Viajamos a la zona más exclusiva del sur de la Florida para vivir una experiencia de moda, arte, bares y restaurantes en un entorno paradisíaco.


Un botones abre la puerta de la camioneta limo, nos da la bienvenida saludándonos por nuestro nombre y nos invita a pasar a unos cómodos sillones para hacer el check in. Son las 9 de la mañana en Miami y afuera el sol de septiembre nos abraza caluroso, pero en la recepción del St. Regis los sentidos se ponen automáticamente en modo disfrute: el pasillo de espejos en tonos bronce es un deleite para la vista, los aromas delicados nos recuerdan que ingresamos a un paraíso del lujo y la música suave, que se entremezcla con la voz amable de nuestro asesor en el front desk, nos invita a relajarnos de manera inmediata.

El lujoso lobby del St. Regis

Es un misterio que todos en el hotel conozcan nuestro nombre, que acomoden las valijas en el vestidor y sepan exactamente qué nos gustaría desayunar. La magia del St Regis pone a punto nuestros deseos dando inicio a una experiencia que será inolvidable.

Una vez que nos acomodamos en la enorme suite con todas las amenidades que una celebridad podría demandar -sumadas a una increíble vista al mar turquesa del sur de la Florida-, bajamos al nivel de la playa para desayunar en Atlantikós, el restaurante griego del hotel que sirve un exquisito desayuno al borde de la piscina. Jugos y frutas naturales, croissants de blueberries, batidos detox y delicados quesos con almendras nos aportan la energía suficiente para hacer lo que más ansiedad nos genera al llegar a Miami desde la fría Buenos Aires: pisar las arenas blancas de Bal Harbour, mojar los pies en el mar transparente y pasar la mañana entera tomando sol en la playa privada del hotel. Si nos olvidamos el protector solar no importa, pues amables camareros nos acercan todo lo que nuestra piel necesita para estar protegidos e hidratados. Si queremos descansar a la sombra, al reparo del clima o tomar una pequeña siesta privada y nos da pereza subir hasta la habitación, basta con reservar una cabaña frente al mar, que funciona como las tradicionales carpas de nuestros balnearios aunque con detalles de lujo que nos hacen sentir como si estuviéramos en nuestro cuarto con aire acondicionado, baño privado, mini bar, cama con delicadas sábanas blancas y una gran pantalla 4 k. Todo esto, sí, a pasos de la playa y con vista al mar.

Vista desde la habitación del hotel

Pasado el mediodía comienza la otra mitad de esta experiencia: propuestas gastronómicas con muchísima onda, gente divina y altos estándares gourmet sumados a un recorrido de moda y compras único en el mundo. Basta cruzar la avenida Collins para adentrarnos en Bal Harbour Shops y dejar que las cosas sucedan. Antes de almorzar en Le Zoo, la braserie francesa que nos transporta con vía directa a los cafés de Paris o Saint Tropez, pasamos por la apertura de la exquisita chocolatería porteña Vasalissa en el piso superior del paseo de compras y nos encontramos con Susana Gimenez tomando un café en sus delicadas mesitas, justo después de haber salido de la peluquería. Saludamos a Susana entusiasmados y nos preguntamos cómo seguirá su tarde de shopping, pero el almuerzo nos espera. En Le Zoo degustamos un extravagante plato de mar que incluye langosta, cangrejo, camarones y ostras, acompañados de una variedad de ensaladas, quesos y vegetales en clave mediterránea que nos transportan directamente al sur de Francia. Luego, a explorar Bal Harbour Shops.

Bal Harbour Shops

El bar del St. Regis

Nuestro recorrido de moda y sensaciones comienza por Lalique, donde quedamos extasiados por las esculturas de cristal, los muebles de altísimo diseño y las tradicionales fragancias de esta familia creadora de lujo. Seguimos por las tiendas departamentales, donde la oferta es infinita: desde algunos sales súper accesibles para no dejar pasar hasta los clásicos en los que siempre vale la pena reparar: unos loafers de Gucci, aquel vestido de fiesta imprescindible de Max Mara y colecciones de zapatos interminables. En los enormes pasillos tropicales de Bal Harbour Shops sólo encontramos marcas exclusivas, como Chanel, Valentino, Prada, Stella McCartney, Carolina Herrera, Dolce & Gabbana, Versace, Ralph Lauren y Gucci, dispuestas una al lado de la otra, al aire libre y con unas vidrieras que marcan la tendencia de lo que se usará en todo el mundo. Este es el paseo de compras que más factura en el globo, seguido de lejos por uno en Las Vegas. Aquí, también, las grandes marcas de ropa, relojería y joyas exhiben piezas únicas de sus colecciones para compradores exigentes. Pero lo que más llamó nuestra atención fue la tienda The Webster, donde la selección de prendas de las mejores marcas del mundo cobra otra dimensión. Su dueña selecciona cada cartera, cada zapato y cada línea –sea de fiesta o de sportwear, de hombre o de mujer-, para brindar lo mejor del universo del lujo en un store único.Después de las compras, ni siquiera tuvimos que cargar las bolsas al hotel. Para los huéspedes más exquisitos del St. Regis, este hotel cuenta con un servicio de mayordomo autorizado para retirar prendas de las tiendas de Bal Harbour, llevarlas a la habitación del interesado y vivir una tarde de shopping a medida. Esta actividad puede realizarse antes o después de visitar el Remède Spa, uno de los mejores de Miami, que se presenta como un maravilloso oasis de 2.000 metros cuadrados capaz de removernos el estrés de una exhaustiva jornada de compras.Por la noche continuó la aventura restauranter con una primera parada en Makoto, el japonés al que Madonna va cada vez que visita Miami (ciudad en que la que la diva del pop vivió en los 90), y en donde es común encontrarse con Ricky Martin o Jennifer López compartiendo una mesa con amigos. El menú, basado en los clásicos asiáticos, encuentra su previa en los tragos más geniales de Miami, continúa con un exiquisito sushi bar y termina con un espectacular Yozu Chocolate Cake.

Vista desde el Ritz Carlton de Bal Harbour

La intensidad del primer día nos demandó una segunda jornada tranquila al borde de la pileta. Dato primordial: hay una piscina sólo para adultos, bien alejada de la familiar, con una impresionante vista al mar. Ahí también hay camareros y asistentes que nos ayudan con bebidas, toallas y protectores solares. Y la música suave invita a disfrutar del sol sin interrupciones. Cerca del mediodía continuamos con el idilio caribeño, esta vez en el hotel Ritz Carlton de Barl Harbour, ubicado a pocos metros de allí, donde visitamos las suites más lujosas que jamás hayamos visto. De fondo una bahía con otra isla de arena blanca y mar turquesa, y abajo, la piscina bordeando el canal, en un marco paradisíaco que nos muestra el Miami más sofisticado.

Luego volvimos a cruzar a Bal Harbour Shops, en bermudas los varones y en túnicas de playa las mujeres, para almorzar en Carpaccio, acaso el sitio más emblemático de Miami, donde todo pasa. Este restaurante italiano con quince años de historia es punto obligado de empresarios, políticos, socialités, estrellas deportivas y poderosos brokers de negocios. Almorzar en Carpaccio es estar en el lugar indicado a la hora indicada, con la gente indicada. La experiencia no es excesivamente cara como uno puede suponer, y bien vale la pena.

The Grill

Por la tarde hicimos otro recorrido en los shops, previo cafecito con revistas en el clásico bar Santa Fé para vibrar a la par de Bal Harbour. Allí nos encontramos con Gotmar Giron, directora de public relations y eventos especiales de Bal Harbour Shops, que tras un breve recorrido tras bambalinas de las casas de moda más importantes del mundo nos adelantó una gran primicia: a cincuenta años de su inauguración y con el legado de ser el negocio minorista de mayor éxito en los Estados Unidos, Bal Harbour Shops se prepara para una ampliación que sumará 31.622 metros cuadrados, en nuevos locales y espacios comunes. Una gran noticia para los amantes de la moda será la llegada del primer Barneys New York, que vendrá a revolucionar la escena de Miami.

La última noche cenamos en The Grill, un clásico americano a cocina abierta que nos recibió con un exquisito Pinot Noir y la mejor carne de la ciudad. Aquí, los highlights de la carta son el Ahi Tuna Tartare, la Grill’s Cheeseburger, la Shrimp Louis Salad y una selección premium de steaks.

La despedida no podría haber sido mejor. Cuatro días en Bal Harbour bastaron para armarnos un fin de semana largo perfecto en la ciudad del sol, sin salir del exclusivo circuito de experiencias por este lado de la ciudad, sin estresarnos por el tráfico y con la mezcla justa entre descanso playero y entretenimiento en modo top of the game.