De Alexander McQueen a Hedi Slimane; de pasarelas abarrotadas a publicaciones millonarias en Instagram. El mundo fashion actual ya no es el mismo que hace veinte años, y nuestra loca por la moda, Marcela Soberano, lo repasa entre la melancolía y los trending topics.


David Lynch tenía razón: hace veinte años el fuego caminó conmigo. Las redes sociales todavía dormían un sueño parecido al de algunos monstruos atrapados en cuentos infantiles, pero llegó un e-mail cuyo asunto decía “Tenés que ver esto”. El link me produjo un efecto similar al del video maldito en La llamada, quedé atrapada por las imágenes: en un círculo de fuego, Juana de Arco, pelada y envuelta en metal, se inmolaba en la hoguera mientras estallaba una nube de mariposas. La moda no era sólo ese rejunte de prendas que la ilusión del uno a uno permitía comprar en shoppings de Nueva York, Miami y Buenos Aires. La moda no era la valija que viajaba vacía a París y volvía repleta de “deme dos” en tiendas Lafayette. La moda tampoco sospechaba que sería selfie, look del día y posteo patrocinado. La moda era crueldad, lirismo, belleza incómoda y salvaje. El día que abrí ese e-mail descubrí a Alexander McQueen y entendí todo. No había inventado solamente los enormes pantalones de tiro bajo y los pañuelos con calaveras. Su mirada se extendía hasta el espacio pocas veces explorado entre el sexo y la muerte. Lo femenino podía ser lúgubre pero también glamoroso. La fantasía podía conducir tanto al infierno de McQueen como al paraíso sensual de Tom Ford.

La moda no era sólo ese rejunte de prendas que la ilusión del uno a uno permitía comprar en shoppings de Nueva York, Miami y Buenos Aires.

Al filo de 2000 y de todos los incendios que traería ese Año del Dragón, Gucci ni sospechaba convertirse algún día en la loca secta multicultural liderada por un Alessandro Michele cada vez más parecido a Charles Manson; la marca de la doble G no ostentaba branding sino sexo, y Ford era el paladín de un goce disimulado bajo el satín de sus camisas ajustadas, delgadísimos cinturones como fustas, ceñidos pantalones cigarette y sandalias donde sólo una tirita contenía los pies desnudos. El lujo era una boca carnosa, las gafas desmesuradas y la blusa desprendida. Fue antes de que las corporaciones como Kering y LVMH compraran todas las marcas y la moda pasara a ser un ejercicio de marketing, eterno juego de la silla donde los directores creativos se suceden sin pausa, como técnicos que no logran salvar a su equipo del descenso.

Marc Jacobs demostraba que entendía a su generación y también el negocio que venía. La nueva feminidad no quería tanto artificio sino una sofisticación moderna que hablara alto pero no tanto. Los tiempos cambiaron y las musas también. Las supermodelos murieron un poco cuando asesinaron a Versace en el 97; fue el fin de la fantasía kitsch y el germen de la diversidad. La androginia volvió a las pasarelas, ya no era el desprejuicio mutante de Bowie pero sí el tránsito hacia otro paradigma.

Los años traerían distintas bellezas, desde la intelectualidad cool vuittonizada de Sofia Coppola hasta Kristen Stewart quitándose los stilettos en plena red carpet. En el medio hubo lugar para bellezas clásicas, como las de Cate Blanchett y Julia Roberts, incandescentes imágenes de fragancias tradicionales, las curvas sinuosas de Kate Upton, el consumo trashero de las Kardashian y la frágil sofisticación contenida en la mirada de Rooney Mara.

Volvieron los ochentas, después los noventas y ahora los 2000, no sabemos bien para qué, pero como dicen las blogueras adoradoras del karma, todo vuelve.

La diversidad se gritó en anuncios, redes, camisetas con mensajes, y la nueva realeza ostentó una corona de likes. Las flamantes princesas se llamaron Hadid, Gerber, Baldwin. La pertenencia desbordó el cuadradito de Instagram para ocupar primeras filas, contratos millonarios, dudosas tapas y un gran vacío pop digno de ser retratado por Jeremy Scott. Una explosión de color heredera de los dibujitos animados que mirábamos frente a la tele. ¿Eso es todo, amigos? Algunos dicen que lo mejor de la moda murió cuando McQueen se colgó atormentado por la muerte de su madre. Otros sostienen que la moda no escapa a las generales de la ley freudiana: para construir es necesario matar al padre. Recomenzar desde la diferencia. El tema es si la hay. La moda de los últimos tiempos ha sido una reversión constante y autorreferencial. Primero volvieron los ochentas, después los noventas y ahora los 2000, no sabemos para qué, pero como dicen las blogueras adoradoras del karma, todo vuelve. Las zapatillas feas, el top, la vincha y hasta esas blusas con flores bordadas a imagen y semejanza de antiguos manteles.

El retorno nunca es igual, porque la réplica jamás es el original, eso ya se sabe desde Blade Runner. Algunas cosas cambiaron y seguirán mutando. Así como Hedi Slimane entalló una nueva silueta masculina hasta feminizarla y Stella McCartney descubrió el poder de la ropa deportiva, la calle se adueñó del estilo y lo reprodujo en remeras Supreme, botitas graffiteadas Comme des Garçons y combinaciones de texturas imposibles. La moda se democratizó, el lujo pasó a ser el tiempo dedicado a lo artesanal, la experiencia se enarboló hasta convertirse en millones de atardeceres reproducidos en las redes y la sustentabilidad pasó a estar al tope de la agenda. La gente es mala y se pregunta si no serán demasiados “white people problems” en un mundo repleto de trabajo precarizado y violencia económica.

Buenos Aires no dormía y el Bafweek convocaba a 50 mil personas. En nuestra historia siempre sobran ganas y faltan inversionistas. Los nuevos nombres están buscando su camino, como se debe o como se puede.

Mientras tanto, por estas pampas seguimos liquidando. Hace veinte años surgía el diseño de autor argentino, las marcas que hasta ese entonces se dedicaban a viajar, cazar tendencias y copiarlas empezaban a valorar a la camada de diseñadores que apostaban a una mirada distinta. Palermo y el Bajo eran oasis de creatividad. Mientras Trosman y Churba deconstruían y engomaban, los Kostüme descubrían cómo era vestir a los raros, los otros, los distintos. Pablo Ramírez exploraba cincuenta tonos de negro hasta convertirlos en una película de los años cuarenta y Mariana Dappiano estampaba imágenes dictadas por sus sueños. Pululaban los concursos, Buenos Aires no dormía y el Bafweek convocaba a 50 mil personas. En nuestra historia siempre sobran ganas y faltan inversionistas. Los nuevos nombres están buscando su camino, como se debe o como se puede. El panorama local exige sacrificio y rocanrol.

Podría escribir que en la moda el círculo de fuego no se extingue o hacer alguna alusión fácil a The Unforgettable Fire, pero mi editor diría que esos son lugares comunes dignos del peor Iñárritu, y tendría razón. Evitemos lo obvio, leamos lo prohibido, arriesguemos todo. Y guardemos la primera remera stone que compramos con nuestros ahorros. Nos vemos en 20 años. Guarden este tuit.