Los (viejos) tiempos modernos cambian. Un presente atravesado por el despertar de nuevas conciencias. Palabras necesarias, prolijas y ejemplos de verdadera lucha.


Lo cortés –y lo mediático– no quita lo valiente. Se percibe un cierto clima de confusión o desconcierto respecto de algunos lugares comunes que rondan el tema de las venganzas planetarias. De posturas canónicas. Y generalizaciones banales. Afortunadamente, todo no es lo mismo hoy en el siglo XXI y hay espacio para la diversidad de opiniones.

Me refiero a las conductas de los individuos,  a las capacidades, al contexto. A las circunstancias de clase social, económica y cultural de una persona. A las posibilidades reales del sujeto en este mundo ligadas al desarrollo de su vida personal –y pública– cuando el devenir le ofrece la oportunidad de salir del anonimato. Que quede claro desde el vamos. Digo “persona”, “sujeto”. Porque en estos vocablos no hay diferencias para nombrar a hombres o mujeres. Somos iguales. Y libres. Si no entendemos la igualdad en este a priori tácito, jamás nos pondremos de acuerdo.

Es necesario repetirlo una y mil veces para que la genitalidad –masculina o femenina– sea sólo el registro de una diferencia biológica que opera en el proceso de procreación con funciones distintas pero complementarias. De todos modos, esta diferencia anatómica nada tiene que ver con los atributos, con los alcances del ejercicio de las facultades mentales de una persona. Con su capacidad creativa y productiva, sus inclinaciones y elecciones amorosas y sexuales. Sea esta persona hombre o mujer.

Si tomamos la parábola bíblica, podemos hacer una lectura en la que Eva, lejos de ser una curiosa mal vista, una loca atrevida, se muestra como “la visionaria”. La mujer curiosa, la investigadora, la transgresora, la paridora, la dueña de una inteligencia tan intuitiva como racional.

Aunque habrá que decir que, desde el fondo de las mitologías y parábolas, para explicar el origen de la vida y de los sexos se ha pretendido señalar lo contrario. Los griegos decidieron que Palas Atenea, diosa de la inteligencia y la razón, naciera de la cabeza de Zeus. El cristianismo dejó en claro que Eva era producto de una costilla de Adán. Y así, en el desarrollo de la historia, de la civilización y de la cultura, las hijas de Eva, estigmatizadas, además, por el pecado de querer saber y la culpa consiguiente, debieron luchar como fieras (con sangre, sudor y lágrimas) para hacer comprender al poder –detentado durante siglos por varones– que ellas no eran culpables de nada y que podían acceder también al poder demostrando ser discípulas dignísimas de Eva, la pionera. Vale la pena recomendar aquí la lectura (y la versión llevada a una serie de Netflix) del relato Alias Grace, de la canadiense Margaret Atwood para entender cómo una historia de abuso horroroso y maltrato permanente hacia una joven criada en el siglo XIX desemboca en la psicosis, el crimen y la tragedia.

Si tomamos la parábola bíblica, podemos hacer una lectura en la que Eva, lejos de ser una curiosa mal vista, una loca atrevida, se muestra como “la visionaria”. La mujer curiosa, la investigadora, la transgresora, la paridora, la dueña de una inteligencia tan intuitiva como racional. Un mix de audacia, emoción y afectividad capaz de pergeñar y anunciar en su acción de “probar la manzana” del conocimiento a extraordinarias figuras, como sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695). La gran filósofa, más allá de su capacidad para la poesía, sienta las bases de la profundidad de su pensamiento en la famosa Respuesta a sor Filotea de la Cruz. En esta carta, Juana le responde al obispo de Puebla, quien, travestido, la reconvenía en su condición de mujer/monja por animarse a audaces escritos en los que se expresaba como avanzada lectora e intérprete de Aristóteles. Dice sor Juana, entre otras cosas, con ironía y  gracia, reivindicando sus dotes femeninas de pensar, soñar y cocinar: “Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito…”. Y será también otra mujer, Giuseppa Eleonora Barbapiccola, en 1722, con pie de imprenta en Turín, quien publique la primera traducción al italiano de los Principia philosophiae, de René Descartes, editados por primera vez en latín en 1644, texto que no desconocía sor Juana, por cierto.

En Turín, hablando de féminas, nació Rita Levi-Montalcini, premio Nobel de Medicina 2009. De origen judío, Levi-Montalcini sobrevivió a la persecución fascista de Mussolini, logró ir a estudiar a los Estados Unidos y realizó un descubrimiento científico muy importante respecto del cerebro humano y sus dos hemisferios, el izquierdo y el derecho. Ella, que se definía perteneciente a la izquierda, a los 100 años, en una entrevista, decía estas palabras: “Pura cuestión de raciocinio, porque la culpa de las grandes desdichas de la humanidad la tiene el hemisferio derecho del cerebro. Es la parte instintiva, la que sirvió para hacer bajar al australopithecus del árbol y salvarle la vida. La tenemos poco desarrollada y es la zona a la que apelan los dictadores para que las masas los sigan. Todas las tragedias se apoyan siempre en ese hemisferio que desconfía del diferente”. Levi-Montalcini vivió hasta los 103 años y afirmó siempre que ella era “su propio marido”. Laica y progresista, defendía el aborto y expresaba siempre su voluntad de que cuando ya no pudiera pensar le fuese practicada la eutanasia.

Pero no todas las mujeres que dejaron su sello en la historia fueron exclusivamente racionales o desempeñaron una actividad dedicada a la ciencia, eso está claro. En nuestro país, la periodista y escritora Salvadora Medina Onrubia (1894-1972) dejó su impronta un tanto más salvaje, si se quiere, respecto de los dos hemisferios cerebrales. Su historia es la de una mujer tan valiente como extravagante. Madre soltera a los 16, hija a su vez de una mujer sin marido visible y maestra rural en Entre Ríos, Medina Onrubia se atrevió a viajar desde Gualeguay con su hijo de cinco años a Buenos Aires. Escribía muy bien y era una mujer libre, anárquica y provocadora. Cuentan que se presentó muy segura de sí misma en el escritorio de Natalio Botana, director del diario Crítica por esa época, y le dijo: “Vengo a escribir a su diario, aunque no pensamos igual en muchas cosas”. Dicen que estuvieron horas hablando, discutiendo, y que caminaron hasta Palermo. Eran dos personas muy fuertes y emperamentales. No se separaron más. Medina Onrubia, de origen modesto, fue una activa militante anarquista, en todos los planos de su vida. “Ser anarquista para mí es más que una actitud política. Es un karma. Una forma de vida, natural y espiritual”, decía. Bella, desafiante, transgresora y de una pluma excepcional, la Venus Roja, como solían llamarla, se manejaba con gran soltura dentro del universo al que pertenecía Botana: clase alta, gran poder y dinero. Su inteligencia, audacia y lealtad a sus convicciones le permitían salir corriendo a defender a obreros despedidos, comer con gente de alto rango social y criar a los otros tres hijos que tuvo con Botana. La dictadura del general José Félix Uriburu la metió presa. Desde la cárcel, Medina Onrubia le escribió una carta tremenda al dictador. El final de sus palabras fue un latigazo para el hombre que instaló la semana trágica en el país: “No quiero ninguna magnanimidad de su parte, general Uriburu. (…) Sepa que le cruzo la cara con mi desprecio”.

Dicen, también, que empezó a beber cuando Pitón, su hijo mayor, se suicidó. Sólo aceptó casarse con Botana cuando nació su tercera hija. Una manera de protegerla por aquellos años, cuando las leyes aún hablaban de “hijos naturales”. Quizás en el peso de su nombre (Salvadora) esté la explicación de tanta fuerza y coraje. Murió sola, pobre, sumida en un universo evanescente y onírico por el éter y el alcohol. Pero más allá de esos años finales, en la memoria de la historia argentina, la figura de Salvadora Medina Onrubia es una bandera de rebeldía y libertad: la síntesis de una luchadora que jamás renunció a sus sueños.

Los dejo. Con mis respetos, siempre