Viajamos a Ciudad de México para ser testigos de la décima edición de la competencia que premia al mejor coctelero del planeta. Crónica de un mundial para los amantes de las buenas barras.


¡La Argentina a la final! El grito glorioso eufórico, nos une a los únicos cuatro compatriotas presentes en un festejo desbocado y ruidoso. En el Comedor de los Milagros, el tan en boga galpón de sabores latinoamericanos que es furor en Ciudad de México, unos doscientos invitados de todo el mundo disfrutamos de sabrosas arepas, tiraditos, empanadas, chivitos y tequeños mientras se anuncian los finalistas del Bacardí Legacy Cocktail Competition, la competencia global de coctelería más prestigiosa del planeta. El nombre del joven Juan Ignacio Quijano, bartender de Presidente Bar y nuestra última gran promesa, es exclamado en voz alta por el conductor del evento mientras nosotros saltamos y gritamos como si Messi acabara de meter un gol. Juani está entre los ocho mejores del mundo, junto con representantes de Holanda, Australia, Japón, India, Grecia, México y Chipre, y los hinchas de estos países también celebran esta victoria como si fuera suya.

El clima de amistad y hermandad que se generó en los cinco días de competencia en la capital mexicana, donde la dinámica de los que participamos de este encuentro funciona como un divertidísimo reality show de mil nacionalidades con el lujoso hotel W como escenario, hace que el triunfo de uno sea la alegría de todos. Hasta que llegamos a la final, y aunque todos se hayan hecho amigos, cada uno de los ocho que sigue en carrera se focaliza en el único objetivo: pasar a la historia como el nuevo vencedor del mundial.

Al día siguiente de esta celebración que terminó en gran baile con el concursante japonés tirando unos divertidísimos pasos, los finalistas se encerraron a prepararse y concentrar con sus coaches mientras nosotros disfrutamos de un almuerzo mano a mano con Alex Kratena, el mejor bartender del mundo y eximio jurado del Bacardí Legacy Cocktail Competition. Ante la pregunta obligada, “¿Qué debe tener un participante para ganar?”, el maestro checo responde: “Juzgamos todo, es un asunto muy complejo. Lo más importante es hacer un trago genial sin cometer ningún tipo de error. Podés usar los mejores ingredientes del mundo, pero si eso no resulta en un trago realmente delicioso, nunca vas a ganar”. La respuesta es demasiado genérica como para pasarle un dato a nuestro guerrero, que continúa ensayando el modo perfecto de confeccionar y presentar en vivo su famoso trago Magno junto al genial (y guapísimo) Gustavo Vocke, Brand Ambassador de Grupo Cepas.

Esa noche todo es nerviosismo y euforia en la impactante locación en las afueras de Ciudad de México que Bacardí montó para llevar a cabo la gran final. Cada participante tiene su hinchada que grita y alienta como en un partido de fútbol, aunque durante los siete minutos de exhibición no vuela una mosca; cualquier error de oratoria, hielo rebelde que se cae al piso o pizca de más de alguno de los ingredientes podría traer resultados fatales para los consursantes.

Cuando llega el turno del japonés, ocurre algo realmente inesperado: el minucioso bartender oriental finaliza la confección de su trago, recibe el aplauso
correspondiente y toma la palabra para proponerle matrimonio a su novia, que lo acompaña atónita desde las gradas. Todos gritamos, celebramos y avivamos el amor, pero la competencia sigue. El argentino Quijano elabora en perfecto inglés su presentación, aunque los nervios le juegan una mala pasada, y la habilidad del experimentado holandés Erik van Beek, con su trago Cariño, se impone ante el resto de los concursantes. Ganó el representante de los Países Bajos, convirtiendo a su creación en el décimo cóctel en unirse al prestigioso portfolio “Bacardí Legacy Cocktails”.

Gracias a su destacada performance, Juan Ignacio Quijano logró, por primera vez, que nuestro país se ubique entre los mejores ocho del mundo, y eso es algo que nunca olvidaremos.