Mano a mano con el número uno. O te gambetea, o te tira un caño, o te deja un recuerdo imborrable. Puro magnetismo, el mismo que nos hace abrazar el televisor cada vez que juega.


Cuando Lionel Messi levantó la copa del mundo en Rusia, por fin, el mundo cayó rendido a sus pies. Se convirtió en el amo y señor del fútbol, que es lo mismo que decir de todas las galaxias cercanas y lejanas. Que es lo mismo que decir que se quedó a vivir para siempre, como un tatuaje indeleble, en los corazones de todos los argentinos y de cada hincha del fútbol que exista sobre esta tierra. Y que en cada estadística de los diarios y las revistas y los sitios deportivos, cada cuatro años, hasta que el mundo sea mundo, dirán que aquel domingo 15 de julio de 2018, en un país llamado Rusia, Messi levantó, por fin, la copa del mundo.Me encantaría decir que vengo del futuro y que todo lo que escribí en el párrafo de arriba es cierto. Pero no. La tecnología (todavía) no permite viajar en el tiempo y aún no sabemos qué pasará en Rusia.

No recuerdo un Mundial en donde tantas personas quieran que lo gane un solo jugador. Incluso las ganas de que lo gane Messi son superiores a las ganas de que lo gane la Selección, el equipo, el DT Sampaoli, los dirigentes de la AFA, nuestro (pobre) fútbol, las barras, los negocios turbios, los hinchas panqueques, el jugador que no fue convocado, sus esposas, este gobierno. Nadie, pero nadie, merece más levantar esos seis kilos doscientos gramos de oro deforme y macizo que Messi.

Sería, tal vez, el mayor acto de justicia futbolera que se recuerde después de la consagración de Pelé y del Diego. Pero sabemos que justicia futbolera es casi casi un oxímoron.

El martes 6 de febrero conocí a Messi en Barcelona. El fabricante chino de celulares que lo sponsorea me llevó a conocerlo junto a otros diez invitados, todos de Latinoamérica. Tres de ellos habían ganado un concurso online para ver al crack y ahí estaban, con una excitación acumulada y nerviosos por conocer a su ídolo. Yo, en cambio, no había pensado mucho en el asunto porque la invitación y el viaje se habían dado muy rápidamente. No era muy consciente de lo que estaba viviendo. Es más, fui sin camiseta para que Lío me firmara. Me di cuenta de mi torpeza cuando todos los que estaban conmigo habían llevado cinco o hasta diez camisetas. Me dio tanta vergüenza que no quise quedar como desinteresado así que me dieron una de la marca deportiva que lo viste. Me aclararon varias veces: “Lío te la va a firmar pero sin dedicatoria”. OK.

Llegamos muy temprano a una productora local donde Messi estaba filmando un aviso de la marca de celulares. Al grupo nos metieron en una sala donde desayunamos y esperamos una hora. Cada diez minutos entraba algún productor o asistente (siempre con un handy en la mano) a gritarnos una nueva instrucción. “No pueden hablarle a Lío ni preguntarle nada sobre su intimidad”, “Sólo firmará una camiseta por persona”, “Las fotos las tomaremos nosotros y después se las mandamos”, “Habrá una selfie grupal al final”, etcétera. Tuvimos que bajar en fila india al estudio de grabación, me sentí como esos nenes de jardín de infantes que van por la calle tomados de la mano.

Ahí estaba Messi, firmando sin parar las camisetas que ya le habían dado. Alfombra verde como una cancha, las luces del set, poca gente, mucha seguridad. Firmó diez, veinte en un minuto. Flaquito, chiquito, con su barba rojiza y su jopo. Una pulga vestida con jeans grises, zapatillas blancas impecables y un buzo negro Dolce&Gabbana con capucha y el logo de Jurassic Park. Lo vi tímido pero muy simpático, sonriente, amable. A todos les dedicó una sonrisa, un abrazo. Es un Messi diferente al de otros mundiales. Sigue tímido, pero está más seguro de sí mismo, más maduro. Ahora es padre, tiene un refugio. Cuando pasé yo, el último de la fila, me dijo: “Vos sos el que no trajo remera”, y sonrió. Le dieron un marcador negro. En ese momento me tenté y le pedí si podía firmarle a mi hijo Astor. “¿Astor?”, preguntó sin entender el nombre de Piazzolla. Le dije mientras firmaba que viniera a jugar a Boca. Se rió, pero no dijo que no. Mantengo esperanzas. Nos sacamos la foto, le di un abrazo y le susurré: “Llevate la copa”. Me miró y volvió a reír. Ojalá haya entendido. No quiero que la traiga, quiero que se la lleve, que se la robe y la guarde para siempre en su casa y se retire después de Rusia. Que desaparezca del mundo. (Y comprobar que la justicia futbolera existe.)