Corrió, nadó y pedaleó las 16 regiones de Chile, el país más largo del mundo. Corrió, nadó y pedaleó 16 triatlones en sólo 16 días. Corrió, nadó y pedaleó en los 16 escenarios más hostiles de Sudamérica. Corrió, nadó y pedaleó para quedar en la historia grande del deporte.


En los peores momentos, Valentina Carvallo se decía que no podía, que era inhumano, que estaba dañando su cuerpo. En los mejores, la mente en blanco –ese estado alfa que persiguen todos los corredores– traccionaba el plan delirante: completar 16 triatlones en 16 días por las 16 regiones de Chile, el país más largo del mundo. Detrás de la travesía por desiertos, montañas y lagos había una obsesión por la vida sana –esa paradoja que persigue a todos los corredores–, un trasfondo marketinero y una historia de dolor y placer, que a veces son lo mismo.

Durante su infancia en Rancagua, Valentina nadó, pedaleó, jugó al basket, al vóley y al hockey. Cuando se mudó a Santiago para estudiar Educación Física, siguió llenando todos los casilleros deportivos. A los 23 arrancó con el trekking y el mountain bike, aunque no había caso con el running. Ya en el kilómetro dos le preguntaba a Cata, su hermana y ladera, dónde estaba el auto para volverse. Pero había algo más fuerte que el desánimo: las endorfinas de cruzar la meta. Valentina ganó el primer triatlón que corrió. Cuando le contaron que había competencias mundiales y se llamaban “Ironman”, los ojos le brillaron con más intensidad.

A los 24 años decidió dedicarse al deporte de elite. Mientras buscaba la clasificación a los Panamericanos de 2011, se casó con su novio José. Los dos terminaron compitiendo en Guadalajara. En 2012 ganó el Ironman brasileño de Penha, y al año siguiente optó por encarar la fase decisiva de su profesionalización en Boulder, Colorado (EE.UU.). “Podía salir a pedalear desde casa y había muchas piscinas. Logré aumentar mis horas de descanso y recuperación”, explica hoy, a los 33.

Hiperactiva y fibrosa, fue conquistando nuevas cumbres. En 2013 se convirtió en la primera chilena en ganar el Ironman de Pucón, el más importante del país. Un triunfo en la Copa Mundial de Huatulco 2015 (México) terminó de cimentar su confianza. Cuando había cubierto 12 de las 14 carreras del ciclo clasificatorio a Río 2016, una fascitis plantar la dejó afuera. Fue el momento más difícil de su vida. De vuelta a los entrenamientos, quedó embarazada. Corrió en Pucón con siete meses de gestación. Necesitaba mantenerse en marcha.

Cuando confirmó que su estrella estaba otra vez en carrera, el sponsor Red Bull le propuso que buscara un desafío de alto impacto. Valentina encontró un documental sobre los siete triatlones del catalán Josef Ajram por las siete islas Canarias. Después de un par de conversaciones, las partes subieron la apuesta: 16 pruebas en la distancia olímpica (1.500 metros de natación, 40 de bici y 10 de trote). El plan se cerraba en su círculo íntimo: José, Lucas (el bebé de un año), Cata, su hermano Pancho (a cargo de la logística) y su cuñado Mati la acompañarían en varios tramos.

Arrancaron el 21 de enero en las playas de Arica. Las imágenes del documental 39 latitudes muestran a una mujer friolenta perdida en la inmensidad del océano, enfrentando olas como tsunamis. En Iquique (más al norte que La Quiaca), el agua ya se sentía helada. Para Valentina, dejar de sentir las piernas y las manos se volvió una experiencia habitual. La frialdad externa contrastaba con la ebullición interna. Aunque empezaba el día relajada, la cabeza le hacía un clic justo antes de cada salida: “Dejaba de pensar que era entrenamiento y me lanzaba como si fuera una carrera. Los tiempos que hacía un día los quería mejorar al siguiente”.

La autoexigencia tuvo un freno en Colbún: el octavo triatlón en el octavo día. “Desde el minuto uno quería que se acabara. Me cayeron lágrimas, me sentí destruida”, se sincera en el documental. Creyó que se iba a morir. “Pensé ‘me queda la mitad y mi cuerpo ya está empezando a sentir y a asimilar todas estas cargas. Realmente no sé si voy a poder terminarlo’”, recuerda ahora. Después del suplicio, calibró la alimentación –con el mandamiento ineludible de proteínas y carbohidratos– y el descanso. Mientras jugaba con Lucas en el motorhome, se calzaba unas enormes botas de presoterapia conectadas a una computadora que la ayudaban con el drenaje y la circulación.

Entre el drama de la alta competencia y la autoayuda de manual, Valentina dice que siempre encontró fuerzas en la cabeza. Cuando le piden que profundice, explica: “Para mí, todo es mental. El trabajo fundamental de estos 16 días fue psicológico. Me levantaba y me automotivaba (‘sí, voy a poder’, ‘sí, no tengo frío’, ‘sí, voy a terminar’) para lograr el objetivo final”. Cuando le piden otras claves, precisa: “Disciplina, perseverancia en los entrenamientos y tener cabeza de guerrero, ser luchador y decir ‘no me rindo hasta el final’”.

A veces sentía que eso tampoco alcanzaba. En el sur todo se volvió aún más áspero. El agua era más fría, el viento más helado, las mañanas más hostiles. “Lo que más sufrí, lejos lejos lejos, fue el frío de Punta Arenas”, dice sobre el último triatlón, el 5 de febrero. Después de echarle un vistazo al monumento a los tripulantes de la goleta Ancud –una estatua de los 23 marineros que tomaron posesión del Estrecho de Magallanes, en 1843–, se calzó un traje de siete milímetros sobre el habitual de tres. Pero olvidó los guantes. Con el agua a ocho grados, le costaba respirar. Avanzaba con los ojos cerrados, diciéndose que iba bien. Iba mal. “Casi me llegué a congelar”, resume.

Valentina sobrevivió, pedaleó y trotó por última vez. La llegada fue en el Fuerte Bulnes, sobre un morro rocoso a orillas del estrecho. Cruzó el arco inflable sosteniendo una bandera de Chile, impulsada por el aliento familiar. Había cubierto 1.464 kilómetros: un tercio del país. Con las piernas y los brazos, aunque sobre todo con la cabeza. Después de cinco días de descanso, retomó el sueño primordial. Tokio 2020 asoma tentador al otro lado del mundo. “Me encantaría conseguir la clasificación”, reconoce. “Pero no me interesa ir por hacer un check en mi vida. Quiero ser competitiva, ir a pelear algo.” Esa batalla ya está ganada.