De los barrios más deep del sur de los Estados Unidos a las marcas de lujo más prestigiosas de la moda universal, el nuevo ritmo se impuso a fuerza de likes y millones de views en plataformas digitales.


¿Cuál es la trampa del trap, que se coló en todos los intersticios de la cultura pop? Toma lenguaje de los barrios más deep (sexo explícito, drogas y desamor en lenguaje coloquial y sin censura, y a veces hasta misógino), se viste en una copia de Balenciaga y mezcla todos los géneros, desde el hip hop hasta el reggaetón. El sonido de sintetizadores y autotune (voces distorsionadas, bandera universal que incluso hizo que se rindieran los oídos más melómanos y prejuiciosos) entró por las ventanas a las casas de todos a fuerza de millones de views y escuchas en plataformas digitales y likes demenciales en Instagram que llevaron a algunos de los representantes del género hasta las pasarelas de París o a los anuncios de Calvin Klein. Tal es el caso de Yung Beef, cantante, rapper español y líder de PXXR GVNG, “el artista latino más hot del momento”, que remató con collab con Nicki Minaj, o Kaydy Cain, quien volvió a su viejo barrio en Madrid con los bolsillos llenos pero ya “sin ganas de buscar problemas en las plazas”.El trap no es algo nuevo pero es un género que desembarcó hace muy poco en Latinoamérica. Proviene del sur de los Estados Unidos, más precisamente de Atlanta, cuando los raperos en la década de los noventa empezaron a mezclar beats de hip hop con música electrónica. “Trap” es el término que usan los estadounidenses para referirse a los antros donde se venden drogas ilegales. En los dos mil era todo reggaetón, pero con raperos como Arcangel y Randy, el trap comenzó a cobrar forma en 2015 y se convirtió en una forma de producir. Y ahí es cuando los reggaetoneros de la vieja guardia, como Daddy Yankee y J. Balvin, o incluso
más urbanos, como Maluma, se sumaron a la ola.

En Latinoamérica, el mayor representante hoy es el portorriqueño Benito Antonio Martínez Ocasio, AKA Bad Bunny, quien en su país fue prohibido junto a Farruko debido a “su contenido vulgar”, tanto en sus letras como en sus videos, e incluso por “hacer una apología del narcotráfico”. Hoy, en la Argentina, Mala Junta, Cazzu (verdadera trap queen), el Duki (que empezó como freestyler en las batallas y se consagró en el Luna Park) e incluso padres de la movida, como Dante Spinetta, marcan el ritmo de los clics y las tendencias. Tanto es así que Sony Music le encargó al Illya Kuryaki la tarea de ser curador de un subsello que fichó a nuevos talentos, como Neo Pistea.

¿Y qué del impacto estético de la corriente del momento? El trap se apropió del look deportivo, que siempre fue un clásico en los suburbios, y lo remixó en un mood más estilizado. Remeras XL, gorras, trenzas cocidas para ellas, crop tops osadísimos, minifalda para twerkear, bling bling, argollas y zapatillas con plataformas. Se pueden vestir por igual en Vetements, pasando por Lacoste, Supreme y Moschino, en sus réplicas locales más económica  o en las vidrieras del rubro sport. El estilo aspiracional de una generación que usa al trap como estilo de vida también incluye tatuajes que no resistirían una temporada como “ugly tattoos” (trazos dudosos y mucho hand poked) y escraches en la cara que remiten a algo levemente criminal y que presumen el lujo de no tener que padecer trabajos corrientes, como cajero en un banco.