Fin de año: sinónimo de festejos y festividades. En el mundo hiperconectado, la manera y los motivos de estas práctivas conjugan diferencias. Un pantallazo a la realidad de lo que llamamos “fiesta”.


A propósito de celebrar (del lat. celebrāre), vale la pena recordar las diversas acepciones del término. Es bueno avivar la memoria y el seso sobre una palabra que todo el mundo parece dispuesto a conjugar en tanto está ligada al festejo, a la necesidad de participar de un día de fiesta, instancia ideal para disfrutar y divertirse. Esto es, realizar un acto festivo por algo que lo merece. Celebrar tiene resonancias míticas, sagradas o profanas. Es, como dice el diccionario “ensalzar públicamente a un ser sagrado o un hecho solemne, religioso o profano, dedicando uno o más días a su recuerdo”. Resulta imposible soslayar celebraciones mitológicas como las dionisíacas en la antigua mitología griega: días de bacanales, libaciones eternas, orgías bravas. Dioniso “tenía la culpa” porque había sido criado en el bosque, junto a ninfas que conocían elixires mágicos. Y entrenado, también, por faunos y centauros hábiles en el ejercicio de placeres carnales. Oleadas de vino, ensoñaciones con flautas perturbadoras, mieles del bosque, las ninfas enseñaron a Dioniso por dónde venía la mano de la sabiduría, que surge de la tierra y el saber líquido que está en las fuentes, donde ellas se bañaban virginales, hasta que la demencia del elixir de los viñedos las enloquecía. Entonces se volvían ménades furiosas. Y en nombre de Dioniso todo estaba permitido.

El verdadero sentido de una fiesta –y podríamos agregar, de la vida, en general– es aceptar las reglas de juego que se le imponen a un sujeto. “Yo soy yo y mi circunstancia”, supo escribir Ortega y Gasset, y agregaba: “Y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Ojo al piojo.

Vean ustedes cómo debía uno comportarse en tiempos inmemoriales si era invitado a la Fiesta de Barmak, una reunión inventada por la noble familia persa de los Barmak, que aparece descripta en la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron, de Michael Page y Robert Ingpen. Se trata de poner a prueba el aplomo y el sentido del humor de una persona. Se la invita a una cena íntima en la que sólo se sirven platos y copas vacías. Según se van sucediendo los platos, el anfitrión insiste en la exquisitez y el sabor de la comida servida. Un individuo capaz de soportar esta prueba con la debida seriedad, halagando adecuadamente la comida y los vinos (inexistentes), puede ser considerado como una persona superior. Tal cual.

No resulta mala idea repetir la Fiesta de Barmak por estos tiempos que corren para probar la “vibra” de un burgués desprevenido. Las fiestas de diciembre suelen tener fama de ser un tanto plomíferas. Pero este 2017 augura destellos inquietantes por los infinitos temas que se han podido desarrollar entre pavo y pavo. El de Navidad y “el otro”, que le ha tocado en la mesa, muy a su pesar. A no desesperar: de inmediato nos acordamos de que el traje de la NASA para ir a Marte está listo para ser adquirido por los multimillonarios del hiperconsumo global anotados en el primer viaje comercial que enfile al planeta rouge. Aunque este traje es para los astronautas de la NASA, claro. Se llama Z-2, y aunque es sólo un prototipo, algunos de sus elementos se incorporarán en el traje usado por los primeros humanos que lleguen al extraño espacio cósmico que fabulaba Ray Bradbury en sus Crónicas marcianas. El traje tiene parches de emisión de luz y cables luminiscentes que pueden ser personalizados para identificar a los astronautas. El diseño venció a otros dos con el 63% de un voto público en el que participaron 233.431 personas. De modo que uno bien podría sugerir al compañero de mesa que no cuelgue antes de que los encuestadores terminen de hacernos la pregunta telefónica que nos atosiga diariamente en horarios insólitos. Porque quizá se trate de una encuesta sobre el Z-2 y nosotros no queremos quedar afuera del gusto de las mayorías. ¡Ja!

Otro tanto puede habernos ocurrido en Año Nuevo. O Noche Vieja, como dicen los españoles. En lugar de whatsappearnos con gente de la misma mesa, podríamos hablar de lo caduca que será esta aplicación el año que viene. Habrá una nueva mensajería: su nombre es Signal. Se trata de la gran referencia en materia de privacidad. En esta aplicación de mensajería, no queda absolutamente rastro de nada de lo que acontezca entre los interlocutores. El cifrado es de extremo a extremo (de hecho, su encriptación es la empleada por WhatsApp) y pueden efectuarse llamadas de voz y video también cifradas. La aplicación es multiplataforma, con lo que puede instalarse, incluso, en la computadora.

Y a nosotros la onda hispánica nos va bien gracias a la herencia festiva de la duquesa Cayetana de Alba (que Dios la tenga en su santa gloria), a quien tanto hemos visto bailar sevillanas en bodas ajenas y en la suya propia, a los 86 años, revistas del corazón mediante. Entre uva y uva –exactamente doce, hasta que la TV lo marque–, el tema del casorio del príncipe Harry (mucho más divertido y transgresor que William) podría ser una buena manera de olvidar que la fiesta en Europa, en el norte y en el sur, se terminó. Y que tendremos boda en el Reino Unido entre el príncipe europeo más sexi y con más glamour del momento y su ídem novia: actriz divorciada estadounidense (famosa por su rol en Suits, la serie de Netflix). Se llama Meghan Markle y es de una belleza suprema. Pelo negro de toda negrura, sin extensiones, en contraste con el pelirrojo Harry, de innegable parecido a Lady Di. Y sí, Meghan logró lo que las anteriores noviecitas de diverso currículum no pudieron. Finalmente, lo pescó. No se pesca un príncipe dos años menor y con un físico magro-musculoso (al menos bastante más flaco que el de Guillermo de Holanda) todos los días.

Pero seguro no se van a divertir tanto como los reyes de Holanda, que lo pasan bomba. No hace mucho estuvieron buceando en una de sus divinas islas del mar Caribe, de su propiedad, claro. La aristocracia, as usual, lo pasa genial. Porque son dueños verdaderos, en la era de la posverdad. Como en una película, las escenas de su vida conyugal van cubriendo la nuestra, para mirar hacia el año nuevo de redonda cifra par con cierta ilusión. Las vidas de la realeza tienen ese no sé qué suficiente para alejarnos de la enfermedad del hastío. De la noia. Como si viéramos una bella película.

A propósito de películas y de festejos. La celebración es el nombre de uno de los primeros filmes extraordinarios del grupo danés Dogma. Es de mediados de los noventa. Sólo recordarla le pone a uno la piel de gallina. Una familia de la alta burguesía danesa se reúne para festejar los 60 años del dueño de casa. Gran banquete, comida, bebida y gente espléndida. Entre copa y copa, la violencia, la venganza, la humillación y el oprobio de ciertos terribles secretos de familia que el alcohol destapa, transforman la velada festiva en un verdadero horror. Muy parecido al que podemos ver en los episodios de la serie de los ancestrales Vikingos, que para distraernos vemos en Netflix. Todo pasa y nada pasa. Las fiestas del universo de los bárbaros siguen más o menos igual. ¿O no? Chi lo sa.