Cada vez son más las mujeres que priorizan su realización personal y profesional y postergan la convivencia, el casamiento y la formación de una familia. Un fenómeno que empezó en los 80 y que hoy se propaga a la par de su lucha por terminar con las obligaciones sociales impuestas.

Laura (32) improvisa una cena sencilla mientras se despeja de su día laboral: ocho horas de diseño gráfico en una agencia de publicidad. Todavía tiene puestas las botitas con tachas que se calzó a la mañana; se aleja de la hornalla dando saltitos hasta la computadora para subir el volumen de su canción favorita. Lleva seis años viviendo sola, primero en el monoambiente de su abuela, luego en un dos ambientes que alquiló por su cuenta en el barrio de Colegiales. “Me fui a los 26 porque quería mi lugar; me llevaba re bien con mis papás pero necesitaba más espacio para organizar mi vida”, le contó a EPU.

Laura es parte de una tendencia que crece en la Argentina desde la década de 1980: según el último censo oficial (2010), el 17% de los argentinos viven solos. La cantidad de hogares unipersonales va en aumento mientras disminuye la de los conyugales y de familias ampliadas. Son múltiples las variables por las que una persona termina viviendo sola, si partimos de la posibilidad de elegir. Pero hay una que cobija a todas, si hablamos de mujeres: la caída del matrimonio como mandato social para ellas. Hace tiempo que no esperan a casarse para irse de sus hogares familiares.

“Amo vivir sola. Amo mi casa por más pequeña que sea, y si bien me gustaría formar una pareja, no me angustia mi realidad de soltera. Hago lo que quiero y no me siento en falta ni menos que otras mujeres de mi edad”, dijo Florencia (34), cerveza en mano. Fue la primera de sus tres amigas en llegar al bar después del trabajo. Una vez por semana se junta con su grupo; siempre, desde hace años. Ninguna está en pareja y la amistad entre ellas se ha transformado en familia. “Nos acompañamos en todo, desde ir al médico hasta pasar un día feo en el sillón, de mal humor”, contó Florencia. Dijo que, sin darse cuenta, con el tiempo ella y sus amigas fueron construyendo una dinámica de cofradía de la que se sienten orgullosas. “A mi casa han caído las chicas con comida, bebida y helado muchas veces, cuando yo no tenía ánimo para levantarme de la cama”, recordó.

Como ellas, miles de mujeres dibujan su vida cotidiana al margen de la posibilidad de casarse o formar una familia tradicional. La edad no las inquieta y la mayoría asegura que hace tiempo dejó de justificarse entre sus seres queridos: “¿Por qué no tenés novio?”, “¡te vas a quedar sola!”, “¿pero te gustan los chicos?”, y una larga lista de más cuestionamientos que forman el coro de quejas por no seguir la norma de ser mujer, casada y madre ejemplar.

Vivir sola por elección propia, descreyendo de la idea de que solo sos una mujer realizada si estás en pareja con un hombre, no es una tendencia nacional. Según The Washington Post, en 2015 más de la cuarta parte de los hogares de los Estados Unidos eran de una sola persona, mientras que en 1940 esa proporción era sólo del siete por ciento. BBC News informó que, según los últimos datos de la Office for National Statistics, el 51 por ciento de la población inglesa y de Gales es soltera (si descontamos a las parejas que viven sin estar casadas, la cifra baja al 40 por ciento). En España, el número de hogares unipersonales es del 25 por ciento, según el Instituto Nacional de Estadística. Uno de cada cuatro, y va en aumento. Por el momento, los integrantes de esos hogares son sobre todo hombres menores de 65 años y viudas en la tercera edad.

La diferencia entre ser mujer y vivir sola o ser varón y vivir solo cabe en el marco de la desigualdad de género que opera en la cultura social. Parecería que ellos tienen más margen para cumplir con el mandato de casarse, por lo tanto, tienen más libertad. No se trata de demonizar el matrimonio ni de pensarlo extinguido, sino de aceptarlo como una posibilidad y no como una obligación.

Kate Bolick, autora de Solterona. La construcción de una vida propia, best seller 2015 de The New York Times, dijo al respecto: “El matrimonio se ha convertido en algo que se escoge, ya no lo hacemos por necesidad. No va a desaparecer, pero va a aumentar la cantidad de personas casadas porque lo desean, incluso casadas más de una vez en su vida. Los matrimonios para siempre son algo del pasado”. De hecho, hay toda una corriente de pensamiento que sostiene que el aumento de mujeres solteras no es un fracaso social, sino una muestra de la evolución de la independencia de la mujer, tanto social como económica.

Se sabe que el empoderamiento de las mujeres es un hecho a lo largo y a lo ancho del globo. Distintas generaciones se cruzan en la experiencia de vivir una femineidad libre de obligaciones sociales impuestas y en línea con los verdaderos deseos personales. Por supuesto, pueden coincidir.

La solidaridad de género se expresa en las coloridas marchas que protagonizan las mujeres del mundo para reclamar derechos, pero también en diversas situaciones cotidianas. “Ya no nos sentimos solas. Somos miles disfrutando de nuestras vidas y construyendo nuestro futuro a partir de nosotras mismas, no queremos que nos digan qué tenemos que hacer”, contó Cecilia (35), abogada, a punto de terminar su segundo posgrado. “Tardé en entender que yo no estaba equivocada al priorizar mi carrera en lugar de enfocarme en casarme cuanto antes”, agregó.

Las solteras vienen recuperando el derecho a estar solas. También para esto han tenido que sumergirse en la sensible tarea de identificar sus propios deseos por fuera de todo mandato social: una cosa es saber lo que se espera de una, y otra es saber lo que una desea en realidad. Cómo ser libres, cómo cumplirnos los sueños.