La llegada del Mundial de Fútbol trae desde hace más de 40 años uno de los pocos desafíos que no repara en edades, idiomas ni costumbres: completar el álbum de figuritas. La tradición sigue intacta, aunque, claro, su adaptación a flamantes formatos fue inminente.


Redondas, cuadradas o rectangulares. De cartón, de papel o autoadhesivas. De la Argentina, de Brasil, de España o de Alemania. Las figuritas juegan su propio Mundial cada cuatro años; los álbumes resisten al paso del tiempo y, paradójicamente, se renuevan. Con presencia ininterrumpida desde México 70 (firmada por el mejor jugador de aquella época, Pelé), esta edición de Rusia 2018 cuenta con el debut de Islandia en sus páginas y, claro, la gran y triste ausencia de la Azzurra. Seiscientas setenta figuritas se necesitan para completarlo y se vende en más de cien países. Brasil, como todo lo que gire en torno a la redonda, es el principal consumidor. Aunque la tradición de cambiar figuritas siga intacta (el parque Rivadavia, referencia absoluta de la gestión), el álbum digital marca el ritmo entre los adolescentes y los nuevos coleccionistas 2.0. Para sorpresa de muchos, el debut de la aplicación fue en 2010, en el Mundial de Sudáfrica. Pero Rusia demostró su versión más exitosa. A sólo tres semanas de su lanzamiento, lo descargaron más de dos millones de personas entre iOS y Android, y ya se realizaron más de 40 millones de intercambios online. Sí, “intercambios online”. Los sobres de figuritas se adquieren a través de una tienda virtual, se abren con un “touch” en el frente y se pegan de la misma manera, arrastrando los cromos (figus en el idioma virtual) al lugar que corresponden. Hay un “Área de Intercambio” que permite conectarse con otros coleccionistas para deshacerse de las repetidas. Además, la FIFA contabilizó más de 19 millones de códigos escaneados –cromos que se obtienen desde los códigos QR y los alfanuméricos que aparecen atrás de los paquetes físicos o etiquetas de la gaseosa cola oficial–.

Distintas maneras, un solo objetivo: llenar el álbum. Virtual o de papel. “Late” o “nola”. La tradición se mantiene y también se adapta.