El movimiento artístico nacido en la década del ’60 se propaga como un virus de época. Millones de personas ya se despojaron de los objetos que no suelen utilizar y priorizan en la agenda las actividades que realmente benefician su vida. La felicidad ya no se mide, no se pesa ni se compra.


Hay muchas razones para adquirir más cosas de las que verdaderamente necesitamos: la percepción de que es bueno tenerlas por si algún día, eventualmente, queremos darles uso; la sensación de que pueden mejorar nuestro estatus; la idea impuesta de que necesitamos renovarnos constantemente. Tanta compra sin cuestionamientos tiene sus consecuencias a pequeña y gran escala: en los países ricos, se calcula que cada persona posee en promedio unos 10 mil objetos. Cada vez se fabrican -y acumulan- más cosas en nuestro planeta, y la pregunta que se hacen varios especialistas en medio ambiente es: ¿a dónde va a ir a parar todo esto cuando ya nadie lo quiera?. El consumo es, como nunca antes en la historia, una adicción. Y el minimalismo, la tendencia que se propone como una suerte de granja de rehabilitación ideológica para ese deseo constante de siempre tener más.

Bajo la premisa de concentrarse en lo que verdaderamente importa y despojarse del resto, el minimalismo tiene todo lo que hace falta para convertirse en una gran tendencia contracultural del siglo XXI: éxito creciente en los países centrales y gúrues con inspiradoras historias de cambio (Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus, autores del blog The Minimalists y principales influencers del fenómeno). No menos importante para explicar el boom de esta filosofía es la flexibilidad de sus preceptos, es decir, la posibilidad de amoldarlos a las propias búsquedas y rutinas: hay minimalistas que siguen habitando la misma casa, mantienen su trabajo y sostienen todos sus vínculos, y hay quienes optan por un drástico cambio de hábitos a partir de la adopción de esta forma de vida.

¿Se trata acaso, de una vuelta al hippismo? No del todo: el minimalismo nada tiene que ver con vivir en la naturaleza (aunque una cosa no excluye a la otra) o con rechazar el lujo, sino con expulsar lo superfluo. Si la cafetera más cara o el teléfono con la mejor cámara le dan sentido a tu vida, ¡adelante con esa compra! Sin embargo, existe una regla tácita que todo minimalista debe respetar para ser considerado parte de la cofradía: poseer sólo aquellas cosas que realmente van a ser usadas. Los minimalistas más extremos, de hecho, viven con cien objetos como máximo. Algunos, mucho menos que eso. Y si en algún momento necesitan algo más, lo piden prestado, lo alquilan o lo permutan por algo propio que ya no estaban necesitando.

Y aunque la propuesta venga en envase novedoso, hay que decir que esta filosofía abreva de otras antiquísimas. Más de uno tendrá en mente la historia de Diógenes de Sinope, que allá por el siglo V o IV a.C. promulgaba una vida libre y alejada de los lujos de la sociedad. cuentan que, una vez que se cruzó con Alejandro Magno, el rey le rindió sus respetos al filósofo con un generoso “pedime lo que quieras” y que Diógenes le contestó: “Por favor, correte, que me estás tapando el sol”.

Cinco Claves:

  • Eliminá lo que no te hace falta. Aferrarse a las cosas materiales es una forma de esclavitud moderna.
  • Disminuí el uso de redes sociales. Hacer foco en lo que esperás de tu día te vuelve más productivo. El tiempo que sobra al final de la jornada es todo para vos.
  • Valorá tu tiempo y elegí bien tus compromisos. El minimalismo empieza por el placard, pero sigue por la agenda. Menos es más, en todos los ámbitos de la vida.
  • Más experiencias, menos cosas. En vez de gastar tu plata en ropa u objetos, ¿qué tal viajar, hacer cursos, o conocer nuevos restaurantes?
  • Controlá tu mente. Pensar de más y darle vueltas a un mismo asunto con insistencia no es una actitud minimalista. Probá con meditar.