EL MEJOR JUGADOR DEL MUNDO HABLÓ POR PRIMERA VEZ CON EL PLANETA URBANO AL DÍA SIGUIENTE DE SU GLORIOSO PARTIDO FRENTE AL ARSENAL EN EL CAMP NOU DE BARCELONA. SU HISTORIA, LAS GANAS DE SER EL NÚMERO UNO DESDE CHICO Y LOS DESAFÍOS QUE ENFRENTA POR LA COPA AMÉRICA 2016 Y EL MUNDIAL RUSIA 2018, EN UN REPORTAJE QUE REPASA SU ASOMBROSA HISTORIA PERSONAL.

¿Vas a soportar esto, hijo, vos acá solo en Barcelona?” 

“No voy a estar solo, papá. Te voy a tener a vos, y al equipo. Todo va a estar bien.” 

 

Leo Messi, de apenas 12 años, consolaba a su padre en el aeropuerto de Barcelona mientras atrás, de regreso a Rosario, estaban su madre, Celia, y sus hermanos, Matías, Rodrigo y María Sol. La familia, siempre unida, se dividía por primera vez. Había tristeza en la despedida, esa angustia que sobreviene cuando los seres más queridos pasan los controles aeroportuarios y parecen desvanecerse luego de un interminable abrazo que en algún momento debe terminar. Esa sensación invadió al padre de Lionel Messi el día que él y su mujer tomaron la decisión de apostar a su hijo, la Pulga, y separarse para acompañarlo en sus primeros pasos en el Barça.

En ese momento, quien tenía las cosas perfectamente claras era el menor de los tres hermanos varones: lo único que quería era jugar al fútbol, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para cumplir su sueño. “Vamos a volver cuando termine la temporada”, le había dicho a su madre antes del beso final, secándole las lágrimas con sus pequeños dedos. “Te lo prometo, mamá.”

Quince años después, estamos en Barcelona para la presentación de Lionel Messi como embajador de Huawei, una marca de celulares china que planea conquistar el mundo de la telefonía móvil. Para lograrlo, entre otras cosas, le han pagado 15 millones de euros al mejor jugador del fútbol de la actualidad. Messi está frente a nosotros, dando una de las pocas entrevistas que concede una vez al año, y arranca la charla hablando del esfuerzo, del sacrificio y de la determinación. Esos tres pilares que a los seis años lo llevaron a jugar en El Grandioli, el club más malo de Rosario. “Algo es algo”, le decía a su abuela Celia, primera impulsora de su carrera a tan corta edad y responsable, gracias a una sabia perseverancia, de hacer ingresar a su nieto en las filas más inferiores del famoso Newell’s Old Boys de Rosario.

“Desde muy chiquito hice grandes sacrificios, muchos esfuerzos. Siempre soñé con triunfar en lo que me gustaba, que era el fútbol, con poder hacer una carrera con esto. Y la verdad es que tuve que pasar por muchas cosas durante todo ese camino. Fue duro, pero nunca dejé de soñar con lo que quería y por suerte lo pude cumplir”, dice apostado en su silla, vestido con remera, zapatillas, campera y jean de Adidas –como si fuera un adolescente– y hablando siempre bajito, corto, humilde, casi asustado.

 

“Si regreso a la Argentina el día de mañana, cosa que me encantaría, el club sería Newell’s.”

Ciento cincuenta periodistas de todo el mundo han viajado a Barcelona para verlo de cerca, intentar hacerle alguna pregunta, lograr la tan ansiada entrevista. La histeria general se evidencia en los salones del hotel Juan Carlos, en las afueras de la ciudad, donde los PR de Huawei intentan controlar al monstruo de la prensa mundial y seleccionar, entre gritos, empujones y las más desesperadas súplicas, a los afortunados que podrán entrevistar a Lío.

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El día anterior a la conferencia de prensa, fui por primera vez en mi vida al estadio Camp Nou. Allí jugaban Barcelona-Arsenal, en una reñida disputa por la Champions League, bajo una incesante lluvia y miles de almas de todas las nacionalidades excitadas por presenciar el encuentro. Empapado, sin paraguas ni pilotín alguno, ingresé ansioso en el estadio luego de pasar los primeros controles. Di media vuelta a la cancha para encontrar mi puerta de acceso y, una vez allí, en el último paso antes de entrar, un controlador escanea mi ticket y me dice que no es válido, que una persona ya pasó cinco minutos antes con esa misma entrada, que es duplicada, trucha, que no sirve.

Grito, pataleo, suplico, exhibo mi carnet de prensa y puteo hasta que viene un guardia de seguridad y pienso que todo está perdido, que no podré ingresar en el campo, que no veré a Messi y que si no logro presenciar ese partido mucho menos lograré entrevistarlo al día siguiente.

Ofuscado, escapo bajo la lluvia sin rumbo fijo, hasta que milagrosamente me topo con una de las señoritas chinas de la marca de celulares que nos había llevado hasta allí y nos había comprado los tickets y, casi llorando, le digo: “Volé catorce horas para ver este partido, ¿cómo me van a dejar afuera?”. La PR, confundida, se apiada de mí y en un acto de inmolación frente a la compañía para la que trabaja me ofrece su palco y se queda afuera del partido. Hay tanta histeria en el ambiente que no dudo en agarrar el ticket y regresar corriendo a la entrada, casi sin agradecerle.

Cinco minutos después, Messi y su equipo ingresan en el estadio con una ovación monumental y yo, a pocos metros del ídolo y en esa cancha, siento una emoción indescriptible. Días más tarde, leyendo la biografía Messi. Su asombrosa historia, escrita por el catalán Michael Part, noto que su primera entrada al Camp Nou fue casi tan accidentada y perseverante como la mía. Salvando las distancias, claro está.

La historia cuenta que Leo y su padre llevaban encerrados dos semanas en un hotel céntrico de Barcelona esperando el llamado de un directivo del club para saber si concretaban o no el tan ansiado contrato que llevaría a Messi a la gloria mundial. Su padre, siempre estricto, no le permitía salir del hotel. La biografía dice: “Cuando Leo no aguantaba más la espera, cogió su pelota, salió furtivamente de la habitación y corrió por el pasillo hasta los ascensores. Al cabo de dos segundos estaba fuera, en la Plaza España. Entonces dejó caer la pelota, la pateó y corrió por la acera tras ella tan deprisa como pudo, pasándosela de un pie a otro, gambeteando entre los transeúntes, siempre con un control total. Luego se detuvo, examinó el plano del estadio que llevaba en su bolsillo y encontró una de las puertas de servicio. Allí esperó paciente hasta que un carrito de cajas pasara y consiguió entrar. Toda su vida había soñado con estar ahí, y ahora tenía ante sus ojos uno de los mayores estadios de fútbol del mundo.

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“Mi empresa y la obra social ya no pueden pagar tu medicación”, dijo Jorge Messi. 

“¿Eso quiere decir que ya no voy a crecer más, papá?”, preguntó su hijo, angustiado.

La mayor preocupación de Leo, desde que tuvo uso de razón, fue su pequeña estatura. A los diez años, estando contratado por Newell’s Old Boys, el doctor Schwarzstein, un médico rosarino fascinado con las gambetas prodigiosas de la Pulga, le diagnosticó DHC, un trastorno conocido como deficiencia de la hormona de crecimiento. La buena noticia fue que el asunto tenía cura; la mala, que el tratamiento costaba mil quinientos dólares al mes, casi el sueldo entero de la familia Messi.

En un principio, la metalúrgica Acindar, donde trabajaba Jorge, accedió junto con la obra social a hacerse cargo de los gastos. Así, cada mañana, Leo se daba (él mismo) una inyección en la pierna derecha, mientras sus hermanos lo miraban espantados de la impresión. “No se asusten, ustedes lo harían si les sirviera para ser más altos”, se defendía él.

 

“Me gusta lo que hago e intento superarme cada día. Yo sólo pienso en jugar al fútbol.”

La ilusión de finalmente crecer se vio interrumpida cuando Acindar dejó de pagar el tratamiento. La familia Messi buscó ayuda en Newell’s, pero los directivos del club sólo corrieron con los gastos unos pocos meses, hasta que los cheques dejaron de llegar. Los padres de Leo, siempre firmes en la determinación de hacer realidad el sueño de su hijo, viajaron entonces a Buenos Aires para probar a la Pulga en River, con la esperanza de que el gran club porteño pagase el tratamiento. Leo pasó las pruebas y los directivos del Millonario decidieron contratarlo, aunque desistieron al enterarse de que tenía contrato con el club de Rosario y habría que negociar un pase. “No vamos a poner un peso en un chico de once años”, dijeron, y ahí se acabó el asunto.

El resto es historia conocida: un hunter del Barça lo vio jugar en Rosario, se lo llevó a una prueba al otro lado del Atlántico y fue así cómo uno de los clubes más grandes de Europa se arriesgó a contratar a un joven de 12 años y pagar su tratamiento con hormonas de crecimiento.

Lo cierto es que River rechazó a Messi, y aunque él no parece guardar rencores, cuando le preguntamos sobre su posible regreso a la Argentina la respuesta es tajante.

 

 

–¿Hay chances de que juegues en River o en otro equipo que no sea Newell’s cuando regreses a la Argentina?

–No, eso ya lo expliqué. Fue un comentario por respeto, nada más. Si regreso a la Argentina el día de mañana, cosa que me encantaría, el club sería Newell’s.

–Pero estás por firmar una extensión de contrato con el Barcelona. ¿Hay alguna esperanza para el hincha del club de Rosario?

–No. Como dije antes, no sé cuando va a ser, ni si se hará o no. Ahora pienso en el día a día, y si eso se da, va a ser dentro de varios años. La realidad es que no sé lo que va a pasar de acá a mañana, así que no puedo decir o prometer que voy a volver, porque no sería sincero de mi parte. Sí te puedo asegurar que me encantaría volver a jugar en el pueblo argentino y en Newell’s, pero de ahí a que se dé, depende de muchas cosas.

–Siempre alcanzás nuevos récords deportivos, ¿es algo natural en vos?

–Gracias a Dios siempre pude superarme y lograr mejores cosas. Me gusta lo que hago e intento superarme cada día. Yo sólo pienso en jugar al fútbol, que es lo que me gusta. Todo lo que viene detrás de eso es secundario. Hago lo que me gusta, lo que disfruto, e intento ser mejor cada día y seguir consiguiendo los objetivos.

–Se dice muy a menudo que sos el mejor jugador de la historia. ¿Qué te hace sentir eso?

–Bueno, la verdad es que no pienso en eso. Lo siento y lo agradezco, me ponen contento las cosas lindas que se dicen y escucho sobre mí, pero, como te dije anteriormente, yo me concentro en disfrutar de lo que me gusta, que es jugar al fútbol, e intento ser cada día mejor, seguir aprendiendo, no conformarme con lo que tengo, conseguir cada día más sin pensar en otras distracciones. Lo que se habla lo habla la gente, y yo sólo puedo estar agradecido de todas las cosas lindas que se dicen.

–¿Tu gran objetivo ahora es ganar la Copa América en los Estados Unidos?

–Mi objetivo siempre es ganar todo lo que pueda, ya sea con el Barcelona o con la Selección argentina. Creo que esta Copa América que se viene es una nueva oportunidad para nosotros. Después de haber estado tan cerquita en dos finales seguidas, llega ahora una nueva oportunidad que intentaremos aprovechar. Daremos lo mejor para conseguirla. Ese es el sueño de todo el grupo, que viene luchando desde antes del Mundial.

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Leo conoce de frustraciones. Como dice al comienzo de este artículo, su vida estuvo marcada por el sacrificio y la determinación: desde que tenía seis años y la contextura de un niño de cuatro, sus ganas de jugar al fútbol lo animaron a enfrentarse a gigantes en estatura pero pequeños al lado de su habilidad y talento.

Desde entonces, enfrentó las adversidades médicas y económicas, siempre se mantuvo firme en entrenar y cumplir sus objetivos, en mantener una vida sana lejos de los excesos de otros grandes del fútbol y conservar la humildad de los verdaderos grandes. Todos sabemos de sus asignaturas pendientes con la Selección nacional, y muchos estamos seguros de que no se detendrá hasta obtener un gran título con la camiseta de su país.

–¿Cómo es la sensación de que los triunfos siempre se te den en las copas europeas con el Barcelona y no suceda lo mismo con nuestra Selección? ¿Duelen las últimas finales perdidas al frente del equipo argentino?

–Obvio que todavía duelen la final del Mundial y la final de la Copa América. El estar tan cerquita de poder cumplir el objetivo, de poder ser campeón del mundo, campeón de América, que estuvimos a nada de que suceda, y que no se nos haya dado, la verdad fue muy doloroso.

 –¿Cómo te ves de cara al próximo Mundial de Rusia 2018?

–El hecho de pensar en un nuevo campeonato mundial me llena de felicidad, estoy muy agradecido con mi Selección y muy contento de poder pertenecer a ella. Ojalá así sea por mucho tiempo y logremos los objetivos que siempre pretendemos.

 
–¿Cuál es, para vos, esa magia que hace tan especial al tridente de delanteros del Barça, que los hace únicos en el mundo?

–Creo que la buena relación que hay no sólo en el tridente sino en el vestuario entero. La humildad que tiene el vestuario para hacer el trabajo que hace día tras día y salir a jugar cada partido que le toca, poner todo en cada entrenamiento, la mentalidad de querer siempre superarse, de poder seguir consiguiendo cosas. Hay gente que lo ganó todo y sin embargo sigue luchando de la misma manera, como si no hubiese ganado nunca nada, y eso refuerza el grupo. No sólo hablando de los tres sino de todo el plantel, creo que eso es lo más positivo y lo que más rescato: las ganas de seguir consiguiendo cosas y el buen ambiente que se vive día a día.

Lionel Messi finaliza la entrevista y se despide con la calidez y amabilidad de un hombre bueno. Sabe que los ojos del mundo entero se posan sobre él para la Liga de Campeones y siente la presión de los argentinos por regalarnos sus maravillosos goles en las eliminatorias del Mundial y en la incipiente Copa América.

Alcance o no “los objetivos”, como le gusta decir, estamos seguros de que pondrá en marcha su magia y dará todo de sí para alcanzar esa gloria nacional que muchos argentinos, quizás erróneamente, sentimos que nos debe. Cuando habla de la Selección argentina, nos ilusionamos con que nos prometa lo mismo que le dijo a su padre a los pocos días de ingresar en la escuelita del Barcelona.

“Bien, hijo mío. Ahora que jugás con el Barça, ¿cuántos goles vas a meter en tu primer año?”

“Un montón, papá”, dijo Leo, y sonrió mientras salía del aeropuerto para convertirse en la máxima estrella actual del fútbol mundial.