Su talento se hizo conocido gracias a la viralización de un corto que grabó junto a El Niño Rodríguez. Hoy, instalada en Barcelona, disfruta de su momento y de su papel protagónico en una de las series españolas más exitosas de Netflix: Las chicas del cable.


Y ahora viniste? Si están mucho mejor en tu país que acá…” Corría 2011 y Andrea, nacida y criada en Haedo, provincia de Buenos Aires, recibía en Madrid esas primeras impresiones de su mudanza a España, un sueño que había meditado lo suficiente pero que ahora la enfrentaba a un escenario complejo: la crisis económica que aún hoy impacta en los bolsillos ibéricos. Con cierta sensación de estar siempre “viviendo al revés”, Andrea decidió que igualmente ese era su destino y que nada le impediría asistir puntual a cada casting y audición que se le presentara. “Al comienzo no fue sencillo. Digamos que me topé un poco con esto de ser una actriz argentina más en España”, recuerda.

En el medio, claro, sucedió el boom de Ni una sola palabra de amor, el premiado corto que El Niño Rodríguez armó sobre la base de una serie de audios reales que encontró en un viejo contestador automático en un mercado de pulgas. Con Andrea como única actriz, en la piel de una angustiada María Teresa, el video se hizo viral apenas comenzó a compartirse por la web. “El Niño siempre me dice: ‘¿Te acordás el e-mail en el que me insistías para subirlo a YouTube? Ahí tenés el resultado’. Lo loco es que ambos queríamos hacerlo pero para que lo vieran nuestros amigos y familiares. Jamás podríamos haber imaginado el tsunami de repercusiones que llegó después. Yo no estaba en Buenos Aires en ese momento (otra vez el síndrome de vivir al revés), viajé un poco después y el furor seguía. No dormí durante días, mirando las redes, respondiendo e-mails, mensajes, haciendo notas. Y la frutilla del postre fue la aparición de los verdaderos Enrique y María Teresa, dos personas realmente adorables”, remata hoy desde su definitivo hogar en El Born, uno de los barrios más señoriales y cool de Barcelona. Allí vive junto a su novio catalán, un empresario gastronómico que la conquistó hace ya seis años.

–Hoy estás en una serie muy reconocida de Netflix, pero la inestabilidad laboral siempre es un tema para los actores. ¿Cómo lo llevás vos, es algo que sufrís?

–Sí, claro que lo sufro. Yo siempre digo que nuestro trabajo es buscar trabajo. Vivimos así. Hay momentos muy buenos, de mucha fluidez y felicidad, pero después siempre llega el momento del paro, como dicen en España. Y ahí depende cómo la piloteás. Yo trato de mantenerme siempre activa, con proyectos propios, dando clases o simplemente poniéndome a escribir. De todos modos, debo decir que hace años vengo trabajando con bastante regularidad.

–¿Ser linda te abre puertas o te encasilla?

–Yo creo que en esta profesión todo te encasilla en algún punto, ya que gran parte de lo que sucede tiene que ver con la imagen, con lo que se ve. Cuando sos más joven quizá te impulsa un poco más el hecho de ser linda, ya que los personajes suelen estar algo estereotipados en torno de eso, pero una vez que pasaste la barrera de los 30 creo que eso se agota.

–¿Luchaste mucho en España por tu acento? 

–Sí, y lo sigo haciendo. Los argentinos solemos tener una idea del acento español que una vez que te lo ponés a trabajar en serio te das cuenta que no tiene nada que ver. Parece sencillo, pero no lo es. Es como hablar otro idioma, de verdad. La prueba está en que hice muchos castings con acento español y al final ¡siempre me llaman para hacer de argentina!

–Como en Las chicas del cable. ¿Hubieses preferido ser una española más en la serie?

–No, me encantó que me den este personaje. Es un orgullo y, en algún punto, un alivio. ¡Puedo hablar mi idioma sin culpa!

“Yo siempre digo que nuestro trabajo es buscar trabajo. Vivimos así. Hay momentos muy buenos, de mucha fluidez y felicidad, pero después siempre llega el momento del paro, como dicen en España”

–Entraste en la historia junto a otro compatriota, Ernesto Alterio.

–Sí, pero él no tendría problemas con el español, tienen un acento perfecto. Si bien nació en la Argentina, la mayor parte de su vida la pasó en España. Envidio muchísimo su acento.

–¿Qué fue lo que más adoptaste vos viviendo allá?

–No sé si llegué a adoptar del todo, pero sí es evidente que estando en el medio de Europa te dan ganas de viajar a todos lados, todo el tiempo. Encima, los pasajes de avión son realmente muy baratos, podés hacerte escapadas de tres o cuatro días a ciudades que jamás hubieses imaginado. Hasta ahora me enamoré fuertemente de dos: Lisboa y Marrakech. Muy distintas entre sí, las dos me volaron la cabeza. Son muy especiales, como de otro mundo.

–¿Y en Barcelona qué lugares recomendarías para salir a comer o para tomar algo?

–Hay muchos. La oferta es realmente impresionante. A mí me gusta mucho un restaurante de comida vegetariana que se llama Flax&Kale. Queda en El Raval y fue uno de los primeros lugares que me flashearon. Y si vamos a lo más tradicional, te diría que Romesco es imperdible. Chiquito, superbarato y con mucha onda.

–¿El de tu novio cómo se llama? 

–La Bul. Es de los que te sirven el típico menú español, con primer plato, segundo y postre. Para ir a comer con tiempo y tranquilo. Hacen unas pastas espectaculares.

–¿En tu casa la cocina es territorio suyo? 

–No, es una tarea compartida. Como todas las tareas domésticas, ya sea lavar, barrer, planchar… Así debería ser siempre, ¿o no? (sonríe orgullosa).

–¿Cómo se lleva con tus costumbres argentinas?

–Muy bien. Tenemos un gran grupo de amigos argentinos. La yerba y el dulce de leche ya están incorporadísimos en los supermercados locales. Y en nuestra vida también. Mi novio toma mate como todos. Y le encanta.

“Estoy absolutamente a favor de la despenalización del aborto. El reclamo, además, es muy claro e integral: educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”.

–Ya se pueden casar.

–Para serte sincera, no es un tema que esté muy presente en nuestras charlas. No creemos demasiado en los papeles, y la famosa boda de blanco jamás fue un sueño para mí. Si pinta una linda fiesta o ceremonia (pequeña), genial, pero si no, no pasa nada. Sé que nuestro compromiso pasa por otro lado.

–¿Ser padres es un proyecto cercano? 

–Sí, nos encantaría a los dos. Yo soy joven, pero tampoco tanto, tengo 35. Debería planteármelo quizá con más urgencia. Pero los dos coincidimos en que este no sería el momento más indicado. Estamos con mucho trabajo, viajes y movimiento. Más adelante, seguro.

–¿La experiencia del corto te dejó alguna lección sobre el amor?

–Sí, y de hecho fue una de las cosas que hablé con María Teresa cuando la conocí. Ella misma, al escucharse a la distancia, reflexionó sobre eso, sobre la dependencia emocional que uno a veces construye en torno de una relación. Por supuesto que pueden variar las formas, los niveles y demás, pero si hay algo que esos mensajes nos dicen a todos es que no está bueno depender tanto del otro. No es bueno para nadie, mucho menos para la pareja.

–Tanto en España como acá, el feminismo ha ayudado a impulsar muchos debates. En nuestro país, la legalización del aborto es claramente uno de ellos. ¿Tenés una posición tomada al respecto? 

–Estoy absolutamente a favor de la despenalización. Por supuesto que entiendo que es un tema superdelicado y sensible para muchos, pero a la vez creo que las cifras hablan por sí solas de la necesidad y urgencia de una ley que regule este tema. No se pueden seguir muriendo tantas mujeres por abortos clandestinos. Y una cosa más, los mismos números también demuestran que en los países donde se legalizó, como España, el número de abortos no aumentó. Más bien disminuyó. El reclamo, además, es muy claro e integral: educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir. Ese es el camino que pedimos todas.