Dos escritoras, una consagrada y la otra, una de las grandes voces de la nueva generación. Dos libros de cuentos en donde el cuerpo es el protagonista. Dos escenarios: la ciudad y su furia, y el campo y sus secretos.


Camila Fabbri es dramaturga, actriz y a sus 26 años, con varias obras de teatro en su haber, publicó Los accidentes, su primer libro de cuentos: historias sumamente perturbadoras en las que el cuerpo suele estar en primer plano. “Mordíamos la acera y después nos besábamos. Nuestras sangres, medio rosas, brillaban”, dice la narradora de “Nacimiento”, el relato que encabeza el libro, en el que una pareja juega a tirarse de la mano contra autos en movimiento y después hacen reposo juntos para curarse. “El colectivo pasó por delante nuestro y en un envión, nos tiramos. Lo primero que pasó es que nos raspamos grave las espaldas. Las nucas. Nuestros pelos fueron a parar debajo de una de las ruedas de adelante. Hicimos ruido. También el transporte”. Su morbo compartido está en el recuento de cicatrices y costillas rotas y, sobre todo, en la adrenalina que les produce no saber si la próxima vez van a salir vivos. Es un cuento que tiene algo de la película Crash, de David Cronenberg, basada en la novela homónima de J. G. Ballard sobre un grupo de personas
que experimentan una particular excitación sexual con los accidentes de autos.

Otro de los relatos, “Condición de los buenos nadadores”, también tiene como eje al cuerpo. En este caso, el de un chico gordo que intenta bajar de peso nadando bajo las órdenes de su padre, quien le empieza a contar que conoció a un hombre con el que empezó una relación amorosa. El hijo se hunde en el agua para no escucharlo mientras su papá le dice que no se siente afeminado por besar a otro hombre y que “todos necesitamos ser un poco baboseados”. Un cuento que además termina con una vuelta de tuerca que resignifica todo ese monólogo y que interpela a las distintas identidades sexuales e identidades de género, con sus salidas del placard pero también con sus mutismos. Son historias que además capturan distintos momentos de la niñez y la primera juventud y los peligros que encierran. Por ejemplo, en “Lautaro y la pólvora”, donde un adolescente fabrica bombas caseras, o en “Agujeros”, donde un par de niños envalentonados juegan con un arma en la cena navideña. Los vínculos de madre e hija también están problematizados en Los accidentes, así como el resto de las relaciones familiares, que lejos de ser espacios confortables siempre aparecen un poco corridos, como si estuvieran fuera de foco, como si escondieran algo siniestro que conviene no revelar.

Camila Fabbri tiene una voz propia potente y reconocible, con un uso del lenguaje que alterna un registro infantil y a veces poético con frases durísimas de un pesimismo opresivo, pero a la vez fascinante. Una de las grandes voces de la nueva generación de escritores.

Puerca tierra

A mitad de camino entre un libro de cuentos y una novela, Tres hermanos, de Esther Cross, condensa 18 historias cortas en las que el campo es protagonista. Los tres hermanos a los que alude el título (dos varones y una nena, que son el eje de los distintos relatos) son chicos de ciudad que pasan los veranos en una estancia. En este escenario se ve el contraste de clases, el mundo de los peones y de los capataces, de los “crotos” y los “mensuales” que venden su mano de obra para el trabajo rural. Allí los chicos son a la vez actores y espectadores de este espacio con reglas propias que para ellos es un lugar de libertad, pero también de riesgo. En “Los que no volvieron”, los varones salen a andar a caballo con dos vecinos, pero salen cuatro y sólo regresan tres. Aprenden que lo que parecía inocuo puede resultar fatal, pero también aprenden a callar.

En buena parte de los cuentos, la tragedia está ahí, siempre cerca, latente. El paisaje bucólico y en apariencia tranquilo es un territorio lleno de incertidumbres que despuntan por detalles que parecen menores, como por qué cada tanto una lechuza aparece colgada de la veleta de un molino. El campo es un espacio violento, fascinante pero hostil, algo que se ve en la cría de animales y en su matanza (y no sólo para hacer asados). Como en “Negro”, cuando el padre de los chicos decide pegarle un tiro al único perro al que había querido en su vida, al enterarse de que está matando ovejas. No vacila: esos lanares son su hacienda y no duda en quedarse sin su mascota si por eso salva su capital.

Cross captura lo inquietante que se esconde detrás de las situaciones cotidianas, las fisuras familiares y los secretos que se aprenden a guardar desde chicos, con el campo en los años sesenta como telón de fondo, antes de las mismas hectáreas cambiaran de color y forma tras la explosión de la soja. Un gran retrato de la vida rural argentina, con sus tensiones de clase y sus peligros, narradas desde los ojos de la niñez.