No viene de familia de tradición zapatera; sus padres siempre vivieron del campo en la provincia de Santa Fe. Pero él se pasea por Palermo con sus zapatos ingleses de cuero con puntera como si fuera un pez en el agua. Gonzalo Terán sabía que quería ser diseñador y encontró en el calzado esa especialidad que lo define, sin querer, a él mismo. “Me parecía superinteresante porque está cerca de todo lo que es el sistema de la moda pero también está afuera. Y es autoportante, no necesita el cuerpo para que se vea. Vos un zapato lo ves solo y lo entendés perfectamente. En cambio, si ves una camisa, la tenés que ver en un cuerpo para saber cómo funciona realmente. La camisa no funciona por sí misma sino si está arriba, afuera del pantalón, si está arremangada, si la usás oversize o al cuerpo. En cambio, el zapato es autoconcluyente.”

–Sin intentar hacer psicología barata, parecería que te llamó la atención la independencia que tiene el zapato, esa cosa de autosuficiencia. ¿Lo habías pensado así?

–No lo había psicoanalizado, pero sí, tenés razón.

–¿Recordás cuál fue el primer diseño que hiciste para tu marca?

–Sí, el puntapié inicial… ¡No sabés la cantidad de metáforas que da el tema del zapato! (risas). El primero que hice fue un zapato en camel que tiene la puntera manchada. En ese momento fuez un boom y ahora se ve en un montón de lados. Funcionó muy bien y con varios diseños lo seguimos manteniendo.

–¿Seguís estando orgulloso de ese diseño? ¿No mirás para atrás y pensás “cómo hice eso”?

–Bueno, un poco de eso hay también. Si uno no mira y dice “lo pude haber hecho mejor” es que no mejoró como diseñador. Y la idea es ir mejorando en el trabajo. El diseñador tiene que tener un ojo crítico constante. Ese es un problema para el día a día. Porque, aparte, el diseño es corregir todo el tiempo lo que uno está haciendo. Es lo mismo que editar un texto: vos en algún momento tenés que decir “basta, hasta acá llegamos”. No es un tema del zapato, es un tema del diseño; cualquier diseñador te va a decir lo mismo. En un momento decís “hasta acá llegamos”. Pero siempre se puede mejorar.

–¿Se puede definir a una persona por el zapato que usa o es pura maldad intentarlo?

–Todo lo que uno hace comunica algo. Todo lo que uno dice, cómo lo dice, todo comunica. La indumentaria también comunica. La elección del zapato habla mucho de una persona, de la misma forma que hablan otras cosas. Por ahí el zapato, como es un producto más importante, es una elección más a conciencia de esa persona. Los pies, el andar, el estar parado tienen toda una carga simbólica, práctica, de confort, que lleva otro peso. Históricamente, el zapato en el hombre tiene un lugar predominante. Así como el hombre iba a una barbería a afeitarse, iba cada mañana a lustrarse los zapatos, por ejemplo. El zapato tiene una importancia, es la base, habla de fundación, habla de caminar, de avanzar, de muchas cosas que, quieras o no, están en el subconsciente colectivo.

–¿No le estarás poniendo demasiada carga?

–Sí, la estoy poniendo, pero de todas formas me parece que es una construcción colectiva. Es lo que me parece interesante del diseño de indumentaria en general, la comunicación.

–¿Qué calzado no le puede faltar a un hombre?

–Uno negro de fiesta. Porque siempre vas a tener un casamiento, un evento, una invitación a una linda comida, una reunión con un cliente importante, una entrevista. Y también es importante que sea de calidad. Un zapato de calidad te va a durar mucho más.

–¿Y hay alguno que es mejor desecharlo que usarlo?

–Zuecos de goma. El que los inventó es un genio, ojo. Como diseño es brillante. Sé que los usa mucho la gente que está mucho tiempo parada. Igual me parece que la idea del zapato es que la persona que los use se sienta cómoda. No sólo a nivel confort sino con el calzado que lleva. Una mujer va a usar un par de zapatos que le quedan incómodos, por ejemplo, pero un hombre no. Es más, está el mito de que el zapato lindo tiene que ser incómodo. El hombre no va a usar un zapato incómodo. El calzado tiene que ser una proyección de la persona, quién es o qué quiere contar ese día, porque por ahí un día querés contar otra cosa. Es parte de la gracia de la indumentaria, poder contar diferentes historias de lo que es uno o de lo que uno quiere ser. Volviendo al tema de los zuecos, si es eso, perfecto. Sí abriría el placard y diría “¡no!” si veo los zapatos o zapatillas todos unos arriba de los otros, apilados. Se arruinan, se llenan de polvo entre sí, el cuero se reseca, se deforma. Eso es lo que me duele.

 

–Imagino que en tu guardarropa habrá muchos zapatos. ¿O en casa de herrero, cuchillo de palo?

–En casa de herrero, cuchillo de palo es una gran verdad. Sumando zapatillas y demás, tendré 15 pares. ¿Pero sabés qué pasa? Cuando tenés esto acá (señala su local)… Lo tengo muy a mano. Lo que sí me gusta es cuando tengo un evento puntual y tengo que pensar todo el outfit y qué par de zapatos me voy a agarrar.

–Hubiera creído que armabas el outfit desde los pies.

–Tengo un doble juego. Por un lado, tengo zapatos que me encantan y digo “quiero usar este zapato”. Por el otro, me pasa que justamente la variable que yo tengo más abierta es el calzado, entonces sé que algo genial voy a encontrar; no importa qué ropa me ponga, sé que voy a tener un zapato perfecto para eso.