Detrás de la Cortina de Hierro y los resabios de la Guerra Fría subyacen diseñadores que revolucionan la era postsoviética. Una propuesta diferente disparada por el comunismo pero a precios de lujo.


La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas fue una sociedad cerrada y aislada con una perspectiva clara: el mundo exterior era un lugar desconocido. Sin embargo, ese fue el escenario donde transcurrieron los primeros años de vida los actuales paladines del mundo fashion ruso. “Mi padre era capitán en un barco, por lo que viajaba constantemente y siempre traía regalos, como ropa de Japón y Alemania”, dice Lotta Volkova, fotógrafa, diseñadora y estilista. “Solía ​​traernos videos de Tina Turner. Mi hermano fue el primero en usar jeans en los años 80, mientras que mi madre fue la primera en conducir un automóvil japonés en mi ciudad. Siempre hemos sido bastante afortunados en ese sentido. La primera vez que aprendí sobre moda fue a través de la serie Eurotrash, un programa con Jean Paul Gaultier desnudo en un árbol entrevistando a otra persona desnuda en otro árbol. Todo estaba tan jodido y muy divertido”, recuerda.

La transición hacia la cultura occidental capitalista, marcada por el fin de la censura y el movimiento de masas, trajo aparejada un aura de libertad y exotismo que todavía rodea el bloque postsoviético. La disponibilidad de las revistas internacionales, las películas de Hollywood y la música revolucionaria se incorporaron rápidamente en la escena creativa. Las marcas y los logotipos estaban siendo descubiertos y reinventados, y la atmósfera de angustia se bloqueaba por la fascinación por los productos y bienes de consumo de los años 90. “La estética heredada después de la disolución de la URSS resulta muy exótica; es como una especie de new look para el mundo exterior”, sostiene Andrey Artyomov, diseñador y estilista ruso, creador de la marca de ropa Walk of Shame. “Llegaban a nuestro país camisetas bordadas con el logo de Gucci o de United Colors of Benetton, y para nosotros no eran solamente símbolos del mundo occidental sino también del lujo que nunca tuvimos”, afirma.

De repente todo lo que hasta el momento estaba prohibido y controlado, ahora, con el fin del comunismo, florecía por todas partes. Hasta los referentes estéticos cambiaron: actores, cantantes y modelos. La calle comenzó a mandar por sobre la industria, dándole espacio a la cultura pop. “El estilo ruso es tomar algo del exterior y hacerlo propio presentándolo a nuestra manera”, explica el diseñador y fotógrafo Gosha Rubchinskiy, quien recientemente creó una colección para Burberry con carácter lujoso pero de estilo callejero. “San Petersburgo siempre fue una ventana hacia la cultura occidental en Rusia, entonces comencé a pensar: ‘¿Qué estaba pasando en Inglaterra durante los 90? ¿Cuál fue la cosa más icónica?’. Y, por supuesto, la respuesta fue Burberry. Funcionó a la perfección con el club nocturno y la cultura rave.” Gosha mantiene una estética alejada de la inspiración estadounidense y sostiene la idea de que la ropa de calle es el lenguaje verdaderamente universal. Es por ello que muchas marcas street wear están trabajando en conjunto con las etiquetas de lujo para crear líneas “lowcost”, que son más aspiracionales, y así poder tener un abanico de público más amplio, como lo han hecho Supreme y Vuitton, L’Oréal y Balmain, Lagerfeld y Vans, H&M y Erdem, entre tantos otros.

Los eruditos en la materia afirman que lo que hace a la moda rusa poderosa y cautivadora es la dificultad que presenta a la hora de hacer un análisis de entendimiento de sí misma, sobre todo para aquellos que residen en Europa y América. El delirio de la estética grunge y punk, sumado a elementos del underground y la ropa deportiva (fundamentalmente del skate y el hip hop) y detalles chics aislados fueron algunos de los cimientos que hoy se ven reflejados en la inspiración a la hora del diseño. Parecería como si el apasionante diálogo entre los códigos de consumismo occidental y la austeridad comunista nos dijera que tomemos prestado el suéter de Kurt Cobain, los pantalones de Snoop Dog, las zapatillas de Joey Ramone, el sobretodo de Sinatra y la actitud de Bogart y salgamos a andar por las calles de Tverskaia.

 

El ejército postsoviético

 

Demna Gvasalia

De origen georgiano, se formó en la Royal Academy of Fine Arts de Amberes. Luego de mostrar su primera colección en Tokio, en 2007, se incorporó a Maison Martin Margiela. De ahí pasó a Vuitton, primero bajo el mando de Marc Jacobs y luego de Nicolas Ghesquière. En 2013 creó su propia firma, Vêtements, y fue el encargado de sustituir a Alexander Wang para Balenciaga como director creativo. Ambas actividades las continúa hasta la actualidad.

 

 

Lotta Volkova

Nació en Vladivostok, en la Bahía de Golden Horn, donde vivió hasta terminar la secundaria. Se mudó a Londres para estudiar arte, fotografía y moda en Central Saint Martins. Creó su marca de ropa, Lotta Skeletrix, con la que rápidamente se hizo popular. Hoy es la mano derecha de Gvasalia para Vêtements y Balenciaga. Trabaja en revistas como Dazed y Harper’s Bazaar. Cada tanto se sube a las pasarelas, además de ocuparse del estilismo de los desfiles. Su estilo gótico combinado con lo andrógino y vintage la llevaron por la senda correcta, dado que ya es una de las referentes de la moda más importantes del mundo. Su madre la llamó así, en plena Unión Soviética, por la canción “Whole Lotta Love”, de Led Zeppelin. ¿Vieron? Hasta su nombre es cool.

 

Gosha Rubchinskiy

Diseñador y fotógrafo, comenzó su línea street wear en 2008 con diez camisetas, y para 2012 vendía más de 50 mil en todo el mundo. Desde entonces ha estado trabajando con Comme des Garçons al mando del diseño. Fundó la marca de patinetas PACCBET junto a Tolia Titaev, skater profesional, con quien además reinterpretaron una colección cápsula de 12 piezas clásicas para Carhartt WIP, inspiradas en los 80 y 90. Además colaboró con Fila, Kappa, Dr. Martens, Adidas, Levi’s y Burberry.