Desde que el mundo es mundo, una parte de lo que se cuenta se guarda y se promete callar. Aunque, claro, no siempre pasa y la cuestión se revela en los momentos más inoportunos. Hollywood, la Cosa Nostra, la realeza y la Iglesia, todos tienen algo que ocultar.


La palabra “secreto” es en sí misma una atracción irresistible. Del latín secretum, es aquella cosa que cuidadosamente se tiene reservada y oculta. Para algún “otro” que, sabedor de la existencia de un secreto desconoce en qué consiste la cosa “guardada”, la necesidad de saber qué es, de qué se trata, cuál es su sustancia y por qué se oculta es sumamente poderosa. “Aquí hay gato encerrado”, suele decirse cuando algo (cuya existencia se presume) se mantiene en la más absoluta reserva. Por eso, el secreto está ligado indisolublemente a otro concepto, muy común en los claustros, en los monasterios, en los ámbitos propicios a la reflexión y a la meditación: el silencio.

Para guardar un secreto y mantenerse en silencio existen pactos de mayor o menor gravitación. Desde las ingenuas promesas entre niños o adolescentes –“jurame que no le vas a contar a nadie y te digo un secreto”– hasta los siniestros y trágicos pactos mafiosos que nos cuenta la historia del mundo. Por ejemplo, la tremenda carga sanguinolenta que encierra el termino omertà, sello inconfundible de la mafia siciliana, que prohíbe informar sobre las actividades delictivas y comprende, entre otras cosas, reciprocidad de protecciones, consideradas asuntos que incumben a las personas implicadas. Esta práctica es muy difundida en casos de delitos graves o en donde un testigo o una de las personas incriminadas prefiere permanecer en silencio por miedo de represalias o por proteger a otros culpables. En la cultura de la mafia, romper el juramento de omertà es punible hasta con la muerte. De origen incierto, se encuentran registros de su uso ya a partir del año 1800. Algunas teorías la relacionan con la palabra latina humilitas (“humildad”), que se adoptará después a los dialectos de Italia meridional y se modificará hasta convertirse en umirtà. De la forma dialectal se puede entonces llegar a la forma italiana actual.

El primero en romper la omertà en Italia fue Tommaso Buscetta, y en Nueva York, Joe Valachi, perteneciente a la familia Genovese, quien habló ante el subcomité del Senado sobre los secretos de la Cosa Nostra en 1962. En octubre de 1983, Buscetta fue arrestado en Brasil y extraditado a Italia por petición del juez Giovanni Falcone. Este había comenzado un proceso legal intenso para acabar con la mafia, y Buscetta fue el primero que abrió el mundo del hampa siciliana. Tras un intento fallido de suicidio, Buscetta colaboró con el juez y le explicó la organización, el funcionamiento, las actuaciones y el modus operandi que utilizaba la mafia. Fue la declaración de Buscetta la que reveló al mundo la existencia de una organización criminal fuertemente jerarquizada y organizada llamada Cosa Nostra.

La película El padrino, de Francis Ford Coppola, nos sigue deleitando con la descripción más verosímil que la ficción nos legó sobre los mecanismos, tramas y alianzas (incluida la mantenida con el Vaticano) de la saga de la familia siciliana de los Corleone. En el devenir de la historia de esta familia mafiosa con amores filiales y diversas pasiones afectivas y de las otras, siempre prima la defensa de los códigos de silencio por encima de la ley de las instituciones. El matrimonio Michael Corleone, el heredero del primer padrino, Vito (Marlon Brando), se ve frustrado por las atrocidades de la mafia en sucesivas oportunidades hasta desembocar en el peor de los sufrimientos, la muerte de su hija amada. El padrino sucesor de Brando, en la piel de Al Pacino, protagoniza pactos más aggiornados que los de la primera mitad del siglo XX: se reúne con dirigentes de alto rango político, funcionarios, jueces, empresarios de las industrias más poderosas y, por supuesto, con el poder religioso más fuerte del catolicismo, en una escena antológica de confesión en los jardines del Vaticano. Y, sin embargo, nada cambia: los delitos y los crímenes se suceden. Triunfa la consigna “Aquí no ha pasado nada”.

Precisamente, en la vasta geografía del Vaticano, la hipocresía y la mentira han seguido triunfando hasta hace pocos días. Desde 1963 se ocultaron pruebas irrefutables de abuso sexual en Pensilvania, Estados Unidos, cometidos por sacerdotes que fueron eximidos –o disimulados– de culpa por orden de lo más alto de la Iglesia. Hubieron de pasar muchas décadas y agonías de niños, niñas y adolescentes para que en agosto de 2018, casi sesenta años después, el secreto mejor guardado se admitiera públicamente como verdad. Y lo paradojal, que no podemos soslayar aquí, es que todo esto ocurre mientras la Iglesia se opone a la ley de legalización del aborto en la Argentina.

El universo del secreto es ancho y no tan ajeno. Asia Argento, voz inconfundible de las acusaciones contra Harvey Weinstein y líder del movimiento #MeToo, acaba de ser denunciada por el abuso de un chico de 17 años, a quien llevó a la cama hace unos años. Sus abogados pactaron con el letrado del joven Jimmy Bennett para que ocultara las fotos de ambos desnudos en la cama. Un secreto finalmente develado por el diario The New York Times.

Existen también abundantes secretos relacionados con la realeza. Hay uno que resulta bien inquietante, porque la dueña del secreto, Wallis Simpson, se lo llevó a la tumba. Algunos biógrafos de la pareja formada a fines de la década del 30 por Eduardo VIII de Inglaterra y la dama estadounidense aseguran que el amor que los unía no fue tan perfecto y ponen en duda lo que el duque de Windsor afirmaba, esto es: que renunciaba al trono de su país porque había encontrado a “la mujer ideal”, a la que amaba con locura y era correspondido de igual manera. Los investigadores aseguran que, a comienzos de los años 50, la duquesa se enamoró locamente de Jimmy Donahue, el joven millonario bisexual, uno de los herederos de los Woolworth. Jimmy le regaló a Wallis un moderno automóvil e infinidad de joyas durante su relación de amor-amistad, de 1950 a 1954, en que acompañaba a los duques de Windsor a todas partes.

Según el biógrafo Hugo Vickers, las costumbres sexuales de los Windsor también eran extrañas, pues su amor físico se manifestaban sólo con “manipulaciones manuales”. Esa era la forma de seducción de la duquesa, que –se rumoreaba– había aprendido raros métodos cuando vivió con su primer marido, Win Spencer, en China, donde la pareja visitaba casas de citas. Wallis, poco femenina, sin curvas ni pechos y un físico tan elegante como poco sensual, de joven era considerada una tomboy o –como se decía antiguamente– marimacho. Su biógrafo Michael Bloch dice que, posiblemente, padecía de un síndrome androgénico y que quizás esa fuera la causa por la que la duquesa nunca quedó embarazada. Por otra parte, su amigo Herman Rogers afirmó que Wallis le había confesado que con sus maridos “nunca había tenido relaciones sexuales tradicionales”.

Todo esto conforma un enigma, un secreto que plantea varios interrogantes. ¿Era Wallis Simpson un hombre que se travestía de mujer? ¿Había nacido quizás con genitalidad no definida, lo que se denominaba hermafroditismo? ¿Su cuerpo carecía de vagina, por lo cual sus relaciones sexuales no podían consumarse del modo habitual? Nunca lo sabremos. Eduardo la amaba tanto que, arrodillado en el piso –casi como un esclavo–, le pintaba las uñas de los pies, dicen.

Si este secreto se hubiese sabido en la primera mitad del siglo XX, el escándalo hubiese sido tremendo. Hoy, mirando hacia atrás –si lo que se dice fuese cierto–, Wallis Simpson aparece como una pionera absoluta del universo trans. Una imagen anticipatoria de los/as muchachos/as que eligen ser mujeres o varones más allá de su condición biológica. Cuando falta poco para cumplir la segunda década del siglo XXI, los secretos ya no parecen tan “inocentes”. Son otros: audaces, oscuros. Casi surrealistas. Secretos tan verdaderos que parecen de mentira.