Luciano Cáceres, el hombre inquieto

A punto de cumplir los 35, el actor empieza el año con todo: TV, teatro y gira por Madrid como director. Mientras, disfruta de su vida familiar junto a su mujer, Gloria Carrá, y Amelia, la hija de ambos.

2012 lo sorprendió con todo, y Luciano Cáceres está preparado para afrontar los desafíos. Actor, director y dramaturgo, referente del under y ya un consagrado del circuito comercial, arranca el 6 de enero en el Apolo con En el cuarto de al lado, de la estadounidense Sarah Ruhl, dirigida por Helena Tritek, que protagonizará junto a su esposa, la actriz Gloria Carrá. Situada en 1890, trata sobre “un médico que investigó cómo curar la histeria femenina mediante la creación de un vibrador eléctrico, y la obra habla de las relaciones de pareja, de la sexualidad y sobre todo de la sexualidad femenina”, cuenta Cáceres con entusiasmo.

 

–Por estos días también comienza a grabar Los graduados.

–Sí. Voy a protagonizar por primera vez en tele, con Nancy Dupláa y Daniel Hendler. Es una comedia de situaciones que transcurre en dos épocas: finales de los 80 y la actualidad. Trata sobre el grupo de graduados de un secundario, donde había dos bandos: los chetos y los hippies. Yo estoy en el bando de los chetos, me apodan Bon Jovi, así que voy a estar producido como ese cantante. Y en la actualidad es un metrosexual, muy preocupado por el afuera, que se está perdiendo cosas importantes.

 

–¿Y qué sigue en teatro?

–El 11 de enero se estrena en Madrid El cordero de ojos azules, la obra que dirijo, con Leonor Manso y Carlos Belloso, que estuvo en el Regio. Hace temporada en Madrid, luego una pequeña gira y se reestrena en Buenos Aires en el Teatro Alvear a fines de febrero. Así que tengo un arranque muy fuerte.

 

–Años atrás era prejuicioso con la TV. ¿Se curó, después de El elegido?

–Tenía el prejuicio por mi formación. Me formé en la escuela de Alejandra Boero, en donde en los comienzos rozaba con la prostitución hacer televisión o publicidad. Porque se transmitía desde la enseñanza un teatro de ideas, de mensaje, y la tele en un porcentaje muy alto estaba alejada de eso. Pero luego, con la necesidad laboral y de poder vivir de mi profesión empecé a interesarme por la tele. Y también por una necesidad de aprender del oficio. Soy un actor de oficio, la formación de la práctica me hace crecer. Soy un tipo que labura, y por más que uno tenga doscientas mil horas de estudio, una hora en una carrera es una hora en una carrera. Y fui entendiendo el mensaje, me fui abriendo un lugar. Estoy agradecido por la oportunidad que me dio la producción, por el rol que me tocó interpretar y también agradecido al hecho de que tengo formación, tengo mucho recorrido, y pude afrontar ese compromiso para el cual me llamaron. No es que me agarraron sin haber hecho nada antes, sin formación, y de golpe tuve que componer un personaje tan complejo como el de David.

 

–También cambió la calidad de la ficción, ¿no?

–Sí, laburar en El elegido fue un lujo. Un lujo de compañeros, de buena gente y de talentos. Aprendí mucho y estuvo bueno formar parte de ese seleccionado. También la particularidad de El elegido es que dos de los productores son actores (Pablo Echarri y Martín Seefeld). Entonces se le daba bola al actor y se lo tenía muy en cuenta. Desde los tiempos que tiene uno como actor hasta las propuestas. 

 

–¿Le resulta un desafío hacer TV?

–Claro, además la tele tiene casi nada de ensayo. En el correr de los capítulos vas armando una historia, tejiendo otras relaciones, forjando una personalidad. La obra de teatro está escrita y vos tenés que ensayar para lograr ese objetivo. Obviamente con el correr de las funciones hay cosas que se aceitan y crecen y uno va ganando más confianza. Antes me pasaba que los laburos eran muy breves, entonces cuando ya entendía algo sobre cómo pararme frente a las cámaras se acababan. Igual hubo una transición. Si bien artísticamente no es lo adecuado, me decían “¿estás dirigiendo a Leonor Manso en 4.48 Psicosis y haciendo Patito feo?”. Pero fueron dos años de TV corridos y aprendí mucho cómo pararme ante las cámaras, cómo volverme cómplice de esas treinta, cuarenta, sesenta personas que están del otro lado, que están laburando en comunión con uno. No reniego del recorrido que hice para poder aprender.

 

–¿En qué rol se siente más cómodo, en el de actor o en el de director?

–Me gusta que se combinen.

Me gusta estar dirigiendo y actuando al mismo tiempo, porque hay algo ahí que se potencia. Aprendo de los directores para dirigir y de los actores para actuar. Igual ocurre algo raro: soy mucho mejor actor cuando dirijo y soy mucho mejor director cuando actúo. Porque al no tener esa responsabilidad por ahí transito o hago cosas sin asumir el rol, porque estoy dirigiendo. En la impunidad de no tener que hacer ese rol, hago cualquier cosa.

 

–Empezó su carrera tan joven que a los treinta años ya había montado cerca de veinte obras, fue convocado como director por Leonor Manso, es un referente del off… ¿Cómo vive ese torbellino de experiencias?

–Empecé joven y hay algo del lenguaje de nuestro trabajo que no tiene edad. Igual, el primer día que dirigí a Leonor pensé “¿qué voy a hacer con ella?”. Y a los diez minutos Leonor estaba entregada laburando conmigo.

 

–De todos modos hay que tener cierta madurez para entender e interpretar determinados personajes y obras.

–Es raro. Me pasó por ejemplo en Psicosis, que se estrenó en ElKafka, donde yo además era programador. Como todos los que trabajábamos en el teatro por ahí dábamos salas, acomodábamos a la gente y demás. Y era muy raro cruzar a la gente que hablaba del director Luciano Cáceres y yo estaba dándoles las entradas. Se imaginaban a un tipo de 50 o 60 años para dirigir a Leonor. No se imaginaban que era un pibe de veintipico. Y me pasó también con otras obras.

 

–¿Cómo maneja el nivel de exposición de la TV?

–Depende de los lugares. Por suerte el entorno de El elegido apuntaba a un público y a un “target”, como ellos dicen, más amable. No es la histeria de hacer una comedia infantojuvenil.

 

–Como Patito feo.

–Ahí pasaba. Si pasaba en un horario de salida de escuela era caótico. Pero hasta ahora todo viene siendo muy amable, de mucha admiración. No tuve casos de locura, salvo en algún lugar de noche. Igual es grato que guste lo que uno hace. Lo mío no tiene que ver con que tengo ojos claros. Tengo lindos ojos pero eso viene en otro marco. Y no siempre las cosas son así, hay grandes actores que están sin laburo. Yo tengo la capacidad de producir, entonces siempre estoy con laburo, porque hago mis proyectos. No estoy a la espera de que me ocurra algo. También es el caso con El elegido. Yo no estaba esperando una oportunidad. La oportunidad vino y la pude hacer y tenía la solvencia para bancármela.

 

–¿Es cierto que una buena temporada en TV augura una buena temporada en teatro?

–Es mentira, no ocurre. Por ahí en el interior. Tal vez para hacer notas. Pero para la gente no. Programas como El elegido sí pueden llegar a llevar público al teatro. Pero porque es un target de gente con determinado nivel cultural. Si no es más fácil que me vayan a ver a la presentación de una marca o algo así, que van a ver al actor e igual se pueden sacar una foto. Hay cantidad de obras que no funcionan con actores de TV y cantidad de obras que funcionan muy bien con actores que no están en la TV. En el Cervantes vengo de hacer una obra coral (4D óptico, de Javier Daulte): todos teníamos un momentito, se armó un seleccionado de actores y toda la prensa estuvo puesta en mí, un poco en Gloria, un poco en Rafael Ferro. Pero el que iba a ver la obra por Luciano Cáceres no iba a ver a Luciano Cáceres, sino una obra donde yo iba a aparecer en un momento. Y en la boletería me decían “vienen a verte a vos, ¿qué vamos a hacer en febrero?”. Pero eran poquitos, después era gente que va al Cervantes.

 

–¿Cómo es trabajar con Gloria?

–Para nosotros es muy natural. Me encanta como actriz, entonces disfruto de verla, y más tener la posibilidad de ver el proceso creativo, que es lo más lindo de hacer teatro. Esa fábrica artesanal de todos los detalles es única, todas las crisis, las idas y venidas, cómo fue para un lado, después volvió, las negaciones que después se vuelven afirmaciones, todo el recorrido, el armado, empezar de la nada en una mesa leyendo y al mes estar todos cambiados de 1890. Es mágico. Compartir eso con ella está buenísimo. Nosotros nos conocimos laburando hace casi diez años, éramos buenos compañeros, bastante amigos. Después en La felicidad (Daulte) nos juntamos, y ahora estamos juntos encarando un proyecto. Está bueno. Y además compartimos tiempo.

 

–¿Lo cambió la paternidad?

–Sí, me desespera mi gorda. Está buenísimo ser papá. Cambiaron las prioridades, descubrí un amor incondicional, único, interminable, que no tiene fallas. Todo ese recorrido en estos dos años, de ser una cosita que está ahí, a la que hay que darle todo, y ahora pide, habla, camina, sabe lo que quiere, te observa, te pregunta cosas, es muy bueno. Y algo más elevado: te obliga a vivir un presente que a veces por laburo, por las obligaciones, por manías propias, uno está ocupado en cosas allá, y esto es acá, ahora, caca, pis, me hice una nana, es bien el presente. 

 

–¿Qué recuerdos conserva de su maestra Alejandra Boero?

–Empecé con ella a los 10 años y siempre estuve becado. Y era un seguimiento bastante particular el que ejercía ella, con mucho cariño, pero presionaba. De golpe venía, yo hacía ya varios años que estaba con ella, y me preguntaba “¿qué cursos hiciste ya?”. Y yo le decía “hice este, este, este otro”. Y ella me decía “siete años acá, ¿cómo puede ser que no hayas aprendido nada?”. Pero por otro lado comentaba “qué bien que está trabajando Luciano” o me ponía en una obra. Era dura. Y al final, cuando me fui de la escuela y empecé a trabajar, ella me vino a ver a la primera obra comercial que hice, Rompiendo códigos, en el Paseo La Plaza. Y después me dijo que le gustaba mucho verme ahí, en ese circuito, y lo que había crecido, que para ella era importante que los actores que ella había formado empezaran a hacer sus propios caminos. Estuvo bueno llegar a esa devolución antes de que se fuera.

 

–¿Dónde se refugia cuando algo lo atormenta? ¿Hace terapia?

–No, no hago, tengo que hacer. Igual a mí el laburo me encanta, la paso muy bien trabajando. Pero si tengo un refugio es mi casa, estar con la gorda, tirarme a jugar con ella, salir a pasear. No sé hacer otra cosa. 

 
 

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