Los Estados Unidos viven un nuevo boom inmobiliario: el de las comunidades agrícolas que ofrecen acceso a una huerta propia y comida. De a poco, los argentinos toman esa iniciativa y en algunos pulmones de la ciudad se empiezan a ver los resultados de un pequeño cultivo. Todo natural, ¿pero a qué precio?


Esta tendencia existe desde antaño, pero va virando de nombre y características. Agrihoods es una corriente originada en Europa y los Estados Unidos que, cansada de leer las etiquetas de los productos procesados, decidió ir por su propia cosecha. Se trata de vecindarios agrupados en torno a un trozo de tierra ecológica cultivable o cultivada que disfrutan de ella a través de intermediarios; de ello se ocupan agricultores contratados. “Gente poco natural”, ironiza un artículo de El País que describe esta particular cultura del “hágalo usted mismo” pero que trabaje otro.

En los Estados Unidos existen alrededor de 200 comunidades agrícolas en las cercanías de Atlanta, Phoenix y Fort Collins, entre otras ciudades. Allí se mezclan graneros propios, cocinas comunitarias al aire libre, árboles frutales y huertas. Si bien esta tendencia comenzó con la crisis de las hipotecas subprime estadounidenses de la década pasada, hoy se apropia de hasta los campos de golf. En Springs, California, en lugar de que haya 18 hoyos y un green reluciente, hay senderos, estaciones de ejercicios, casas y condominios sustentables de lujo. Según el Urban Land Institute, son comunidades de viviendas planificadas en forma maestra, zonstruidas con altos estándares ambientales, con paneles solares, compost, energía renovable y en algunos casos estaciones de carga eléctrica. Para comer no hay que ir a comprar nada a la ciudad: todo está allí y es natural.

El costo es alto: cada una de estas viviendas de elite está valuada entre 300.000 y 700.000 dólares, más “expensas” correspondientes a comida fresca y verde por doquier. En algunos casos, según el barrio, como en Rancho Mission Viejo, superan el millón de dólares. Sus amenities son granjas comunales con huertos y espacio para talleres, jardineras elevadas, cultivos en el suelo, árboles frutales y una larga lista de eventos comunitarios estacionales.

Básicamente, tal y como los argentinos lo conocemos, serían barrios cerrados que cultivan sus propios alimentos sin desperdiciar ninguno de los beneficios de este tipo de comunidad: internet, transporte y todo dentro de los márgenes para vivir en una burbuja que ofrece experiencias “como del campo” pero en la ciudad y sin hacer nada. El brunch de este tipo de vecinos son huevos frescos de la granja con miel casera y frutas recién arrancadas del árbol. Los que desean, pueden aprender con sus hijos a cultivar, y los que no, pago mediante, sólo disfrutar de la frescura de la naturaleza. Tan exclusivo y/o extravagante es este nuevo lujo estadounidense que en Walden Monterey, un sitio ubicado cerca de Silicon Valley, se ofrece plataforma de yoga al amanecer, una casa en el árbol y jardines de meditación zen.

En la Argentina, la idea es cultivar el espíritu además de los alimentos. Tener información sobre todas las especies cultivadas y la posibilidad de realizar intercambio de semillas con cada uno de los agricultores.

La agricultura sostenida por la comunidad (CSA, por sus siglas en inglés) es un sistema que nació en Japón, Alemania y Suiza y que luego se extendió a los Estados Unidos, Canadá, Francia, Australia, Nueva Zelanda y otros países. En Japón, por ejemplo, llegó a involucrar a 17 millones de seguidores del sistema Teikei, aunque la diferencia abismal es que es una propuesta comunitaria sin fines de lucro, basada en la colaboración.

En la Argentina también existen numerosos proyectos de huertas comunitarias, más similares a Teikei que al Agrihood estadounidense. Se trata de proyectos autogestionados con mucho esfuerzo y en busca de poder llegar a más gente. Están orientadas a enseñar y difundir la soberanía alimentaria. Si bien hay muchas, las más conocidas son la huerta agroecológica del Centro de Estudiantes de Agronomía, la huerta del Corralón de la Comuna 10 (que está en proceso de licitación para convertirla en una plaza cultural), la red de huertas urbanas comunitarias de Buenos Aires, el espacio de Huertas Comunitarias de Zona Sur, la huerta del callejón del mercado orgánico de Chacarita o la Huerta Orgazmika. Años atrás, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) organizó Pro-Huerta, programa luego potenciado por el Plan de Agricultura Urbana que impulsa formas integradoras de producción y comercialización de alimentos. En Neuquén, Rosario, Tucumán y muchas provincias argentinas hay proyectos comunitarios. Por otro lado, la página Huertas Urbanas (www.huertasurbanas.com) provee información para poder vivir de lo  que generamos, con experiencias propias y el objetivo de promover la producción de alimentos, plantas florales, aromáticas, hortalizas o frutales por parte de “gente común” en las ciudades. La idea es cultivar el espíritu además de los alimentos; tener información sobre todas las especies cultivadas y la posibilidad de realizar intercambio de semillas con cada uno de los agricultores, personas que simplemente decidieron plantar. A lo largo de este proyecto se cultivaron más de 80 especies frutales, árboles de hojas, frutos y flores comestibles en Junín, pero con lazos con todos los amantes de la naturaleza del mundo. En la web www.mihuerta.org.ar se aglutinan todos los proyectos de Huerta Niño, con un mapa interactivo para ver cuál queda más a mano y qué proyectos hay en danza en el país y los alrededores. Nada que se le parezca a los Agrihoods, pues no necesitamos miles de dólares para comenzar a comer más sano y relacionarnos desde la nutrición con la comunidad.