Con su interpretación de Sandro hizo emocionar a diferentes generaciones y deslumbró a la prensa especializada. Artista todoterreno, soñó con este presente desde muy chico pero no se deja llevar por los elogios. Talento de sobra, de América al mundo.


Lo entrevisté por primera vez dentro de la ficción, en la serie que batió récords de audiencia y unió a varias generaciones, Sandro de América. Él interpretaba a un joven Roberto Sánchez que venía a mi programa de televisión que realizaba en los 70 para hablar de lo que Sandro ya estaba significando en el inconsciente de los argentinos. Ahora quise conocer al Agustín Sullivan auténtico. Aquel que le quemó la cabeza a su mamá para que lo anotara en teatro, el que sufrió mil veces porque no quedaba en un casting, hasta que interpretó al Gitano y cambió su vida.

–Desde chico tenías claro tu camino, ¿por qué te gustaba este mundo?

–Durante toda mi infancia, mi abuelo irlandés y mi abuela italiana me llevaron al teatro a ver obras que eran para adultos. Fui a ver El camino a la Meca, de China Zorrilla, cuando tenía 10 y me encantó. Me acuerdo de estar sentado entre toda la gente grande.

–Me impresiona cómo fuiste determinante desde chiquito, ¿sentías que tenías que estar ahí?

–Miraba las películas de Disney y me imaginaba cómo hubiera hecho yo esa escena. Yo quería vivir esas historias.

–Entonces empezaste a pedir que te llevaran a los castings.

–Había chicos como yo que estaban actuando, y si ellos podían, yo también. Le insistí a mi mamá porque quería estar en Verano del 98, pero ella no me quería dejar actuar. Tanto insistí que, un día, me dejó que vaya con mi abuela a un casting de Chiquititas. Pasamos toda la mañana bajo el sol en una cola que daba vuelta la manzana, en los Estudios Ronda. No quedé, y cuando volví mi mamá me preguntó si se me habían pasado las ganas. Le dije que no y me metí en el taller de teatro del colegio, aunque era muy tímido, perfil bajo. Hablaba poco e intentaba pasar inadvertido.

“Lo que me divierte de ser actor es ser otro por un rato y vivir otra vida. Yo soy yo las 24 horas. Por eso, más allá del mensaje que dejó la serie, me gustó vivir otras épocas por un tiempo.”

–¿Tímido y observador?

–Totalmente, observo mucho. En un restaurante podemos estar comiendo juntos y de golpe me quedo mirando otra mesa; me gusta mucho observar a la gente en las situaciones cotidianas.

–¿Cómo siguió todo?

–Hacía las obras de teatro del colegio y me encantaba. Quería más y me fui a lo de Norma Aleandro y Oscar Ferrigno, que tenían un cuarto en el fondo de su casa donde daban clases para chicos. Lo había encontrado mi mamá porque yo le quemaba la cabeza. Ella decía que primero terminara el colegio y que después hiciera lo que quisiera. Empecé a buscar en internet actores que me gustaran, así encontré a Agustín Alezzo y Lizardo Laphitz. Me presenté con 16 años y no me querían dejar entrar en la escuela porque era muy chico, porque se veían temas de “gente grande”. Insistí, les conté que yo quería trabajar de actor, les dije: “Si el día de mañana me toca grabar una escena con alguien de 40 años, no puede ser mi primer encontronazo”. Me dejaron; salía del colegio y me iba a estudiar con ellos. Más tarde seguí estudiando con Nora Moseinco.

–¿Y después hiciste lo que quisiste?

–Del “terminá el colegio y hacé lo que quieras” pasé a irme tres años de gira. Egresé y quedé para hacer Los padrinos mágicos, una obra que hicimos en el Gran Rex y siguió por toda Latinoamérica. Al año siguiente me llamaron para Hi-5, y con Discovery Kids viajamos a los Estados Unidos.

Tenés sangre irlandesa, ¿viajaste a la tierra de los Sullivan?

–Viajé, ¡y me encontré a una prima de mi abuelo por casualidad! Todo el clan Sullivan era de Cork; mi abuelo siempre tuvo a Irlanda a flor de piel, y yo era el que más se interesaba por lo que él podía transmitir. Éramos muy parecidos físicamente: él, rubio y de ojos verdes; yo soy su versión latina. Quisimos viajar juntos, pero se enfermó y viajé solo. Cuando llegué, lo primero que hice fue llamarlo. “Adiviná dónde estoy”, le pregunté.

–Los irlandeses son muy patriotas.

–Recontra, siempre preguntan tu apellido. Mi familia llegó a Buenos Aires de casualidad. El barco iba a Nueva York y quedó varado en el puerto porteño por un paro de dos semanas. Algunos irlandeses se fueron a Mercedes; mi bisabuelo los siguió, su hermano esperó para llegar a los Estados Unidos. Con el tiempo, siempre lo llamaba para que se fuera con él a los Estados Unidos y no quiso. El papá de mi abuelo falleció cuando él tenía 13 años. Un día, un tío llamado Patrick dejó una notita: “Me vuelvo a luchar por mi patria”, y desapareció.

¿Quiénes son tus ídolos?

–Sean Penn me encanta porque en cada película parece otra persona, cambia absolutamente todo, hasta la mirada y los gestos. También me gustan Johnny Depp, Kate Winslet, Luis Machín, que trabaje con él en Sandro… y hasta el día de hoy no lo puedo creer. Es alucinante. Lo que me divierte de ser actor es ser otro por un rato y vivir otra vida. Yo soy yo las 24 horas. Por eso, más allá del mensaje que dejó la serie, me gustó vivir otras épocas por un tiempo.

En Sandro… tuviste que bailar, ¿salís a bailar?

–No soy de salir a boliches. En Hi-5 tuve que bailar un montón porque era un musical. Gracias a Dios tengo facilidad y observo mucho, practico los movimientos. Bailo tap. El otro día subí a Instagram un videíto zapateando irlandés.

–¿Qué música te gusta?

–La música folclórica de cada país, que representa la tierra y raíces de cada lugar. Me encanta la música gaélica de Irlanda, la española… Me gustan cuando mezclan sonidos nuevos con algo folclórico.

–¿Cantás también?

–¡Sí! Si bien elijo ser actor, me gusta el arte.

–Te toca estar en un momento de la humanidad en el que las redes son clave.

–Me crie con internet. Instagram está buenísimo porque tenés llegada a mucha más gente y sirve para mostrar tu trabajo, es como un curriculum. Aunque me parece muy importante entender que uno es para los demás también, que tiene que estar en eje, saber qué quiere como ser humano. Lo que uno dice puede ayudar al otro. Una vez me escribió alguien que no se animaba a estudiar música, y desde que conoció mi historia se anotó en el conservatorio.

“Hice millones de castings y no quedaba, sufrí mucho hasta que entendí que como persona no estaba listo en ese momento. Hasta que me di cuenta de que las cosas no llegan, se consiguen.”

–¿Cómo fue el casting para Sandro de América?

–La escena que actuamos juntos estaba en la última prueba. Tuve que cantar, bailar. Insistí mucho para que me hicieran el casting. Hacía dos meses que estaban haciéndolos y a mí no me llamaban. Mandé e-mails a la productora, a privados, escribí por Facebook… En la primera entrevista me dijeron: “Sullivan, te vi hasta en la sopa”. Les pregunté por qué no me llamaban; pensaban que era más chico. Para la primera reunión me había visto y leído todo lo que estaba en internet.

–La primera vez que te vi en el estudio me impresioné. Sandro tenía música en el cuerpo, no caminaba como cualquiera, y vos lo lograste.

–Lo logré junto a los coachs que tuve. Traté de captar la esencia de él y la energía que tenía. El programa fue hecho en equipo, desde el iluminador hasta el sonidista participaron, por eso salió tan bueno.

–¿Qué te pasó después del éxito que lograste?

–Cuando la serie no había comenzado, viajé a Nueva York por dos semanas gracias a una beca que gané para un seminario de actuación. Un día entré en el Apple Store de la 5ta Avenida y una vendedora empezó a gritar. Se dieron vuelta todos y yo me asusté, no sabía qué pasaba. Ella y su mamá eran fanáticas de Sandro y ya me seguían en las redes. Cuando terminó la tira, salí en la tapa de una revista y me fui a Londres con esa revista; me sirvió para tocar timbre en agencias y fue mi carta de presentación para conseguir representante. Me gustaría actuar en todos lados, ser del mundo, no de un país.

–¿Tenés ansiedad por lo que va a pasar?

–Naturalmente, soy muy ansioso. Parezco tranquilo, pero por dentro soy re ansioso. Trabajo para no serlo.

–¿Te parece que los milagros existen?

–Sí, totalmente. Hice millones de castings y no quedaba, sufrí mucho hasta que entendí que como persona no estaba listo en ese momento. Hasta que me di cuenta de que las cosas no llegan, se consiguen.


Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

Producción: Gimena Bugallo

Syling: Analía Manouelian

Agradecimientos: Bowen