El cambio de milenio no sólo supuso un fin del mundo en materia tecnológica sino que además evidenció los últimos manotazos de una forma de vida. En el cine, en la televisión abierta, en la música y en los medios, la exhibición exagerada dominaba el prime time y algunos valientes se animaban al destape en un business show que amenazaba con ser imparable.


La burbuja de las puntocom, la muerte de Lady Di, la puja por el rating entre Verano del 98, Gasoleros y Ricos y famosos, la despedida de Soda Stereo, el lanzamiento del primer libro de Harry Potter, el estreno de Titanic, el boom de los teléfonos celulares, Britney hipnotizándonos con su “Baby One More Time”, el escándalo de Clinton y Monica Lewinsky, Shakira y su Dónde están los ladrones, las primeras temporadas de The Sopranos y Sex and the City y la última de Seinfeld, un Ricky Martin dentro del clóset por las presiones de la industria cantando “La copa de la vida” para el Mundial de Francia. Si metemos todo eso en una licuadora, el resultado es un mix perfecto de lo que fue el final de siglo, la previa a aquel 31 de diciembre de 1999, cuando temblamos frente a nuestras computadoras de escritorio esperando que algo extraordinario les ocurriera por culpa del Y2K y la llegada del futuro con el cambio de milenio.

Las computadoras no explotaron y los sistemas bancarios no enloquecieron. Los 90 terminaron en paz (en términos tecnológicos, claro) pero no sin antes haber dejado varias huellas.

“Creemos que es el avance más grande en animación desde que Walt Disney empezó todo con el lanzamiento de Blancanieves, hace 50 años”, dijo Steve Jobs en 1995, previo al estreno de Toy Story. Y tuvo razón. La película protagonizada por Woody y Buzz Lightyear (con las voces de Tom Hanks y Tim Allen) marcó un antes y un después en el cine de animación; no sólo fue la primera película realizada enteramente por computadora sino que también demostró que no era condición del género que fuera musical, como se estilaba hasta entonces. Nueve años más tarde, Disney compraría Pixar y sus siete películas ya estrenadas: Monsters Inc., Buscando a Nemo y Los Increíbles, entre otras. Cuando la película original cumpla 21 años, llegará a los cines la muy esperada cuarta parte de la saga, como tantos otros reboots y remakes que se esperan para 2019 de películas que vio en el cine la famosa Generación X.

Lo mismo ocurrió con Jurassic Park en 1993. La vara de Steven Spielberg estaba en lo más alto y él necesitaba dinosaurios que corrieran. No había trabajo de prótesis que lo conformara. Por eso, cuando Dennis Muren, experto en efectos visuales de la película, llamó a los miembros de su equipo a su oficina y les mostró lo que había logrado, saltaron de la emoción. “Era el futuro, no podía creerlo”, confiesa el propio director en el documental Spielberg. Y David Koepp, guionista, agrega: “No exagero cuando digo que se equipararía a cuando el sonido llegó al cine, teníamos una enorme herramienta nueva”. Una herramienta que hoy, como espectadores de Jurassic World, damos por sentada y su utilización hasta nos hace dudar de si Susana Giménez, al fin y al cabo, no tenía razón con lo del dinosaurio vivo.

Por eso, cuando llegaron Titanic o Armageddon a fines de esa década ya estábamos preparados para los efectos especiales. Esto no significa que no nos impactaran el iceberg o la imagen de Bruce Willis taladrando un enorme asteroide. Pero el futuro del que habló Spielberg ya era nuestro. Podíamos verlo en casa alquilando la película en el Blockbuster más cercano y sin siquiera tener que rebobinar la cinta antes de devolverla gracias a la llegada del DVD en 1997. Hacia 2000 (les contamos a los centennials) había que ser Bill Gates para tener una conexión a internet de alta velocidad en casa y poder descargar una película o la canción del momento. La situación cotidiana de la clase media argentina era la de conectarse a través de dial up y escuchar los insultos del grupo familiar por estar ocupando la única línea telefónica de la casa para chatear a través del ICQ. Los celulares eran todavía un lujo (aún el ladrillo de Movicom que hoy nos causa tanta gracia). Pasarían años para que los teléfonos móviles fueran los cines y rocolas portátiles en los que se convirtieron al día de hoy.

En el medio de todo eso, la coctelera se llenó con el discman; el apogeo y la decadencia de las boy and girl bands; los nacimientos (literalmente) de Shawn Mendes y Millie Bobby Brown; los anteojos 3D, que pasaron de tener un lente rojo y otro azul a dos grises; MTV reemplazando los videos musicales por realities; el iPod; el BluRay; YouTube; Spotify… Y decenas de acontecimientos que llenarían las tapas de los diarios –y luego los catálogos de las distribuidoras de cine y las programaciones de los canales de televisión–, como el asesinato de Gianni Versace, la publicación de Harry Potter y la piedra filosofal, la persecución de OJ Simpson y el 11 de septiembre, entre tantos otros. “Lo trágico del asesinato de Versace fue que no debería haber ocurrido. Su asesino había matado a otras personas antes y estaba suelto cuando no debía estarlo. Pero no lo habían atrapado porque su objetivo eran las personas gays y al resto del mundo no les importaban.” Así, Ryan Murphy, creador de la serie American Crime Story, sintetizó la relevancia de contar la historia del diseñador muerto en Miami en 1997 a manos de Andrew Cunanan. El matrimonio igualitario y la Ley de Identidad de Género eran una utopía para quien osara soñarlos.

A nivel local, el comienzo de siglo encontró a una televisión argentina que repartía su grilla entre las ficciones de las emergentes productoras independientes, como Pol-ka e Ideas del Sur, y los realities que llegaban desde el extranjero y eran furor en el mundo. Hoy resulta imposible pensar El marginal o Un gallo para Esculapio sin saber que existieron Okupas o Sol negro. Relatos salvajes es una de las películas más taquilleras de la historia del cine nacional porque Damián Szifrón hizo antes Los simuladores. La existencia de El jardín de bronce se explica con la de Epitafios. Y, sí, Bailando por un sueño es un efecto colateral de aquel “adelante mis valientes” de Gran Hermano y la exposición mediática de la intimidad a cualquier precio y como medio de vida.

La década del 80 parece resultar la más tentadora para ser retratada en ficciones de esta época. La estruendosa serie Stranger Things, el blockbuster It y hasta el cine independiente con Sing Street son claros ejemplos de ello. Sin embargo, las décadas de 1990 y 2000 dejaron marcas imborrables en lo que hoy consumimos y la manera en que lo hacemos. Basta con que miremos a nuestro alrededor para entenderlo. La computadora portátil se inventó en 1981 pero era imposible de trasladar en una mochila de casa a la universidad sin terminar con el ciático inflamado. Vemos que, en las películas de los 60, los bares musicalizaban sus ambientes con una jukebox, pero hubiera sido imposible usarla para escuchar música en un subte, como nos lo permitió el iPod. Aunque lo ochentoso luzca pintoresco, los últimos 20 años nos cambiaron la vida. Google fue fundada en 1998, al igual que El Planeta Urbano. No más pruebas, su señoría.