Es el arquitecto más importante del país. Sus trabajos son reconocidos en todo el mundo y su impronta lo llevó a innovar en las ciudades más evolucionadas. De Buenos Aires a Nueva York, de Malasia a Hong Kong, la imaginación no tiene límites.


Caminaba por las calles de Sevilla, en España, cuando la guía nos detuvo en seco para mostrar el rascacielos más alto de la ciudad, nos explicó que la Torre de Sevilla había sido diseñada por un argentino, naturalizado estadounidense. Me emocioné. Me pregunté cómo se ve el mundo desde la altura a la que llegó César Pelli, dibujando los skyline de las ciudades más importantes del planeta. Me pregunté en qué se inspiró un gigante de la construcción para cincelar todas esas curvas que dejan perplejo a más de uno, desde Buenos Aires hasta Hong Kong. “Le debo todo lo que soy a mis padres”, suelta Pelli, con una modestia que sorprende para alguien que es el mejor arquitecto argentino. Hijo de padre medio artista y madre profesora de Geografía, Pelli reconoce que fueron ellos la génesis de una vida repleta de logros y reconocimientos.

Centro de Artes Escénicas de Adrienne Arsht, Estados Unidos.

–Cuando la gente habla de los tucumanos famosos, habla de Lola Mora, Mercedes Sosa y César Pelli.

–Me honrás poniéndome en ese grupo.

–¿En la escuela ya soñabas con todo lo que finalmente lograste?

–Tuve la ventaja de haberla empezado muy temprano: a los 4 años. Ahí era muy chico, pero cuando ingresé en la Universidad Nacional de Tucumán a los 16, mi cabeza empezó a soñar en grande. La carrera de Arquitectura era muy nueva. “Si pierdo un año no me importa”, pensó, pero al poco tiempo se enamoró de lo que estudiaba. Cuando se recibió, se casó con Diana Balmori y aplicó a una beca para un posgrado en los Estados Unidos. Se la dieron y tuvo que vender todos los regalos de casamiento para poder viajar. Como la plata no alcanzaba, probaron suerte en la ruleta, perdieron todo y finalmente una tía lejana les prestó el dinero.

–¿Pasaste malos momentos al principio?

–Cuando llegamos a los Estados Unidos no teníamos un centavo, no había plata ni para comer.

–De no tener dinero para el pasaje te convertiste en decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Yale.

–Nunca se me pasó por la cabeza que eso fuera posible. Al mismo tiempo, me habían ofrecido el decanato de Harvard, pero fui a visitar la universidad y estaba organizada de una manera que no me hubiese servido. Yale me dejó trabajar con libertad.

Torres Petronas, situadas en Kuala Lumpur, capital de Malasia

–Atravesaste varias décadas de cambios en la arquitectura, ¿cuáles fueron?

–El cambio más notable, por supuesto, fue el de la tecnología. Las computadoras no existían cuando yo me recibí. Hoy, la computadora cambió todo. Se puede proyectar un edificio de una manera fidedigna. Ahora, nuestros planos de obra son un grueso de muchos centímetros. Hasta hace unos años era ilógico suponer un edificio absolutamente transparente. Se modificaron los materiales, las maneras y la forma de construir.

–En un planisferio puedo marcar decenas de países en los que trabajaste, ¿hay que pensar la idiosincrasia de cada lugar? 

–Eso es muy importante para mí, nosotros diseñamos para cada ciudad, pensamos el lugar en donde el proyecto tiene que estar. El edificio es un componente con el que construimos la gran obra de arte que es la ciudad.

–¿El trabajo que te dio fama mundial fue el de las Torres Petronas de Malasia?

–Por el carácter. Fueron hechas en un país que, en esa época, se consideraba del tercer mundo, y nosotros construimos las torres más altas del mundo allí. Eso fue una revolución.

Y no es para menos, las Petronas fueron durante mucho tiempo los edificios más altos y, hasta hoy, son el único motivo por el que millones de turistas viajan a Kuala Lumpur. Al subir las escaleras del metro, abruman con su presencia. Sus luces interrumpen en un atardecer de ensueño de una ciudad exótica y están rodeadas de personas que apuntan sus celulares para la selfie perfecta. Cuidado: la foto de noche parece de Photoshop, por la luz que encandila.

–¿Tuviste que pensar lo que era Malasia para planearlas?

–Muchísimo, tuve que meterme muy profundamente en la cultura del país, en las preferencias visuales de los malayos, no fue nada fácil.

Fue un proceso bastante largo: el estudio de Pelli fue elegido entre otros tantos y ganó porque pensaron un proyecto que identificara a Malasia, difícil tarea para un país que no tenía arquitectura propia además de la heredada en el periodo colonial.

–¿Cuando comenzaste a recibir pedidos de edificios tan importantes, hubo que armar todo un estudio?

–No pensaba tener uno, eso fue muy lindo. Mucha gente comenzó a trabajar muy de jovencita y se formó conmigo. Estamos en la misma oficina que abrimos hace 41 años.

Pelli Clarke Pelli Architects tiene su oficina central en New Haven, Connecticut, y emplea a 150 personas en todo el mundo. Antes, Pelli era capaz de viajar de Hong Kong a Milán o de Nueva York a cualquier país de Asia en la misma semana. Más de una vez visitó de incógnito algunos de sus edificios y paró las orejas para escuchar qué era lo que decía la gente. Ahora, sus médicos no lo dejan tomar un avión y es por eso que sus días transitan en una amplia y cómoda casa que tiene en la misma ciudad de su estudio. Dice que en el jardín ya empiezan a asomar las primeras flores, ya no soporta el frío del crudo invierno y celebra que se esté apareciendo la primavera.

–El que tenés ahora no es un clima muy tucumano. ¿Extrañás los sabores de 

Museo Nacional de Arte de Osaka, Japón

tu infancia?

–Hay una señorita de Tucumán, ahí en New Haven, a la que cada cuatro o cinco meses le compro varias docenas de empanadas congeladas.

–Hace varios años tuviste un proyecto de casas sociales en tu provincia, ¿cómo fue esa experiencia?

–Fue un trabajo importante para mí porque me emocionó muchísimo. Ahora estamos construyendo un Centro Cívico, el nuevo aeropuerto y un lugar de entrenamiento para deportistas en altura. Además, tenemos un proyecto en Jujuy para construir el museo de Lola Mora, a quién le tengo un gran respeto, fue una gran artista.

–Y en Mar del Plata hay tres torres que miran al mar. 

–Los edificios Maral están emplazados de una manera fenomenal, van a ser muy bonitos.

–¿Ibas a veranear a Mar del Plata cuando eras chico?

–Nunca, la primera vez que fui a veranear fue hace como diez años, con 20 personas de mi familia. Fue lindísimo, pasamos un par de semanas gloriosas.

Cuando uno repasa el trabajo de Pelli, se da cuenta de la diversidad de lo que tuvo que hacer, desde la remodelación del MoMa, en Nueva York, y un complejo en Las Vegas hasta la embajada de los Estados Unidos en Tokio. Hay un Pelli auténtico en el centro financiero de Hong Kong, y en Madrid un taxista señala la Torre de Cristal como si se tratara de la Torre de Alcalá o la Plaza de Cibeles. Logró ser un artista, estar en los libros de Historia por los cielos que desafió con sus obras.

–¿Qué les decís a los estudiantes de Arquitectura?

–La arquitectura es una profesión muy linda que dura toda la vida, gocen de ella, aunque haya trabajos chiquitos hay que gozarlos.

–¿Hacia dónde están yendo las ciudades?

–Creo que hay que repensar la manera de vivir en las grandes ciudades. La cantidad de gente que está emigrando a las ciudades está cambiando su carácter, y no para bien.

–¿Cuál es la prioridad: la forma o la funcionalidad?

–Ambas cosas tienen que funcionar muy bien, tiene que ser una hermosa forma y un edificio funcional. Las dos son esenciales, no podés sacrificar una por la otra.

–¿Le tenés un cariño especial a alguno de tus trabajos?

–No puedo decirte eso, es como que me preguntes a qué hijo quiero más, no puedo tener edificios favoritos. Son todos igualmente importantes para mí.