Su primer trabajo actoral fue interpretando a Carlos Robledo Puch en El Ángel, la película nacional más importante del año, que entró con el pie derecho en Cannes. El futuro, para este joven que acaba de terminar el secundario, es una gran caja de sorpresas.


Pica una pelotita sobre la mesa ratona. Es una de esas pelotas de goma antiestrés y se la regaló el Chino Darín. Ahora la aprieta. Más fuerte. La vuelve a picar. Es pura ansiedad, pero dice que no está nervioso por enfrentar una entrevista. En el último Festival de Cannes, en mayo, ya hizo más de una decena para medios de todo el mundo. Eso fue un poco más de un año después de haber aprobado Matemáticas, su última materia en el secundario, y ser elegido para protagonizar la película que seguramente le cambie la vida para siempre.

Ocurrió en un mismo día de febrero. Lorenzo Ferro ya había hecho pruebas para la nueva película de Luis Ortega, El Ángel. Un poco por casualidad, tal vez mucho por destino, aún sin una formación previa en actuación, se perfilaba como el Carlos Robledo Puch perfecto. El parecido físico era impactante. Su personalidad, como la del asesino más famoso de la Argentina, hipnótica. Toto, como le dicen su padre, Rafael Ferro, y el resto de su familia, festejaba haber aprobado la materia pendiente de su último año de colegio. Como un inglés que aguarda la hora del té, esperaba la llegada de las cinco de la tarde para recibir el ansiado llamado del director y, claro, la confirmación. “Estaba esperando si me anotaba en la universidad o si hacía la película. Estaba ahí. Y el día que apruebo Matemáticas, Luis me dice que tenía la reunión con la productora y me definía si quedaba en el elenco. ‘A las cinco te llamo.’ Eran las cinco, y nada. Las seis, y nada. Las siete… A las ocho recibo el llamado de Luis y lo primero que me dice es: ‘Vamos para adelante’. No lo podía creer, había aprobado Matemáticas y aparte quedé en la película. Ese día terminé re borracho.” Se podría decir que ríe con su propia respuesta, pero sería generosa. Sonríe, apenas, como quien se reserva la risa para sí en un gesto de complicidad consigo mismo.

–¿Sos consciente de la situación que estás viviendo?

–No, no tanto, la verdad. A veces cuando me pongo a pensar me doy un poco cuenta, pero pasó muy rápido, entonces no termino de caer bien. Pero, ponele, cuando nos enteramos de que habíamos quedado en Cannes, el Chino me manda un mensaje diciendo: “Hijo de puta, ¡hice 12 películas y vos hacés la primera y entrás!”. Qué sé yo, yo ya sabía que iba a entrar, tenía esa sensación de que la peli tiene mucha potencia, tiene mucho huevo. Así que me doy cuenta de lo que pasa más por la gente que me rodea que por mí mismo.

–¿Cómo llegaste a la peli?

–Estaba en el último año de colegio y mi papá me manda un mensaje diciéndome que estaban buscando a un pibe para protagonizar la película de Luis Ortega sobre Robledo Puch. Estaba en el colegio, entonces me fui al laboratorio y me puse a buscar quién era Robledo Puch. Y cuando lo leí dije: “Guau, qué loco este pibe, mató a once personas mientras dormían”, obvio que me tentó. Yo no hacía teatro ni nada pero fui. Me acuerdo de que no me sabía muy bien la letra, entonces empecé a decir: “Este reloj me lo robé”, un poco jodiendo. Como que no me lo tomé en serio, no es que fui a quedar en la película. Y a Luis le gustó esa rebeldía. Me mandó el guión, que me lo leí en un día, y ahí empezó la lucha entre nosotros dos y los productores, que tenían miedo de poner a alguien que no hubiera hecho nada antes. Y terminé haciendo siete castings después.

–¿Cuál era tu plan de vida hasta ese momento?

–No, no tenía un plan de vida. Quería probar con Diseño Industrial, pero ahora que estoy acá no sé si hubiera estudiado eso.

–¿Lográs definir en qué momento del proceso dijiste “ojalá salga esto porque es lo que quiero hacer”?

–Cuando fui a la casa de Luis y lo vi a él tan particular, todo su mundo, y cuando me mandó el guión dije: “Esto va en serio”. Igual fue muy difícil toda la preparación una vez que quedé. Tuve un coach, Alejandro Catalán, y con Luis nos juntábamos siempre. Estuvimos cuatro meses así. Al mismo tiempo tenía que aprender a andar en auto para la película, a andar en moto, a tocar el piano. Aprendí un montón de cosas de la vida. Yo no sabía manejar, y aparte manejar esos autos de los 70 es un quilombo. Pero bueno, por suerte la película, además de darme todo esto, me dio el registro de auto y moto (nuevamente esa sonrisa).

–Con tu papá actor, ¿nunca habías tenido ninguna inquietud artística?

–No, así muy firme no. Me acuerdo de acompañar a mi papá a los rodajes y ver que se cagaban de risa, y en un punto pensaba “quiero esto”. Pensaba “cómo les pagan por esto”, porque se cagaban de risa en el camarín. Pero nunca pensé que quería ser actor.

–¿Cómo te plantás frente a lo que viene, frente al después?

–La verdad es que lo mejor de la película es que me di cuenta de que quiero trabajar de esto. Se prendía la cámara y era la idea de la libertad. Ahora hay que esperar a que se estrene la película, que lleguen propuestas. Mientras, voy a estudiar teatro, obviamente. Y me da un poco de ansiedad la idea del después, pero bueno, no me quiero quemar tanto la cabeza porque, si no, voy a llegar al estreno como si fuera un yonki.

–Ya estuviste en Cannes, lo peor ya pasó. Lo peor y lo mejor, tal vez.

–Sí, igual va a ser más duro el estreno acá que en Cannes, porque acá está toda la gente que conozco. En Cannes podía hacer lo que quería porque nadie me conocía. Acá están mi familia, mis amigos, la prensa; hay un poco más de presión.

–¿Cómo lo describirías a Robledo Puch en base a la construcción que hiciste del personaje?

–Es que yo no hice la construcción de Robledo Puch, hicimos la de Carlitos, así que no sé si lo puedo describir a él. Es como el Charles Manson de la Argentina. No sé cómo describirlo, la verdad.

–¿Y qué fue lo que te atrajo de Carlitos?

–Que no tiene dimensión de la realidad. Puede llegar acá, sentirse en su casa, llevarse la tele como si se estuviera llevando una taza de café. Es un niño, en un punto. No piensa. Y también es muy consciente de vivir el momento. Entonces entra a robar en una casa y para el tiempo; se pone a robar, empieza a soñar cuando roba y puede vivir el momento. Todo lo demás va y viene.

–Ahí es donde genera empatía el personaje. En un punto, resulta envidiable esa libertad que siente.

–Sí, es raro. Igual con Breaking Bad, con Narcos, también sentís un poco de empatía con los malos, pero porque está contado desde su punto de vista, entonces los acompañás todo el tiempo. Aparte son buenos actores. No yo, ellos.

–¿Tu papá te dio algún consejo en relación con la fama?

–Creo que no.

–¿Alguien te lo dio?

–No. Luis me dijo que me iba a cuidar, así que espero que me cuide (sonríe). Luis es como mi hermano, así que yo lo cuido a él y él me cuida a mí. Salimos todos ganando.

–¿Creés que tus amigos aprovecharán tu fama?

–No. Los que no son mis amigos seguro sí, pero ellos no.

 


Styling: Florencia Herrera

Agradecimientos: Ay Not Dead, Garçon García, Bowen, Terán.