Dos libros ponen en primer plano experiencias tan perturbadoras como posibles. En clave de reflexión, la angustia emerge a la superficie y los profesionales, desde el diván, hacen casi nada por ayudar. Muy por el contrario, juegan con tus límites.


La Argentina es el país con más psicoanalistas por persona; Buenos Aires, su tierra prometida. Difícilmente un porteño no haya pasado alguna vez por un diván. En este contexto, ¿qué pasaría si un grupo de analistas decidiera llevar ciertas sugerencias de su maestro Lacan al extremo y, con excusas terapéuticas, empezara a verduguear a sus pacientes con métodos rayanos con la tortura? Esto plantea La escuela neolacaniana de Buenos Aires, la última novela de Ricardo Strafacce, que con el humor absurdo que es su sello de autor se mete con la jerga lacaniana y el mundillo psi en un libro que es a la vez disparate y denuncia, exageración y exégesis. Los protagonistas son la crème de la crème del campo lacaniano: profesionales que hacen fortunas, se toman largas vacaciones, cosechan éxitos a nivel mundial y, amparados en su prestigio, cobran discrecionalmente (incluso por sesiones a las que ellos mismos faltan). Strafacce se burla de lo que pasa en el anonimato protegido de los consultorios en los que los pacientes son sometidos a pequeñas violencias consentidas, como esperas eternas a pesar de tener agendada una cita o ser “echados” a los cinco minutos después de haber dicho algo supuestamente importante (pero que pagan como si hubieran tenido una sesión completa). Siguiendo una versión libre de las enseñanzas de Lacan, con la premisa de “maltratar al paciente para que recupere la posición narcisista”, este grupo de expertos empieza a perfeccionar sus técnicas de verdugueo: encierran a los claustrofóbicos, excitan a los adictos a la masturbación e incluso estafan a quienes les pagan las sesiones en dólares haciéndoles creer que se trata de billetes falsos. Con un ritmo alucinado, Strafacce va de la sátira al humor negro mientras pone en primer plano las ambiciones profesionales y las miserias de los analistas, que parecen necesitar un tratamiento mucho más urgente que las inofensivas neurosis de sus pacientes (quienes sepan algo de teoría lacaniana la van a pasar aún mejor porque hay mucho chiste interno). Una novela divertida, con más de un nivel de lectura, que de paso se mofa de algunos presupuestos académicos y de esa tendencia pedante de algunos analistas a hablar resaltando palabras como si fueran dichas en bastardillas (sin tener que mover los dedos, porque no son “comillas”). Como grand finale, los neolacanianos deciden invitar a cenar a sus pacientes a la casa de uno de ellos, con el propósito de atarlos y azotarlos como parte del tratamiento. Y si hasta entonces la novela era un delirio más o menos encauzado, lo que resta es pura desmesura.

No te mueras sin decirme adónde vas

Días después de entregarle el manuscrito de Suicidio a su editor, el escritor francés Édouard Levé decidió terminar con su vida. Tenía apenas 42 años y había publicado, además de libros de fotografía, Oeuvres (2002), una lista imaginaria de más de 500 obras de arte conceptuales e inexistentes del autor, Journal (2004) y Autorretrato (publicada en 2017 por Eterna Cadencia), una nouvelle compuesta por máximas en apariencia inconexas que sorprende con frases como: “Me masturbo más ante imágenes que ante recuerdos”; “No he asistido a ningún entierro nudista”; “Si una mujer con la que salgo empieza a repetir expresiones que yo uso puedo sentir lástima por ella”, o la lapidaria “El día más hermoso de mi vida quizás ya pasó”. Ese tono de apatía y de cierta distancia ante la vida vuelve a aparecer con más fuerza en su último libro, en el que recuerda el suicidio de un amigo de la infancia, que se pegó un tiro cuando tenía 25 años. “Tu vida fue una hipótesis. Los que mueren viejos son un bloque de pasado. Uno piensa en ellos, y aparece lo que fueron. Uno piensa en ti, y aparece lo que podrías haber sido”, dice. La novela está escrita en segunda persona, como si estuviera exclusivamente dirigida a quien fue su amigo (“¿Estás muerto, si te hablo? Si siguieras vivo, ¿seríamos amigos?”), y en esa elección Levé logra generar una empatía particular con el narrador, que alterna pensamientos filosóficos con las experiencias más mundanas y los recuerdos de una adolescencia con fotos de cumpleaños en las que “la vida se escapa de los pulmones para apagar las llamas”. En Suicidio, Levé confirma que es un artesano del lenguaje, un preciosista que logra belleza en cada frase, un pesimista que, a medida que la novela avanza, hace que nos preguntemos hasta qué punto la historia que elige contar no es parte de la suya propia, de ese juego con la muerte que terminó jugando solo y que convirtió en literatura.