Mientras el presente se divide entre pesimistas y optimistas, Agustín Aristarán desafía los límites de la comedia y transita el éxito de la única manera en que lo percibe: jugando. Una simple historia de amor y humor.


Radagast juega. Sabe que sabe hacer reír. Y que más allá de que ese sea su trabajo, es algo que disfruta y que lo ayuda a nunca perder esa esencia lúdica. “A mí me pagan por jugar y me encanta que pase eso, soy muy afortunado”, dice con una sonrisa. Sus números –más de un millón de seguidores en Instagram, casi lo mismo en Facebook, 83 mil suscriptores en YouTube (con millones de vistas de cada video), algunos programas de televisión tradicional, un especial en Netflix y cientos de funciones agotadas en teatro– sirven como una confirmación de que lo suyo funciona más allá de su irresistible pulsión por jugar.

Artista, comediante, mago, actor. Todas sirven como posibles definiciones de lo que hace, y todas serían correctas, pero Agustín Aristarán (su verdadero nombre) prefiere una, la menos vendible y que más resistencias genera: “El payaso es una persona que tiene recursos y los pone al servicio de la comedia, lo que pasa es que la palabra ‘payaso’ no es muy marketinera”, dice. Sin maquillaje, ni ropa, ni zapatos grandes: un payaso urbano.

Hijo de un papá comerciante y una mamá fonoaudióloga y docente, hermano de un programador recibido en el MIT, Radagast nunca padeció el hecho de haber tenido inclinaciones artísticas, básicamente porque su familia –aún dentro de su aspecto tradicional– las compartía. Sus padres lo incentivaron y apoyaron en cada intento, incluso en esos que parecían imposibles, como soñar con actuar en el Gran Rex cuando tenía apenas 12 años.

Tan importante es su familia que cuando tuvo que rendir las dos materias que le quedaban para terminar el secundario se anotó con su papá y lo hicieron juntos. “Las dos materias que me quedaban eran las mismas que le habían quedado a mi viejo. Y él me propuso que lo terminemos juntos. Cursamos y egresamos juntos”, dice. El presente lo encuentra en Serendipia, la obra que lo pone sobre las tablas los viernes, sábados y domingos en el teatro Metropolitan Sura. El tiempo libre lo deja para el autoanálisis que a veces implican las entrevistas.

–¿Qué es lo especial que tenés?

–Yo creo que me creen. Creen que mi propuesta es sincera y real y que lo que les propongo es orgánico. Por más que hable de universos absurdos y mundos imaginarios, me creen en el hecho de que lo estoy haciendo porque creo en eso. Los artistas que más funcionan (en redes sociales o en sus espectáculos) son los auténticos. Yo no sigo ni veo a nadie al que no le crea.

Toda una manera de ir en contra, porque mucho del contenido que suben distintas personalidades no parece ser, justamente, creíble.

–Y eso que yo también hago publicidades, pero dejo en claro que es una publicidad, digo que me están pagando por eso. Las marcas están buscando algo más orgánico, no que yo muestre que me levanto a la mañana y diga “cómo me gusta tomarme un jugo marca Pete”. Creo que la nueva publicidad debería ser entendida así, y por eso es que no trabajo con todas las marcas que me proponen.

Hay mucho de premeditación en tu carrera, pero también parece haber mucho espacio para la improvisación. ¿Cuál es tu método?

–La espontaneidad, aunque también exista la aparente contradicción de que esté pensando cosas todo el tiempo. Los videos del auto son muy del momento, pero lo cierto es que la buena edición hace que esa espontaneidad sea atractiva. Pero incluso aquellos videos más premeditados son improvisados y se apoyan en lo que a mí me surge hacer. Grabo y edito todo yo, salvo aquellos videos que es evidente que son profesionales y que, curiosamente, son los que menos funcionan en las redes sociales.

“Yo soy un papá normal que caga a pedos a su hija para que se vaya a bañar o haga los deberes y que va a buscarla al colegio como Agustín y no como Radagast.”

Tu hija participa mucho de tus contenidos. ¿Cómo se maneja hasta dónde se muestra la vida privada?

–El tema es que yo no muestro mi vida privada. Nunca lo hice. Se puede ver muy cada tanto un posteo en el que digo lo mucho que amo a mi novia o todo lo que significa mi hija para mí, pero lo que muestro son sketches. Suceden en mi casa, eso es lo único privado. Yo soy un papá normal que la caga a pedos para que se vaya a bañar o haga los deberes y que va a buscarla al colegio como Agustín y no como Radagast. Cuido mucho a Bianca, no la expongo más que en los sketches. Y si Bianca no quiere o no le gusta, no sale. No importa qué tan brillante sea: no sale.

–Parece ser un tiempo difícil para hacer humor, porque muchas veces el humor es incómodo e incorrecto y ya no está tan bien visto transgredir algunos límites. ¿Te viste en la situación de tener que decirte “no, con esto no me meto” o “esto mejor no lo digo”?

–Obvio que me pasa eso y evito caer en esos lugares. Me gusta consumir humor incorrecto, pero no me siento cómodo haciéndolo. Mi propuesta es un humor bastante blanco, y hacer otra cosa no me sale. Una vez, en un festival en Perú, hice un chiste con Colombia y unos colombianos se ofendieron. Era un chiste con la cocaína que manejé muy mal… Era muy pendejo, creo que si hoy lo hiciera sería de otra forma.

“Me gusta consumir humor incorrecto, pero no me siento cómodo haciéndolo. Mi propuesta es un humor bastante blanco, y hacer otra cosa no me sale.”

–También parece ir a contramano, porque la provocación es una de las formas más fáciles de llamar la atención. Se ve en las redes, en la televisión y casi en cualquier lado.

–Sí, y no me importa. Es un humor blanco pero a la vez profundo. Yo digo muchas cosas; el que las agarra, las agarra, y el que no, no. Para mí Chuni es un personaje muy pelotudo, que no hace otra cosa que mirarse a la cámara y decir las cosas que dice; Cristóbal Joropo es un venezolano exiliado que no sabe qué mierda hacer; Broncoespasmo es un organizador de fiestas infantiles medio mafioso que muestra esa doble cara… La verdad es que no pretendo revolucionar nada con mi humor, pero sí jugar y divertirme aunque sea un tipo grande.

Usás mucho la palabra “jugar”. ¿Qué tanto tiene que ver que tengas una hija en esa elección?

–Cambió mucho todo. Lo digo mucho en este último show, que es muy autobiográfico: una de las cosas que me explicó Bianca es que cuando juegue, lo haga de verdad, sin caretas ni poses. Ella me lo explicó. “Si vas a jugar, jugá.”

¿Cómo manejás el aburrimiento? Parecería que no tenés tiempo, pero varias veces dijiste que te aburrís.

–Yo planteo los shows como los discos de una banda. Serendipia, que es muy nuevo, va a durar más o menos dos años y va a tener una despedida importante. Soy Radagast fue así y terminó en el Gran Rex, el teatro en el que alguna vez había soñado actuar cuando era chiquito. Voy a seguir con mi proyecto musical, con Radahouse, que es un programa para redes sociales y va a suceder todo en mi casa. Y así pasa todo. Hago cosas todo el tiempo.

¿Y cómo te llevás con el tiempo libre?

–No paro nunca, pero puedo hacerlo cuando realmente quiero hacerlo. Puedo estar comiendo un asado y que se me ocurra algo, entonces saco una libretita, anoto y sigo. También me obligué a tener momentos de descanso, porque, si no, la cabeza o el cuerpo dicen “basta”. Yo digo que es un juego, pero es mi trabajo. A mí me pagan por jugar y me encanta que pase eso. Soy muy afortunado.


Por Leonardo Ferri
Fotos: Guido Adler
Producción: Gimena Bugallo