Vislumbró el gran negocio del streaming mucho antes que cualquier otro. Odiado y amado por igual, músicos, usuarios y discográficas dividen las aguas: ¿Spotify salvará o destruirá a la industria musical? Mientras tanto, su imperio sigue en continuo ascenso.


Precoz como pocos, cuando tenía sólo 13 años Daniel Ek ya diseñaba webs desde su habitación en Rågsved, un suburbio de Estocolmo, por entre 100 y 200 dólares. Al poco tiempo ya lo hacía por USD 5.000 y con apenas 16 intentaba entrar en Google, pero su experiencia (y la falta concreta de títulos) no fue suficiente. Lejos de desilusionarse, se metió de lleno en el mundo online y fundó Advertigo, una empresa de marketing digital que cosechó un éxito n

otable. A los 20 ya era millonario, manejaba una Ferrari roja y se codeaba con las celebrities, pero el dinero pocas veces compra la felicidad. Cansado del oportunismo de quienes lo rodeaban se retiró a una cabaña cerca de la casa paterna y se deshizo de todo. En su vuelta al origen se reconectó con su clásica pasión, la música, y recordando las horas que pasaba escuchando canciones descargadas ilegalmente de Napster, tuvo una idea: una plataforma musical ¡legal y gratuita! La lucha acababa de empezar.

La primera versión de Spotify nacería en 2006 pero le llevaría dos años convencer a las discográficas de ser parte del proyecto. El mayor inconveniente estaba en su gratuidad, rentabilizada luego con publicidad y con un servicio freemium: con un abono mensual, Spotify no te vende las canciones, sino el acceso a ellas, sin la necesidad de descargarlas. Bajo este concepto, Ek y su empresa operan en 61 países y cuentan con 159 millones de usuarios activos, de los cuales 71 millones pagan una suscripción al mes por escuchar música sin avisos comerciales. Sin embargo, aunque parezca mentira, el mayor servicio de streaming del planeta aún no genera ganancias. Los altos costos que se paga por licencias musicales, comisiones y otros derechos de autor no le han dado, hasta ahora, utilidades, aunque la brecha se ha ido acortando. Con la salida en bolsa y su multimillonaria capitalización es probable que en el futuro la firma genere retornos e, incluso, pueda ampliar sus horizontes de un modo similar al que ha tomado Netflix al producir contenidos propios.