El productor radial y director de teatro Ezequiel Hara Duck fue partícipe de uno de los eventos más excéntricos del planeta. Siete días a merced del desierto de Black Rock en Nevada, donde conviven distintas comunidades con fabulosas obras de arte, rituales inimaginables y situaciones imposibles. Este año, la cita será del 26 de agosto al 3 de septiembre.


Un piano de cola negro en el medio del desierto. El polvo vuela y se me pega al cuerpo. Un pianista toca música clásica en un concierto íntimo para mí, su único espectador. Él siente en el pecho cada nota, y yo, pese al calor, siento escalofríos. Situaciones como estas me ocurrieron a cada rato en septiembre de 2017, durante Burning Man, el evento cultural más grande del mundo, que todos los años reúne a cerca de 70 mil personas en una ciudad temporal de los Estados Unidos, y luego de siete días se esfuma sin dejar rastros.

Black Rock City es una metrópolis efímera en medio del desierto que tiene todos los componentes de una gran ciudad: Intendencia, cuartel de bomberos, hospital, medios de comunicación, museos, restaurantes, cabarets, transporte público y hasta su propio aeropuerto. Durante una semana es la ciudad más grande de todo el Estado de Nevada.

Airpusher Collective art car drives by Múcano art piece by El Nino

Me preparé durante un año para ir a Burning Man. Vi cientos de videos, leí todo tipo de guías de supervivencia que explicaban qué llevar y cómo estar listo para todo lo que iba a vivir durante una semana. Me subí al Burner Express, un micro que me llevó desde Reno hacia Black Rock City. Al bajar, agarré mis valijas, y un barbudo vestido de pirata gritaba por un megáfono: “¿Quiénes son vírgenes de Burning Man?”. A los pocos que levantamos la mano nos dijeron que nos tiremos al suelo y nos revolquemos en el polvo del desierto. Luego tocamos una campana y gritamos “I’m not a virgin anymore”. De ese modo quedé bautizado.

 

El polvo me acompañó durante esos siete días, no me abandonó en ningún momento y me enseñó a convivir con algo incómodo sin impedirme disfrutar. Bajé con una valija de mano, que no quería que se ensuciara, pero a los pocos segundos de cargarla ya estaba teñida de blanco. Un grupo de ciclistas vestidos de smoking me escoltó en la llegada con sonrisas, y al grito de “yeah”, me hicieron recordar que estaba en los Estados Unidos.

La ciudad efímera se divide en diferentes zonas, y dentro de ellas hay miles de campamentos. El nuestro se llamaba Villa Gaucha y estaba integrado por más de 60 argentinos. Vista desde un dron, la ciudad forma un semicírculo con callecitas, un diseño urbano perfecto y prolijo que parece increíble que se arme y desarme en siete días.

Me asustaba saber que durante el día la temperatura llegaba a los 45 grados, pero el calor seco no tiene nada que ver con un verano tórrido en Buenos Aires, donde lo que mata es la humedad. Dormíamos en yurts, unas viviendas precarias en forma de hexaedro, muy fáciles de armar, que se mantienen frescas para repararse del sol que brilla insistente y son cálidas durante la noche, ideales para la amplitud térmica del desierto.

Jamen Percy

Hay diez principios que organizan la vida en Burning Man, entre ellos está el de “Esfuerzo comunal”: la construcción y la administración de los víveres son tareas comunitarias, porque todos trabajamos y jugamos juntos. Otro es el de la “Inclusión radical”: todos pueden ser parte de esta comunidad; siempre me sentí recibido entre los burners que forman parte de esa comunidad año tras año. Cada vez que me acerqué a alguien fui bien recibido; todos te sonríen y te abrazan. El principio de “No dejar rastro” es el que moldea todas las conductas, y el que finalmente da nombre a este evento, porque el último día, en una celebración emotiva, se quema al hombre gigante hecho de madera que se ubica en el centro geográfico de la ciudad.El polvo no fue mi mejor amigo, fue mi amante; estaba en cada rincón de mi cuerpo, y al ser alcalino me secaba la piel. No podía tirarme chorros de agua encima, porque deja rastros y hace grumos en el suelo. Durante esos días no me bañé. Mis aliadas fueron las toallitas de bebé. Con ellas resolví gran parte de mi higiene. Aquellos que iban en motorhome tenían más comodidades. Los que vivían en los barrios más privilegiados, es decir “burners de lujo”, como Mark Zuckerberg o Paris Hilton, tenían la posibilidad, pagando altas sumas de dinero, de alojarse en camps plug and play, con diferentes amenities, como comedores con cocineros, habitaciones con aire acondicionado, baños con ducha y hasta teléfonos satelitales.

Durante esos días no paré un segundo. Nadie duerme ocho horas de corrido en Black Rock City. Los estímulos son múltiples, en una ciudad iluminada por leds de todos los colores que no se quedan quietos. La sensación de estar perdiéndote de algo es constante y eso impide conciliar el sueño profundo. Rara vez dormía en mi yurt. Daba vueltas por otros barrios y me quedaba a dormir en los espacios comunes de otros campamentos.

James Wind

El calor aflojaba cerca del atardecer, mi horario preferido para salir a dar vueltas con la bici por la playa, un espacio de más de 18 kilómetros de extensión que tenía la oferta cultural más heterogénea y grande que vi en mi vida. No sólo por la calidad de las obras de arte, sino también por el tamaño. Generalmente, las piezas de arte están pensadas para ser exhibidas en un espacio que tiene como límite los techos y paredes. Aquí, la inmensidad del desierto desdibuja los límites, por eso las obras eran gigantescas.

En Burning Man no hay un line up ni un gran organizador. Todo el contenido es creado y ejecutado por los mismos participantes que asisten. Todos los días consultaba un librito con el programa de actividades que se desarrollaban durante las 24 horas. Un día elegí hacerme unos masajes en los pies. Empecé a pedalear con ese destino pero en el medio me crucé con un pícnic temático de Alicia en el país de las maravillas. Hablé con cada uno de sus personajes y tomé un exquisito té de hierbas en una vajilla muy delicada. Luego subí a una torre de cien metros y me divertí haciendo tirolesa. Jugué en un casino lisérgico. Me metí en el campamento integrado por artistas del Cirque du Soleil que ensayaban un show que presentarían unas horas más tarde. Mantuve una conversación muy interesante con una holandesa totalmente desnuda. Me senté a ver el amanecer con un grupo de brasileños que tocaban bossa nova. Me ganó el sueño y me fui a dormir, finalmente, sin hacerme los masajes.

Fueron siete días en los que no sabía qué hora ni qué día era. Sabíamos que el anochecer era alrededor de las 20, pero era constante la charla acerca de sentirse fuera de tiempo, de sentirse raro por no usar el celular, ni siquiera como cámara de fotos porque se llenaba de polvo. No hay señal de telecomunicaciones en el desierto. Ayuda mucho que no exista comunicación con el afuera ni publicaciones en redes. Se trata de vivir, no de mostrar.

Scott-London

“Gifting” es el principio más cotidiano. El acto de dar y regalar es constante. Convidar aire acondicionado, regalar un gorro, una canción o algo de comer son acciones que salen de la lógica de intercambio monetario y que alientan el desprendimiento de lo material. Muchas de mis cosas quedaron desperdigadas entre los amigos que me hice. Entre tantos objetos que me traje, aún llevo conmigo a todos lados una de botella recargable. Allí todo el mundo da consejos de supervivencia, y uno de ellos es hidratarse continuamente.

Mi regalo para la comunidad fue un programa de radio, hecho en FM Kaez, la emisora que está arriba de una antena, desde donde veía toda la ciudad. Musicalicé con rock nacional. También organicé la Poncho Partuza, una fiesta en la que bailamos al ritmo de Gilda y Rodrigo, mientras hacíamos un asado y tomábamos fernet.

El “gifting” de Burning Man hacia mí es imposible de medir. No soy el mismo. Recomiendo a todos que vivan esa experiencia al menos una vez en su vida. Que sean siete días suena muy bíblico, pero es verosímil, porque en ese lapso construimos un mundo.

Scott-London