En 1998, el músico estaba cambiando de piel. Después de quince años al frente del trío con el que había conquistado Latinoamérica, le había puesto fin a la historia de Soda Stereo en su pico de máxima popularidad y se refugiaba en la rutina familiar. Se había mudado con Cecilia Amenábar y sus dos hijos a una casa en Vicente López. Se despertaba temprano para llevar a Benito al jardín. Cocinaba mientras su mujer trabajaba como productora de televisión. Se había cortado el pelo y había empezado a usar anteojos. Escuchaba música electrónica. Tenía 39 años.


Ahí fuera, una tormenta se conjuraba. El ocaso del menemismo gestaba una gran crisis social y económica. La desocupación empujaba a millones de personas afuera del sistema; el país era una bomba de tiempo. Era una realidad hostil, incómoda. La época hacía síntoma. Charly García enloquecía en su cama, exiliado de la realidad en el quinto piso de Coronel Díaz y Santa Fe, entre restos de comida, basura, cables y aerosoles. Luis Alberto Spinetta se peleaba con los medios que lo perseguían para conseguir una foto con la modelo Carolina Peleretti y se encerraba en su casa de Villa Urquiza, alejándose del mundo y grabando discos de rock cada vez más jazzeros. Andrés Calamaro se sumergía en la larga temporada química de El salmón: grababa compulsivamente y vivía sin dormir en una alucinación junkie de dealers, poesía urbana, personajes del hampa y fraternidad que colapsaba su computadora de nuevas canciones entre la iluminación y la verborragia trasnochada.

Gustavo, mientras tanto, cambiaba pañales. Había empezado el año en Chile, en una casa que la familia de su mujer, Cecilia Amenábar, tenía frente al lago Vichuquén, a dos horas de Santiago. Un refugio fuera del mundo donde se habían aislado durante 1993, cuando se había alejado de Soda mientras Cecilia gestaba a su hijo Benito en la panza y él componía Amor amarillo. Pocos días después de año nuevo, un llamado telefónico interrumpió las vacaciones.

Miles Copeland, el ex manager de The Police y hermano del baterista Stewart Copeland, lo invitaba a formar parte de un disco tributo al trío inglés en el que iban a participar varios grupos latinos. Tenía que elegir alguna canción del catálogo de la banda, traducirla al español y viajar a los Estados Unidos a grabarla ocupando el lugar de Sting. Andy Summers y Copeland creían que habían invitado a un cantante, pero se encontraron con que, además de un músico superdotado, Gustavo era un productor con una sensibilidad cautivadora. Una combinación de talento, visión, prepotencia de trabajo y seducción que hacía que quedara al mando de las situaciones en las que participaba.

En marzo volvió a Buenos Aires y empezó unas obras en el pequeño cuarto que había debajo de la pileta para ampliarlo y montar un estudio. Un búnker subterráneo que equipó con consolas, sintetizadores, teclados, sillones y guitarras, al que bautizó Casa Submarina. De día, en la superficie, Gustavo se concentraba en su vida familiar. De noche, después de comer con su mujer y sus hijos, bajaba al estudio y se quedaba hasta las 6 de la mañana grabando y componiendo música electrónica. En la segunda mitad del año, lo visitaron unos amigos chilenos con los que había armado el grupo Plan V para grabar unos tracks de tecno ambiental y se pasaron una semana atrincherados en el sótano.

En noviembre volvió a los escenarios en la segunda noche del Festival Inrockuptibles, sobre la terraza del Centro Cultural Recoleta. No fue tanto un show como una demostración de todas sus nuevas obsesiones: un set de música house, una suite tecno con los Plan V y, sobre el final, una versión de “Tu medicina”, de Colores santos, acompañado por Leo García en teclado y en las partes vocales de Daniel Melero.

Mientras tanto, el rock barrial conquistaba las radios reivindicando la esquina y el barrio como lugares de pertenencia. Los Redondos y La Renga llenaban canchas de fútbol con un rock crudo y las nuevas grandes bandas, como Bersuit y Los Piojos, que estaban en plena carrera de convocatoria hacia shows de estadio, rotaban en las radios con discursos politizados y un sonido rioplatense.

Gustavo, de pronto, estaba fuera de época. Algunas noches iba a comer a la casa del artista plástico Eduardo Capilla, uno de los pocos viejos amigos a los que frecuentaba por entonces. Se habían conocido en los años de facultad. Capilla había diseñado la estética escenográfica de Soda Stereo en los comienzos del grupo y era el padrino de Benito. Una de esas madrugadas, Gustavo le confesó que estaba asustado. No era algo que se permitiera demostrar con otros amigos. En general, siempre se mostraba seguro, en control de lo que le pasaba, pero Capilla tenía una sensibilidad para ver las cosas que a Gustavo lo calmaba. Aunque no se arrepentía de haber disuelto Soda Stereo, tenía miedo de que su carrera solista no tuviera el impacto del trío y que eso fuera tomado como un fracaso.

Charly Alberti estaba volcado al negocio de internet y Zeta Bosio trabajaba como productor de bandas nuevas. El único que iba a lanzar su carrera solista era Gustavo y todos los ojos estaban puestos en él. ¿Se iba a parecer a Soda Stereo? ¿Iba a tocar temas del grupo en los shows? ¿Sus nuevas canciones iban a sonar en la radio? ¿Los fanáticos de Soda iban a acompañar su carrera solista? ¿Cómo iba a ser el futuro? Los últimos veinte años todavía estaban por escribirse.