Buenos Aires se prepara para recibir a más de cuatro mil deportistas de entre 15 y 18 años en el marco de una nueva edición del certamen junior más importante del mundo.

Menem nos prometió, alguna vez, que el Riachuelo iba a ser un lugar para pasear en barquitos y tomar mate, y alguna otra, que íbamos a volar a Japón en una hora y media, como quien va a una quinta por el día. De las predicciones más optimistas del ex presidente, acaso la menos recordada sea la que en su momento sonó más creíble: “Hay un 95% de posibilidades”, dijo en 1997 sobre que Buenos Aires fuera elegida sede de los Juegos Olímpicos de 2004. Entre su pronóstico y hoy, además de la votación en la que nuestra ciudad salió última y de que el país voló por los aires unos años después, el primer plano del deporte mundial se movió cerca pero lejos de nosotros, incluyendo un Mundial y unos Juegos Olímpicos en las playas brasileñas. Fuimos nosotros los que no supimos qué se siente, pero en el medio se inventó la versión juvenil de los Juegos, para atletas de entre 15 y 18 años, y Macri jugó una de las últimas fichas de su gestión municipal en 2013, ganándole a Medellín y a Glasgow la edición de este año.

El evento tendrá su ceremonia de apertura el 6 de octubre en el Obelisco, y desde entonces se consumirá en sólo doce días, suficientes para que cuatro mil adolescentes de 206 países compitan en 34 disciplinas por 1.250 medallas. Los números son descomunales y relativos, claro: los últimos Juegos de mayores en Río tuvieron la misma cantidad de banderas y el triple de deportistas, pero los de la Juventud están recién en su tercera edición de verano, después de sus dos primeros experimentos exitosos en el borde derecho del planisferio, con Singapur en 2010 y la ciudad china de Nankín en 2014. La idea germinó en el Comité Olímpico Internacional para alentar los mejores atributos del deporte desde edades más tempranas y para hacer participar a los atletas en actividades más allá del deporte, incluyendo acciones educativas y culturales.

Una de las novedades de este año es que las inscripciones fueron partidas al medio entre varones y mujeres. Habrá 22 eventos mixtos en deportes tradicionales, como el tenis y el golf, y en algunos inesperados, como el debut olímpico del breaking: el baile callejero que surgió en el Bronx neoyorquino y fue satirizado en Zoolander llega al medallero en su formato de batallas, con equipos de un chico y una chica desafiando en cada ronda a un país rival y cinco jueces evaluando la creatividad y la técnica de sus movimientos.

La ceremonia de apertura será el 6 de octubre en el Obelisco, y desde entonces se consumirá en sólo doce días, suficientes para que cuatro mil adolescentes de 206 países compitan en 34 disciplinas por 1.250 medallas.

Hasta ahora, China y Rusia puntean el medallero histórico del certamen y son los únicos, muy lejos del resto, que subieron al podio más de cien veces. La Argentina, en el puesto 43 de esa tabla acumulada, contará esta vez con 141 atletas por ser el país organizador, más del doble de los que llevó a las ediciones anteriores, filtrados de un proceso que el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Enard) inició en 2014 con ocho mil jóvenes y que incluyó el desarrollo y la proyección olímpica de sus talentos antes de formarse el equipo definitivo. Entre las figuras más destacadas está Delfina Pignatiello, la nadadora de San Isidro que en diciembre descolocó la transmisión de los premios Olimpia ganando el de oro, veinte años después de que José Meolans consiguiera el último para el deporte acuático. Con 17 años, Pignatiello fue la ganadora más joven de la historia y tuvo la frescura de admitir que el reconocimiento la asustaba un poquito, pero lo cierto es que la estela de sus brazadas venía con dos pruebas ganadas en el Mundial Junior de Indianápolis y que sus registros se parecen más a los de las nadadoras mayores de élite que a los que va a enfrentar en Buenos Aires.

En vela, Teresa Romairone, otra sanisidrense, y el sampedrino Dante Cittadini también vienen de ganar su campeonato juvenil en los Estados Unidos el año pasado. Compiten en la clase Nacra 15, de dos tripulantes por catamarán, adaptada de la 17, en la que Santiago Lange y Cecilia Carranza ganaron la medalla de oro en Río de Janeiro 2016. Otro de los adolescentes olímpicos con aspiraciones de podio es el tenista Santiago Báez, que durante algunos meses de este año fue número uno del ranking mundial de juniors y hoy llega segundo.

Los cuatro mil competidores del evento se alojarán en la Villa Olímpica, esa gran Torre de Babel que es una marca registrada de los Juegos y que los deportistas destacan exaltados por la utopía arquitectónica de convivir con el mundo entero en un par de manzanas. En el caso de los jóvenes, requiere más recaudos, para que el espíritu de viaje de egresados no convierta todo, de hecho, en un viaje de egresados.

La construcción fue levantada en un predio de cincuenta hectáreas en Villa Soldati, al límite sur de la capital, y el Gobierno de la Ciudad, a cargo de la obra, dice haber aprendido de la experiencia brasileña, que en los últimos Juegos sufrió hasta el último día por los atrasos, las huelgas y el clima de ebullición social que le tapó hasta las cañerías con barro. Buenos Aires le presentó al Comité Olímpico Internacional los 31 edificios listos unos meses antes del tiempo estipulado y en el camino adjudicó el futuro de las 1.200 viviendas a familias del barrio y sus alrededores, en un sorteo de créditos blandos para el que se anotaron unos diez postulantes por departamento.

La urbanización, que pretende levantar una zona postergada de la ciudad, se hizo enfrente del parque Roca, reformado para la competencia, y del nuevo estadio de natación, componiendo uno de los cuatro parques deportivos en que sucederán las cosas, desperdigados en el plano con la idea de que la adrenalina atlética se integre en la vida cotidiana de la ciudad. El segundo parque es en Puerto Madero; el tercero, en los bosques de Palermo, y el último, en Tecnópolis, del otro lado de la General Paz, porque qué extranjero se va a avivar de que Buenos Aires no es lo mismo que Buenos Aires, sobre todo si se embandera el camino de anillos olímpicos.