Aunque en materia futbolística lo más deslumbrante desde Francia 98 hasta el fatídico Rusia 2018 haya sido Lionel Messi, otras disciplinas coparon las portadas de los diarios deportivos más importantes del mundo, dejando así tres equipos inolvidables con hazañas quijotescas que hasta el momento sólo pertenecían al planeta de la redonda. Los Pumas, las Leonas y, por supuesto, la Legión Dorada, amigos que coincidieron en el tiempo y cambiaron para siempre la historia de nuestro deporte.


Si nos paramos en la grilla de los canales deportivos y apretamos la flecha del control remoto veinte años hacia la izquierda, Javier Saviola está haciendo un gol en Jujuy y se le ve en la camiseta ancha y en el acné de la cara que es el primero, que no tiene edad ni para el viaje de egresados. Es la única sonrisa de la temporada para Ramón Díaz, que aguanta un año intrascendente después de dos gloriosos. Un rato más tarde, en el otro partido de la fecha que va por señal codificada, Martín Palermo le hace dos goles a Chilavert y el primer Boca de Carlos Bianchi se saca de encima a Vélez, el último campeón, para cruzar a la segunda parte del torneo sin mucha resistencia. El bajón de Vélez también es lógico porque acaba de perder a Marcelo Bielsa, que tomará la Selección después de que el Mundial de Francia, con Daniel Passarella al frente, dejara buenas sensaciones al borde de algo más. La era pos-Maradona recién empieza pero hay indicios para pensar que la Argentina no va a tardar en volver a la punta del mundo: la única opción que nos cabe es que el futuro esté hecho de fútbol.

En otro plano, subterráneo o paralelo, que la tele también registra pero no multiplica, Emanuel Ginóbili tiene 21 años y mete algunos dobles frente a tribunas vacías durante el Mundial de Grecia, desdibujado porque Estados Unidos fue sin jugadores de la NBA. La Argentina pierde en cuartos de final contra Yugoslavia y lamenta estar despidiendo a Marcelo Milanesio, el hombre más importante de la historia del equipo.

En los Países Bajos, el Seleccionado de hockey hace un buen Mundial pero pierde en semifinales contra Australia. En el recuadro chico que los diarios le dedican al partido se registra que Luciana Aymar, de la misma edad que Ginóbili, entró en el segundo tiempo a pesar de su estado gripal y que no pudo hacer demasiado.

Y en Inglaterra, Agustín Pichot, de 24 años, es nombrado capitán del Richmond, el club al que llegó hace poco, porque el entrenador le ve condiciones que no tiene nadie más. Él dice que no le sorprende, que no le pesa, que su puesto de medio scrum ya le exige liderar a sus compañeros, que todo sirve para preparar el mundial de los Pumas del año que viene.

Ni el Big Bang, ni el peronismo, ni el éxito de Tinelli, nada de lo que explota tiene un origen certero, aunque miremos los fenómenos humanos hacia atrás y en cámara lenta y nos empeñemos en buscarles la raíz: todos quisiéramos rever el punto exacto en que una cosa se desprende, una persona se destapa, una rareza se cocina y entra en ebullición. Y nunca lo encontramos, a no ser que dibujemos la escena fundacional de nuestro capricho, como si lo largo pudiera entenderse en un clic. Lo cierto es que en la muestra transversal de ese año perdido, que el tiempo iba a devorar como devora todo, el deporte argentino estaba pariendo, sin saberlo, la época dorada de tres deportes colectivos en simultáneo, todos invisibles al radar futbolero nacional. Como una conexión arbitraria de tres rectas confluyendo en el mismo segmento de la historia, para que cuando explotaran no nos quedara otra que mirar.

La del equipo de básquet empezó a delinearse en el Mundial de Indianápolis, en 2002, con una hazaña para las tapas del mundo: en el último partido de la segunda fase, la Argentina le ganó a Estados Unidos en versión NBA, algo que nadie había logrado hasta entonces. El estadounidense no podía considerarse un “dream team” porque faltaban Shaquille O’Neal y Kobe Bryant, pero el plantel era suficiente para pasar por arriba lo que le pusieran enfrente. La herida que le abrió la Argentina siguió sangrando al partido siguiente, en que perdió contra Yugoslavia, que a su vez le ganó la final a la Argentina. Dos años después, el básquet nacional tuvo su gol de Diego a los ingleses, la palomita de Manu para ganarles a la chicharra y a Serbia en el primer partido de los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Es curioso que la jugada emblemática del equipo haya sido en un partido que no definía nada, pero los propios jugadores coinciden en que ese tiro destrabó un nivel en ellos, que volvieron a ganarle a Estados Unidos en semifinales y a Italia por el oro.

Los años posteriores tuvieron recambios y resultados desparejos, y el último gran momento fue de despedida, cuando Ginóbili, el Chapu Nocioni, Carlos Delfino y Luis Scola volvieron a juntarse en Río de Janeiro 2016, mezclados con chicos nuevos, y cerraron la aventura perdiendo en cuartos de final contra Estados Unidos en un estadio colmado de argentinos.

Mirada desde donde se la mire, la de la Generación Dorada parece la gesta insólita de una banda de amigos conquistando el mundo, el diario íntimo de unos jóvenes que salieron de vacaciones en una casa rodante y volvieron varios años después con medallas olímpicas colgadas del parabrisas. Las notas y registros documentales del equipo los muestran haciendo chistes y resaltando el hecho de que se conocieron desde chicos, como si la casualidad y el factor humano se hubieran impuesto sobre cualquier estructura organizacional y cualquier tendencia popular del país. No parece el resultado de una generación de argentinos poniéndose de pronto a jugar al básquet sino el azar de ocho o nueve talentos coincidiendo en la misma época y llevándose bien.

El caso de las Leonas salió del anonimato a las tapas nacionales con el surgimiento del nombre, el día de 2000 en que decidieron estampar en las camisetas el dibujo que había hecho Inés Arrondo para ganarles a los Países Bajos y avanzar hasta la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Sídney. Nadie les había visto las garras pero ellas supieron que el primer paso antes de moverse es tener una marca. De la conjunción entre esa visión emprendedora, la arenga finita pero penetrante de Cachito Vigil y el palo iluminado de Luciana Aymar se hizo el camino del hockey, que desde entonces hasta hoy iba a incluir premios y podios como una gotera: el Mundial de Perth en 2002, el bronce en Atenas 2004 y en Pekín 2008, el Mundial de Rosario en 2010, la plata en Londres 2012 y, enredados entre todos esos hitos, siete de los últimos catorce Champions Trophies y ocho nombramientos de Aymar como mejor jugadora del mundo. En el nivel mundial de la desconsideración, la rosarina encontró la fórmula para maniobrar esa fibra de vidrio y carbón con forma de jota y no se la reveló a nadie hasta su retiro en 2014, a los 36 años, cuando anunció que lo único que no había encontrado era la fórmula de la inmortalidad. “Amo el hockey”, dijo, “pero no soy Highlander”.

En el rugby, lo que Pichot decía estar preparando en 1998 vio su primera luz al año siguiente, en el Mundial de Gales. La Argentina apenas pasó su grupo como mejor tercero y en la fase intermedia antes de los cuartos de final se encontró con Irlanda. Todo lo que Los Pumas eran, con sus limitaciones y voluntad para torcerlas, se comprimió en la escena final del partido, con los quince jugadores de verde empujando la bajada de un line para quebrar a la fuerza la defensa celeste y blanca. El balance argentino se imprimió en la foto de esa resistencia y en los 102 puntos de Gonzalo Quesada para ser el goleador inesperado del torneo.

La inercia de esa pequeña hazaña se salteó un Mundial y aterrizó en el siguiente, cuando la Argentina abrió el campeonato ganándole al local en el Stade de France. Era una proeza suficiente como para abrazarse y gritar, pero pudimos ver a Pichot, que tenía más planes que ese, licuar adentro suyo la mezcla perfecta de demagogia y lucidez para calmar a sus compañeros frente a las cámaras, pidiéndoles que no se pusieran al público en contra porque el Mundial iba a ser largo. Y fue tan largo y tan bueno que los Pumas volvieron a cruzarse con Francia, esta vez por el tercer puesto, y otra vez les ganaron.

Fue el upgrade de currículum perfecto para que la Unión Argentina de Rugby asomara la cabeza en plena transición del deporte hacia el hiperprofesionalismo y lograra un lugar que las grandes potencias no iban a darle gratis. La insistencia de los Pumas desarmó el antiguo Tri Nations, que pasó a llamarse Rugby Championship desde 2012, con el equipo nacional colado entre los tres países dominantes.

La evolución desde entonces es una ruta empedrada y larga que sigue hasta hoy, plagada de derrotas dignas y de frustraciones, salpicada de grandes partidos y de despegues. Contra los casos del básquet y del hockey, alguien podría decir que no se ve demasiado, que faltan premios, pero también es posible que este texto, releído en 2038, tenga el valor documental de lo absurdo, del que mira su época con demasiada atención. Como si no existiera el futuro.