Entre Asia y Europa, esta ciudad de principios del siglo V supo ser un punto estratégico para el comercio, y fue cómplice y testigo del contrabando de la Ruta de la Seda. Hoy, su arquitectura invita a recorrerla para entender definitivamente su interesante historia.


Si creyéramos por un minuto en la figura del doppelgänger (el otro yo que existe paralelamente en otra parte del mundo) y aplicáramos el concepto a las ciudades, diríamos que la recientemente valorada Tbilisi, la encantadora capital de Georgia, sería la gemela centroasiática y modesta de la orgullosa Florencia italiana.

Georgia es un país pequeño recostado sobre el mar Negro, límite y mixtura al mismo tiempo del continente europeo con el asiático. En la década de 1990, con el desmembramiento de la Unión Soviética, reconquistó su independencia y comenzó un camino –interesantísimo– de recuperación de su identidad.

Tbilisi, al igual que Florencia, es una ciudad más bien pequeña, dividida por un río serpenteante y rodeada de pequeñas colinas, desde las cuales se pueden contemplar magníficas vistas. Ambas orillas del río están comunicadas por varios puentes, algunos muy románticos, que corresponden a diferentes épocas de esta ciudad de principios del siglo V. Sin embargo, el puente peatonal más admirable y uno de los emblemas de la ciudad es el Puente de la Paz, ultramoderna estructura de acero y cristal en forma de arco construida por el estudio italiano Pilosio e inaugurada en 2010, con la intención de simbolizar la unión de la antigua y la moderna capital.

Hay por lo menos dos puntos  especialmente atractivos para admirar el diseño urbano desde la altura. Uno es el funicular,  confortable y relativamente nuevo, que se encuentra en la parte más moderna de la ciudad y asciende hasta un gran complejo que incluye un chill out con inmejorables vistas (sobre todo al atardecer), un atractivo parque y un sofisticado restaurante de comida georgiana llamado, por supuesto, “Funicular”.

El otro punto es el teleférico, que comunica la parte antigua (la más pintoresca, con sus callecitas laberínticas, sus casas con balcones de madera y sus cafés y restaurantes de exquisita cocina georgiana, como el mítico Barbarestán) con la fortaleza Narikala y el jardín botánico, cruzando por encima del río Mtkvari. Las vistas diurnas son un imperdible del periplo. Finalmente, caminar la parte más importante de la principal arteria de Tbilisi, la Rustaveli Avenue, que nace en la Plaza de la Libertad, nos permitirá apreciar los principales edificios del siglo XIX, como el Palacio de la Ópera, el Teatro de Marionetas, el Parlamento y el Teatro Nacional. Sin duda, la arquitectura de esta avenida representa el costado más aristocrático de la ciudad, cuyo nombre escucharemos cada vez más con más frecuencia, no sólo por su historia, sus secretos y sus paisajes, sino también por la calidad de sus vinos y la creciente importancia de su Semana de la Moda.