Lo que el Flaco nos dejó...

Es el disco más influyente en la historia del rock argentino. La obra que definió los años 70, musicalmente hablando. Y, en lo personal, mi álbum favorito de todos los que se cantan en nuestro idioma.

Tenía 13 cuando lo compré. Fue el primer disco que compré en mi vida, en una disquería de Villa Ballester; me lo dieron junto a Dark Side of the Moon, de Pink Floyd. Fue demasiado para mí y para cualquier chiquillo de 13 años que haya tenido una experiencia similar. Imaginen ustedes, un niño con el cerebro intacto, los oídos sin estrenar, con la avidez que da la curiosidad preadolescente,que de repente se encierra en su cuarto, enciende el tocadiscos casi sin uso y se sienta en la cama a escuchar Artaud de Spinetta. Su música, por fin sus propios discos y no los de papá, esto es lo mío. Les había visto el disco a unos pibes de quinto año, me gustaba la tapa, que no era cuadrada como los que había en casa, era octogonal y asimétrica.

 

 

Me atrevería a opinar que fue en mi vida mucho más relevante mi debut musical que mi debut sexual. Digamos que en cuanto al sexo, ya se había charlado bastante del asunto con mis amigos, así que más o menos las consecuencias inmediatas las tenía. Algunas pelis vistas en rateadas que acababan en el cine Devoto me habían mostrado algunas técnicas básicas, y después de todo en esa época, no sé ahora, uno debutaba con la novia, que ya al tacto estaba más manyada que “La cumparsita”.

 

Así que mi debut sexual fue bastante acorde a mis expectativas; digamos que nos vestimos con mi novia, salimos del cuarto y nada se había contaminado del mundo con nuestro coito.

 

Quizás esta especie de nihilismo sexual haya tenido que ver con que unos años antes, al salir de ese mismo cuarto pero después de haber estado toda una tarde escuchando Artaud de Spinetta y El lado oscuro de la Luna de Floyd, ya nada era igual. Es que de eso nadie me había hablado, nadie me había explicado que escuchar esos dos discos, por primera vez en mi vida, uno atrás de otro varias veces, con los oídos inmaculados y el cerebro apenas usado, cambiaría para siempre mi mundo.

 

Era como debutar violado por dos ángeles con el aspecto de Demi Moore en los 90 uno, y como Kate Moss cualquier día, el otro. Fue como nacer en una cuna de oro, fue asomarse al mundo real a través de lo imaginado, y resultó que lo imaginado era mucho más real y cierto que el mundo.

 

Eso fue Artaud para mí, mucho más importante y relevante que mi primera novia, mucho más duradero e inalterable que la educación en el colegio de curas que pagaba mi padre. Aprendí mucho más de la vida en los 40 minutos que duraba el disco que en los cinco años de secundaria en el colegio Agustiniano de San Andrés. Leí más veces El teatro y su doble de Antonin Artaud que la Biblia. Todo para mí estuvo luego deformado por ese disco: mi visión del mundo, mi vocabulario, mi línea de pensamiento, mi gusto musical. Es que, obviamente, antes de Artaud ninguno de nosotros conocía a Antonin Artaud, y después de escuchar el álbum del Flaco todos salimos corriendo a buscar esos libros.

 

Y yo, por ejemplo, el único que conseguí ahí fue Heliogábalo. ¡Dios! Páginas y páginas de onomatopeyas y otras páginas y más páginas de gente garchando y otras de gente conspirando, y yo venía del álbum de El Tony y Don Segundo Sombra en el cole. Digamos que llegué a los 14 y ya algunas cosas se me hacían más fáciles con esa preparación intelectual. Y otras aún hoy me cuesta digerirlas. Eso fue escuchar Artaud para mí.

 

Un día, en una esquina de la calle Iberá, le pregunté a Luis el porqué del extraño embrujo que ejercía ese disco a todos mis amigos generacionalmente iguales.

 

Qué desconocido heraldo había golpeado a las puertas de nuestras casas de barrios estándares al mismo tiempo, haciendo que todos nos pongamos de acuerdo en escuchar ese disco entre tantos otros que estaban al lado. Luis me miró y, sonriendo, me dijo: “Yo Creo que fue por la tapa”.

 

Y a esta altura yo creo lo mismo. Era una genialidad, empezando por la tapa. Hoy ya se estandarizó, pero en esos años la tapa original del vinilo era increíblemente fuera de lo común. Obra de Luis y del inmenso Juan Gatti, creador de las tapas más hermosas del rock argentino, y desde hace muchos años el diseñador de los carteles de las pelis de Almodóvar, nada menos. Es el único vinilo por el cual jamás me dejaré de lamentar no haber guardado junto a mis tesoros personales. Creí que siempre existiría, y me doy cuenta de que aunque ahora hagan una reedición en vinilo con la tapa original de Artaud, esa cubierta setentosa, amorfa y hermosa jamás será igualada.

 

Este es un disco que Luis grabó con tres soulmates entrañables: dos ex Almendra (Rodolfo García, de quien Luis dijera “sin él yo no sería músico”, nada menos, y Emilio del Guercio, compañero de la secundaria) y Gustavo Spinetta, su hermano, eficaz percusionista. Digamos que Artaud es un disco introvertido.

 

Está ubicado cronológicamente entre Pescado Rabioso e Invisible, es el puente entre un power trío fulminante y un trío virtuoso de jazz/folk/rock. Luis mismo diría una vez sobre Artaud que era el primer eructo después del uvasal.

 

¡Y la mística, brother! Una tarde le preguntaron al Coco Basile, que acababa de hacerse cargo del nuevo plantel de la Selección, cómo iba a empezar este ciclo- El Coco lo miró al cronista y le dijo: “Bueno, hay que empezar por darle mística ¿no?”. Desde la concepción, cuando nadie sabía dónde andaba el pescado, Luis pega este navajazo en la garganta del bicho, y mientras echa un vistazo al horizonte, llama a sus carnales y se manda la obra de la vida de todos.

 

La presentación fue un domingo a la mañana en un teatro de la avenida Corrientes, con Hare Krishna en la puerta, policías por todos lados, un manifiesto escrito por Luis que te daban en la entrada, y la música de la sala con Floyd, obviamente, y las fotos en el escenario de Hidalgo Boragno, amigote de Luis y desaparecido en la dictadura. Y Luis, de 23, entrando en escena con guantes verdes, como la tapa del disco. Y ya.

 

A la manera de la obra de todo genio, Artaud te lleva a otros mundos de los cuales este disco es simplemente la llave. Así como Borges aclaraba cuando escribía: “En el quinto infierno del Dante, Beatrice…”, allí ibas después del cuento borgeano. Así, después de Artaud de Spinetta ibas directo al Antonin Artaud de Heliogábalo, del Teatro de la crueldad, de Van Gogh el suicidado de la sociedad, y de ahí a Rimbaud, a Baudelaire, y de ahí al cine negro francés, y Polanski, y bueno…

 

Una del propio Luis que es coletazo de Artaud: noche de show, termina en cana, va a parar al calabozo de la 31 en Cabildo, sentado en medio de esa inmundicia, en esos años de Triple A y extremistas, de violentos caldos de cultivo de tragedias que llegarían más temprano que tarde, una noche de frío invierno, Luis, ahí sentado, lee en la pared unas palabras escritas por otro que estuvo ahí antes que él, que decían: “Qué solo y triste voy a estar en este cementerio”. Palabras que el mismo Luis escribió en “Cementerio club”, segundo tema de Artaud. Solo una cosa más antes de irme: creo que todo lo que después hice en la radio, en las discos, en los restaurantes, en la playa, acá, en Nueva York, en Río, con el equipaje repleto de discos, lo hice porque yo, lo primero que escuché en mi tocadiscos, a los 13 años, fue Artaud de Spinetta. Gracias, Luis, donde estés. Bob.

 

 

 

 

ME ATREVERÍA A OPINAR QUE FUE EN MI VIDA MUCHO MÁS RELEVANTE MI DEBUT MUSICAL QUE MI DEBUT SEXUAL.

 

 
TODO LO QUE DESPUÉS HICE EN LA RADIO, EN LAS DISCOS, EN LOS RESTAURANTES, EN LA PLAYA, ACÁ, EN NUEVA YORK, EN RÍO, CON EL EQUIPAJE REPLETO DE DISCOS, LO HICE PORQUE YO, LO PRIMERO QUE ESCUCHÉ EN MI TOCADISCOS, A LOS 13 AÑOS, FUE ARTAUD DE SPINETTA.

 

 

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