Viajó a Italia para interpretar a Soledad Rosas en la primera película de Agustina Macri, y volvió transformada. La hija menor del Flaco encuentra su presente en la actuación, en un caso real que sucedió hace 20 años. Una historia de amor, muerte y anarquía.

Aquel grito fue lo único que irrumpió en la tarde soleada, primaveral, perfecta, del estudio fotográfico de Alex Bascuas, en el límite incomprobable entre Chacarita y Villa Crespo. El sol de las 15 llegaba silencioso por los ventiluces de la casa e iluminaba todas las plantas, los budas gordos y coloridos y los lomos de los libros gruesos de krisnaísmo. “Chacalermo”, como le dicen sus comerciantes, despertó del trance. “¡Acá estoy!”, se escuchó de lejos a Vera Spinetta, anticipando su presencia con su voz, ganándole unos pocos metros al tiempo, como quien se excusa de una llegada tarde pero que en realidad, y a pesar de todos los pronósticos, no era tarde. Llegó a tiempo, en horario, con sus ropas negras holgadas, un bolso de mano tamaño mamá y una sonrisa picaresca, cómplice, que se preparaba para dar otra explicación que no hacía falta formular. Acababa de dejar en el jardín a Eloísa, la hija que tuvo a los 23 años con el actor Pedro Merlo, en su casa, sin anestesia, escuchando en loop Pelusón of Milk, el disco que hizo su padre cuando ella estaba en la panza de su madre.

Los rasgos “spinetteanos” son inconfundibles: las facciones de la cara tan marcadas; las extremidades largas, flacas, finitas; los gestos nerviosos al hablar, incontrolables, que como un director de orquesta viajan de arriba hacia abajo en cuestión de segundos, y la mirada profunda, que parece observar y no tanto ver. Tiene el pelo corto, a la altura de los hombros, aunque mucho más largo de lo que lo tenía en pleno rodaje de Soledad, la ópera prima de Agustina Macri, la hija del Presidente. Vera tuvo que raparse a cero para interpretar a María Soledad Rosas, la joven anarquista argentina que se suicidó a los 24 años (dos menos que los 26 de Vera ahora) en Italia y hoy, a dos décadas de su muerte, todavía es sinónimo de lucha y resistencia entre los okupas europeos. Vera ya conocía la historia de Soledad. Había llegado a ella gracias a una publicación de Facebook que derivó en un googleo voraz hasta perderse en un enamoramiento irreversible. La película fue su primer protagónico y quedó, según cuentan sus ojos, muy emocionada. Tanto es así que hasta se dio el lujo de ponerle la voz a “Portal”, la canción del final que compuso junto a su pareja actual, Juan Saieg (cantante de Usted Señálemelo); esa canción hermosa que registraron de un sopetón en La Diosa Salvaje: la primera vez que grabó en el estudio de su padre.

–¿Cómo fue la construcción del personaje de Soledad?

–La historia de Soledad, en realidad, llegó mucho tiempo antes que la propuesta de la película. Yo leí un artículo sobre ella en internet y me enamoré. Fue muy fuerte su aparición en mi vida, busqué todo lo que había sobre ella. Casi que me obsesioné. Y, después, apareció lo de la peli. Me llamó Tommy Pashkus y me comentó acerca del casting. Y no tenía duda de que iba a ser yo, no sé bien por qué. Lo preparé muy intenso; me encerré en mi casa una semana, sin bañarme, sin cambiarme. Había escenas muy heavys ya en el casting.

–Imagino mucha presión, además, por ser tu primer protagónico en un largometraje.

–Inseguridades, más que nada, por ser algo nuevo. Es como ser madre, ¿cuándo te das cuenta de que estás preparada? Nunca. Pero yo creo que si las cosas pasan es porque en realidad ya estás preparada. Y no lo digo ni por una formación académica en particular, ni por edad, ni por experiencias de la vida. Si te llega esa oportunidad es porque algo de toda esa potencia es posible que se desarrolle fluidamente. Si no pasó antes era porque no estaba preparada. Y en esos momentos es cuando no hay que “apichonarse”; al contrario, vivirlos con mucha plenitud, ponerse fuerte. Conectar y abrir esa puerta a lo desconocido y a la incertidumbre para que se apoderen de uno y hablen. En un punto somos energía con canales y cosas y movidas.

–¿Ya sabías hablar italiano?

–No, fue todo nuevo para mí. Arranqué con clases acá y después lo fui perfeccionando en Italia. Fue un proceso increíble en el que me levantaba a las ocho de la mañana y no paraba hasta el final del día. Iba y venía de los ensayos al departamento que me habían alquilado en Turín, un piso enorme de paredes blancas y espejos por todos lados. “El psiquiátrico”, lo llamé; era muy fuerte verme en todos esos espejos rapada y en pijama. Además, laburar las escenas en otro idioma fue muy exigente. Siempre sentís que te falta algo, sobre todo para improvisar y estar suelta; hacerlo de forma natural. El tiempo en Italia lo aproveché también para seguir aprendiendo sobre Sole, leyendo sus diarios, las cartas que mandaba desde la prisión. Profundicé todavía más con el libro de Martín Caparros, Amor y anarquía, y con Le Scarpe dei Suicidi, la versión que hicieron sus compañeros anarquistas.

“Leí un artículo sobre Soledad en internet y me enamoré. Fue muy fuerte su aparición en mi vida, busqué todo lo que había sobre ella. Casi que me obsesioné”

–¿Había puntos en común entre Vera y Soledad?

–Nunca lo pensé de esa manera sino que entré en una frecuencia en la que yo ya no era Vera. Toda la información que recolecté de su vida, su manera de pensar, su forma de vivir, entró en mí y permití que se expandiera, que fluyera, que se expresara libremente. No hubo límites, estaba medio en un trance.

–¿Te costó salir del personaje?

–Sí, muchísimo, porque en cierto modo era como abandonarla, desprenderme de ella. Soledad significaba una fuerza y una libertad absoluta; la libertad fuerte. Eso me conmovió desde el principio y fue lo que me costó soltar. Volver a mí era otra historia.

–¿Y cambió algo?

–¡Re! Cambió todo pero no sé qué. No sabría en qué parámetro ni en qué nivel, pero mi vida se transformó. Seguramente, en la manera de aceptarme, de intentar ser lo más sensible y sencilla posible. También la vinculación con los demás, desde qué lado relacionarme. Despojarme de los preconceptos de cómo me ve una persona o cómo piensa que soy. Yo no elegí el destino de mi nacimiento, nací, y sin hacer nada, la gente ya sabía quién era. Si se acercan a mí por el apellido, no me cabe. Ahí es cuando me retraigo, no quiero hablar ni decir nada. Pero sí entendí, y más con la vida de Soledad, que cada uno es el verdadero dueño de sus días.

–Agustina tampoco tuvo esa elección.

–Agustina me enseñó la valentía, eso de hacer lo que sea sin pensar en las consecuencias. Construyó su propio camino; yo simplemente la seguí.

–La película trata varios temas, como la represión policial, por ejemplo, que son cuestionamientos que se le hacen puntualmente al gobierno de su padre. ¿Les preocupa lo que se pueda generar?

–Sí, obvio, es un contexto difícil. Pero me parece que ella es muy valiente y va a saber afrontarlo. Es momento de dejar las peleas atrás y revalorizar el amor. Esperamos que la gente pueda conectar con la historia y que vea un cuadro. Es una cagada si prejuzgan o la miran con un ojo puesto en la política. Lo entiendo, obvio, pero sería muy lindo que todo pase por Soledad, por Vera, por Agustina y no tanto por Spinetta o Mauricio Macri. Fue una película hecha desde el amor, con amor, para el amor, básicamente.

“Entre en una frecuencia en la que yo ya no era Vera. Toda la información que recolecté de su vida entró en mí y permití que se expresara libremente. No hubo límites, estaba medio en un trance”

–Además de que en julio se cumplieron veinte años de la muerte de Soledad, el terreno hoy resulta ideal para la película porque pone en primera plana otro ejemplo de grandeza y valentía protagonizado por una mujer.

–Sí, y lo re celebro. Yo, igualmente, interpreto que Soledad no veía a la mujer separada del hombre ni al revés. Buscaba algo mucho más equilibrado, algo de “no género”. Cuando se rapa, idealmente, ella es eso: puedo ser una mujer como puedo ser un hombre, da igual. Y está buenísimo traer este tipo de debates. Nosotras, y me refiero a “nosotras”, estamos en un momento increíble. Nos estamos desprendiendo de un montón de cosas que no nos pertenecen, que no nos sirven y que nos oprimen y hacen daño. Y estaría bueno que todos se den cuenta, ¡por Dios! Bueno, no, justamente por él no; por las millones de mujeres que son víctimas de violencia y las miles que perdieron la vida por un aborto clandestino.

–¿Pensás en el futuro?

–No pienso en esas cosas, no me gusta planear. No sirvo para eso, debe de ser un defecto que tengo. Que venga lo que tenga que venir, yo vivo disfrutando. Pienso en seguir transitando una vida feliz que se acomode a mi maternidad. Laburar, claro, lo que venga. Estoy armando también un disco con mi música pero cero presión. Mi hija, mi música, mis amigos, mi novio. Mi vida, la única que tengo.