Calmar las actividades, sobreponerse a la tiranía del tiempo y encontrar un equilibrio entre el uso de la tecnología y los hábitos al aire libre. Empezó en los Estados Unidos en los 80 y hoy ya es parte del zeitgeist de los países nórdicos. Arte, TV, filosofía, comida: todo puede apreciarse a otro ritmo.


La idea de apreciar las cosas con mayor lentitud y profundidad en un momento sobresaturado y héctico no es necesariamente nueva, sin embargo, esta se ha enraizado cada vez con más fuerza en diversas facetas de la vida contemporánea, desde la comida, el trabajo y la arquitectura hasta la forma de viajar y de relacionarse. Así, el slow movement (como término paraguas que abarca varias de sus manifestaciones) avanza ganando adeptos en todos aquellos que buscan apreciar la vida de otra manera, sin estar tan pendientes del afuera. El ámbito creativo no está exento, con talleres que mezclan arte y mindfulness, iniciativas en museos, slow TV e, incluso, pensamiento o filosofía slow. Aquí, un breve recorrido por la historia del movimiento y las nuevas formas del slow.

 

Paren el mundo, me quiero bajar

Corría 1986 cuando abría un McDonald’s en uno de los puntos históricos más relevantes de Roma, Piazza di Spagna, causando sensación y conmoción por igual. La comida chatarra y globalizada invadía el corazón de Italia y su tradición culinaria. En ese momento, el periodista y teórico Carlo Petrini comenzaba lo que se daría en llamar el movimiento slow food, que proponía algunos de los valores que hoy más se exaltan en torno de una nueva conciencia alimentaria: consumir localmente, biodiversidad y la posibilidad de tomarse un tiempo para entender la cultura y costumbres en torno de la comida y disfrutarla. Ciertamente, Petrini supo captar el zeitgeist con anticipación, ya que luego siguieron movimientos como las slow cities o hasta la arquitectura slow (aquella que plantea un crecimiento urbano gradual, orgánico y con impronta verde y sostenible).

Hasta el paradigma del viaje parece haber quedado signado por el imperativo de eficiencia e inmediatez que se extiende transversalmente en muchas de las facetas de nuestras vidas. Por eso, también en los últimos años, comenzó a resonar más y más el concepto de slow tourism. ¿En qué consiste? De forma similar a lo que se propone desde otras áreas, en materia de viajes se busca un conocimiento más profundo de los sitios que se están visitando, el relacionamiento con la población local y su cultura (en vez de visitar sólo lugares turísticos convencionales), tomarse un break de las redes sociales e, incluso, dedicar parte del tiempo a no hacer nada. Si estás acostumbrado a ir recorriendo destino tras destino como un maratón o constantemente en busca de la foto perfecta para tu feed de Instagram, quizás encuentres liberadora esta modalidad de viaje.

Otros, como Kelly Rakowski, creadora de la cuenta @_personals_, que rescata el arte perdido de los anuncios personales y privilegia el texto por sobre la imagen, hablan de slow dating. La cuenta que se convirtió en furor en los EE.UU. y que ya está proyectándose como próxima app toma nota de la saturación actual con las redes sociales y los vínculos socio y sexo-afectivos superficiales que producen, y ofrece un método diferente de conocer gente.

“La gente ya está sintiendo el burnout del social media, mis amigos me preguntan si existe una no-plataforma para juntarse y conocer gente. Tal vez como la vida real”, cuenta Rakowski.

Y es que las virtudes de comer, viajar o relacionarse con otra apreciación del tiempo nos obligan a recalibrar el valor de las experiencias que elegimos tener y de qué manera.

 

La creatividad slow

Pero el ámbito creativo también está sintiendo las presiones (y tensiones) de ser innovador bajo demanda, y los productores de contenido y artistas están entendiendo de qué manera todos estos imperativos de época también afectan el consumo cultural. Por eso, desde 2010 se celebra el Slow Art Day, que se propone algo simple pero de impacto: una vez al año se convoca a actividades en museos donde se les propone a los asistentes pasar al menos diez minutos apreciando las obras de arte para luego juntarse a hablar de ellas y la experiencia. ¿El objetivo? Calmar el ritmo de nuestra experiencia visual del arte y replantear la forma en que nos acercamos a él. El creador, Phil Terry, tuvo la idea mientras visitaba el Jewish Museum de Nueva York, y al cabo de un año por lo menos 16 museos de la ciudad ya participaban del Slow Art Day (que este año se celebró el 14 de abril). Por su parte, la slow TV consiste en programas de larga duración, sin guión o edición, que muestran desde viajes en tren hasta filmaciones de procesos de la naturaleza o tareas mundanas y monótonas realizadas por horas. Se pueden ver en YouTube o en canales de TV, como en Noruega, donde esta programación es un boom.

La compulsión en el consumo cultural también afecta a los que producen o desarrollan la creatividad profesionalmente. Esto llevó, por ejemplo, a Virginia Escribano, alma mater de la escuela Aires de Bohemia, autora y decoinfluencer, a replantearse varias cosas y crear el taller Crear desde el Ser, que fusiona mindfulness y creatividad. “En el taller, el proceso creativo se convierte en una oportunidad para observarnos. Ejercitando la práctica de mindfulness atravesamos un proceso totalmente libre de intervención de un objeto, aprendiendo a crear sin juicio ni ansiedad. Hace un tiempo decidí parar un poco, bajar la velocidad. Como muchas otras veces me pasó, fueron mis alumnas el espejo en el que pude verme reflejada, en la ‘autoexigencia’ y en la ansiedad que se produce al sobreadaptarnos al ‘modo urgencia’ al que esta sociedad nos empuja”, cuenta Escribano, quien intenta desarmar la predisposición con la que muchos alumnos llegan a la escuela.

“El slow movement puede parecer conservador con su llamado a valorar las culturales locales o en la preservación de ritmos biológicos más lentos en contraposición con los rasgos digitales y mecánicos de las sociedades tecnocráticas, pero en verdad se trata de preservación más que de conservación”, explica el filósofo Vincenzo Di Nicola. Una diferencia sustancial si se entiende que no se trata de reemplazar o suprimir las tecnologías u otros rasgos de la modernidad, sino de aprender a mediar nuestra relación con ellas. Di Nicola es también uno de los impulsores del slow though, es decir, la contemplación intencional, libre y lúdica que surge sin mayor meta que sí misma de las caminatas, los encuentros cara a cara y la conversación. Al fin y al cabo, todos deberíamos tener un tiempo libre para pensar más lentamente.