Sacudió el mundo de Twitter con sus “Narda Tips”, tuvo activa participación en la campaña por la aprobación de la ley del aborto y deslumbra a fanáticos y nuevos comensales con su restaurante del Bajo Belgrano. La chef más mediática e influyente del país, en su mejor momento.


“Lo que crece junto queda bien, combina entre sí. En estación. Por ejemplo, hongos y zapallos. Espárragos y alcauciles. Duraznos y tomates.” Con estos datos, Narda Lepes arrancó el 18 de julio último una serie de cien tuits que los usuarios y el periodismo dieron en llamar “Narda Tips” y que no dejaron indiferente a nadie. “Fue re gracioso. Son cosas que están buenas, son útiles y te sirven. Primero iban a ser diez y después me colgué. Pero si me seguís sabrás que siempre pongo tips de cocina”, dice la chef mientras el sol de las seis de la tarde se mete por los enormes ventanales de Narda Comedor, el restaurante que abrió hace poco menos de un año en el Bajo Belgrano. Asegura que la gente no se dividió, como afirmaban en tiempo real algunos detractores, sino que en todo caso hubo una mala percepción (“si buscabas las supuestas puteadas no las encontrabas”). Como fuese, Narda y su estilo directo dieron que hablar. Y si bien sacudió Twitter con ese centenar de consejos, cuando acabó la lista enseguida dio vuelta la página. Había una batalla más dura por delante: fogonear la aprobación por parte del Senado de la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Una pelea que la tuvo en el centro del ring y que la llevó de “ubicar” a Sol Pérez en la mesaza de Mirtha a discutir –otra vez Twitter– con argumentos sólidos a quien se le plantara.–Te metiste con todo. ¿Te decepcionó el resultado?

–No pudo ser esta vez, pero si creen que esto va a aflojar… Nadie se va a olvidar de los millones de mujeres que salieron a la calle. Y será así hasta que salga la ley. Yo en política no me meto, pero esto fue personal. Cuando yo era chica me tocó el sida, la segunda revolución femenina, imágenes que me quedaron. Ahora veo que estamos en el mismo puto lugar y yo ya tengo 46 años. Si mueren 350 mil mujeres por año y gente ignorante te dice: “Se ve que no tenés ni idea, si fuese ese el número no habría población”, pensás: “Qué cerebro de mosca tenés que tener para no darte cuenta de que los números son esos”. ¡Lo dice el ministro de Salud y lo dicen los legisladores que votan en contra! Y creeme que es el mejor escenario, porque no hay estadísticas de verdad. Nadie tiene argumentos que no empiecen con “yo creo”. Esto es el pasado y nosotros tenemos que avanzar.

“Nadie se va a olvidar de los millones de mujeres que salieron a la calle. Y será así hasta que salga la ley. Yo en política no me meto, pero esto fue personal.”

–En ambos casos, tan distintos entre sí, mostraste un buen manejo de las redes sociales.

–Es que soy early adopter de todo. Apenas aparecieron Facebook y Twitter, estuve ahí. Entiendo su funcionamiento. Las manejo por separado porque para mí tienen reglas de comunicación distintas. Facebook es más institucional, para cosas más largas. Instagram es para las fotos, sin nada de texto, o para stories. En Twitter terminé editando mi timeline como una revista de asuntos internacionales o nacionales. Y de política sólo sigo a gente que opina de forma divertida o inteligente. Sigo a muchos más en Instagram que en Twitter. El triple, te diría.

 

–Hablando de Instagram, en el tema gastronomía allí parecen convivir sin conflictos el mundo profesional con el amateur, ¿te parece bien?

–Sí, claro. Yo, por ejemplo, sigo a mucha gente de otro hemisferio, que está a contraestación. Y veo productos que me llaman la atención. He recorrido muchos mercados y te puedo asegurar que hay pocas frutas o vegetales que no haya probado. Bueno, Instagram me sirve para rastrearlos, y no paro hasta conseguir las semillas, plantarlos y tenerlos.

–En ese sentido también fuiste pionera en la valoración del producto de estación.

–Te resisto un archivo (se ríe). Hemos trabajado mucho en eso con la Asociación de Cocineros y Empresarios Ligados a la Gastronomía (Acelga) y lo seguimos haciendo, apoyando las distintas iniciativas allí donde la gente no lo ve. Por ahí el público no sabe que ese producto que está ahora en el supermercado o en la feria municipal llegó ahí porque laburamos para eso.

“En Instagram sigo a mucha gente de otro hemisferio, que está a contraestación. Y veo productos que me llaman la atención. Me sirve mucho para rastrearlos, y no paro hasta conseguirlos.”

–¿La apertura de Comedor fue una instancia más de ese trabajo?

–Todo el mundo me decía: “Estás loca, ¿qué hacés?”. Primero quería poner el trabajo donde estaban mis dichos. Por otro lado, tenía que ser un lugar grande y no superexclusivo. Pero usamos productos que a veces cuestan mucho y proteínas que vienen de un animal que sabemos dónde vivió, qué comió, quién lo mató y cómo llegó aquí. Yo de acá te como todo, y lo que no como no lo ponemos. También cada plato tiene que tener 50 por ciento de vegetales de algún tipo o introducir algo nuevo dentro de tu universo. Nuestro kimchi, por ejemplo, es picante como debe ser, y hasta los coreanos vienen a comerlo. De todos modos yo sé que al ser conocida tengo un comodín para tomarme ciertas libertades.

–En ese sentido, ahora volvés a la tele pero en otra función, tras bambalinas. ¿No vas a extrañar estar delante de la cámara?

–Es que no puedo hacer un programa diario porque tengo otras obligaciones. Así que estaré en El gran premio de la cocina (N. de la R.: A partir del lunes 10 de septiembre, todas las tardes por El Trece) pero como productora gastronómica. Es una especie de reality donde también me encargo de diseñar las pruebas que tienen que sortear los concursantes. El tema es que mí me gusta cocinar: en MasterChef muchas veces me hubiese metido a darles una mano a los participantes (risas).

–¿Qué te parece que cambió desde que empezaste en El Gourmet hasta ahora?

–En El Gourmet querían que habláramos lo más neutro posible. Y yo dije “De ninguna manera, hablo en plural”. Por eso el tono siempre fue informal y cercano. Pero en realidad lo que yo quería era cambiar la manera de comer del espectador. Íbamos a algunos lugares y en el canal nos querían matar: barrios pobres, etcétera. Hacíamos lo que queríamos. Fue un éxito, pero a veces es agotador convencer al otro de algo, incluso haciéndole creer que se le ocurrió a él. Y si encima sos mujer y estás en zapatillas y jeans…