 15 y 20 siluetas, de cortes bastante rectos, angulares y geométricos. Primero se ve acá y recién a los seis meses sale a la venta en París.

–¿Encontrás diferencia entre las mujeres parisinas y las argentinas a la hora de vestir tus prendas?

–El producto que yo vendo en París es un producto de nicho, y se mueve en 180 tiendas en todo el mundo, de expansión que tengo no es tan amplia y las tiendas nos compran para venderles a clientas que se quieran vestir distinto, que se quieren diferenciar. En la Argentina existe clientela que quiere vestirse con más personalidad, de un modo especial, pero creo que a la mayoría le gusta lo seguro: vestirse con tendencias e igual que todas sus amigas.

–¿Afuera no ocurre eso?

–Pasa, pero no es el tipo de cliente que yo busco. A mí me interesa alguien más individualista, más jugado de alguna forma, y que quiera ponerse algo que lo diferencie o lo haga sentir especial.

–¿Pero te podés vestir todos los días así?

–Creo que sí, hay diez mil canales y formas de hacerlo, podés irte a un vintage store o irte a nuestra tienda Panorama, en Palermo.

–¿Y son muchas las diferencias a la hora de diseñar?

–El proceso es el mismo, pueden existir diferencias en cuanto a la calidad de las telas pero les podés dar un agregado personal; las trabajás o les agregás lo que sea, ahí está la creatividad del diseñador. En lo que sí encuentro diferencia es en la confección: acá las mejores marcas manejan una calidad equitativa al Zara de afuera y la producción acompaña eso, cuando podrían sacar un producto con la calidad de Céline si quisieran, pero no tienen ni la paciencia ni el tiempo.

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