El mes que viene se cumplen diez años de Spotify, una empresa sueca que cambió por completo la manera de escuchar canciones. A esta altura, entonces, las preguntas claves son tres: ¿Cuál es el secreto de su éxito? ¿Realmente gana plata? ¿Y cuánto les pagan a los artistas en este contexto?


El nacimiento fue en octubre de 2008, y lo cierto es que en ese momento nadie imaginó la revolución que se venía. Spotify era un servicio para escuchar música por streaming, con una variante gratuita y otra paga, que se podía usar en la computadora, la tablet o el celular. Hoy ofrece más de 35 millones de canciones y tiene unos 180 millones de usuarios, de los cuales casi la mitad paga una suscripción, que en la Argentina es inferior a los tres dólares mensuales.

Si bien nada fue fácil para Spotify, logró convertirse en una marca líder y un estándar en la industria musical, superando ampliamente a competidores como Apple Music, Deezer y la reciente propuesta de Google vía YouTube. Sin embargo, esa apuesta por consolidarse al frente de todos no fue sencilla, y al día de hoy la empresa sigue perdiendo plata, mientras paga millones de dólares a las discográficas, que a su vez les liquidan algunas moneditas a los artistas. De hecho, todos estos servicios de streaming son actualmente la mayor fuente de ingreso de las compañías de discos, y un sólido argumento para detener la piratería de canciones, ya que se pueden escuchar en forma gratuita y de manera sencilla, sin descargas.

Se calcula que el año pasado, las tres discográficas más grandes (Universal, Sony y Warner) recibieron 14 millones de dólares por día de servicios como Spotify y Apple Music. Pero los artistas reciben unos 0,0038 dólares por cada escucha, que en el caso de los clásicos videos de YouTube es seis veces menos. Taylor Swift, una de las cantantes más exitosas del planeta, recibió entre 300 y 400 mil dólares por su canción “Shake It Off”, que tuvo 46 millones de reproducciones. Se estima que un millón de escuchas genera 7.000 dólares. Imagínense el puñado de dólares que recibe un artista nuevo.

La trampa reside en el sistema de pago, que no es fijo, como en el caso de la venta de vinilos o compacts. Spotify paga regalías de acuerdo con una ecuación compleja que se basa en la cantidad de reproducciones de cada artista en proporción al total general de escuchas. Les paga a los dueños de los derechos musicales, que a su vez les pagan a los intérpretes, productores y compositores de acuerdo con lo que diga el contrato de cada uno. Las críticas no tardaron en llegar, y figuras como Swift y Thom Yorke, de Radiohead, han protestado públicamente porque la compensación económica que reciben los músicos es exigua y porque el servicio gratuito no les reporta beneficios. Otras figuras decidieron apoyar un sistema nuevo, Tidal, comprada en 2015 por Jay-Z y apoyada por Beyoncé, Madonna, Daft Punk, Rihanna, Arcade Fire, Jack White y Chris Martin, que celebraron su aparición, su mejor paga por cada escucha y su mejor calidad de sonido. Pero Tidal no logró sacudir al gigante Spotify. Ni le hizo cosquillas: tiene apenas tres millones de suscriptores y el año pasado le vendió un tercio de sus acciones a la telefónica Sprint para zafar de la bancarrota.

 

Los secretos del éxito

Desde este año, Spotify cotiza en la Bolsa de Nueva York. Posee todos los elogios de ser líder de una industria y es la figura mimada por los inversores, por más que sus números sigan en rojo. Así es la vida en la burbuja de internet.

Nada de lo que hace parece apresurado: se empezó a crear en 2006, se lanzó en Suecia en 2008, llegó a Inglaterra en 2009 y a los Estados Unidos en 2011. Hoy opera en 65 países del mundo, que se ubican en su mayoría en América, Europa y Oceanía. Casi no figura en África ni en Asia. Solamente en Nueva York tiene casi dos mil empleados; en el universo de los iPhone fue la aplicación más popular de 2017, y sus alianzas estratégicas más recientes fueron con Sony PlayStation, Microsoft, Hulu y el festival SXSW. Todo un tiburón.

Pero en realidad todo es una apuesta a largo plazo para tener la mayor porción de la torta el día que se generen grandes beneficios económicos. Hoy, con un crecimiento de 40 por ciento en un año, Spotify sigue perdiendo plata, razón por la cual es improbable que decida pagarles más a los artistas. Y la opción que circula dentro de la industria musical es muy arriesgada: que se saque de encima a las compañías, que se quedan en algunos casos con el 70 por ciento de la plata que se genera. En este nuevo modelo, firmaría los acuerdos de uso de derechos directamente con los artistas. De llevarse a cabo semejante locura, que hoy no es más que un rumor en los pasillos, sería parecido al caso de Netflix, que comenzó repartiendo DVD como si fuera un videoclub y terminó produciendo contenidos propios y ganado premios Emmy.

Así es el panorama, pues. Spotify supera ampliamente a sus competidores, paga un montón de plata para ofrecer música y muy poco de ese dinero llega a los artistas. Los usuarios están felices de escuchar cualquier canción gratis (o por muy poca plata); las discográficas sortearon su peligro de extinción, y los artistas quedaron relegados. Todo puede cambiar en el dinámico mundo de internet, pero por ahora es lo que hay, con ganadores y perdedores. Como la vida misma.