En 2008 formó parte de la superexitosa Casi Angéles y, a partir de allí, su carrera fue en ascenso directo. Muy identificado con los adolescentes, no se encasilla en ningún género y se prepara para nuevos desafíos. Siempre sonriente, es mucho más que un galán de novela. 


Si tenés 33 años y sos actor, llamarte Victorio puede ser casi un regalo del cielo. Suena original, sofisticado; uno de esos nombres que, al momento de ser puestos, parecen marcar un destino. Seguramente, alguna de las enfermeras de la clínica en la que nació imaginó escuchar alguna vez “y el ganador es… Victorio D’Alessandro”, porque, claro, suena bien. Pero a los 15 se trataba más de contestar en reiteradas ocasiones: “Sí, boludo, me llamo Victorio”. No Víctor, Victorio. “Era como tener nombre de viejo”, confiesa entre risas la persona a la que el mundo del espectáculo nos presentó simplemente como “Vico”.

–¿Te molesta que te asocien con la ficción costumbrista o con la novela teen?

–No, todo llega. No me puedo quejar, soy un actor con continuidad. Y si mirás mi carrera, los personajes que tengo nunca fueron galanes. Fui un boxeador, un borracho; recién ahora, en Golpe al corazón o en Casi ángeles, donde éramos todos galanes, me tocó un poco más ese rol. A veces la televisión no te permite llegar a lugares muy alejados salvo personajes muy puntuales. Pocas veces te toca un personaje de tanta construcción, entonces hay que saber dar en la tecla, que tampoco es fácil. El culebrón es un género que lleva su realización y que tienen su verdad. A la gente le gusta encasillar, es muy fácil. Pero bueno, son opiniones. Si tenés un estereotipo ya sos galán, y por ahí estás haciendo escenas de la puta madre y les cuesta admitir el laburo. Ricardo Darín era galán y es el mejor actor de la Argentina. Somos un público raro a la hora del criterio artístico.

–¿Veías telenovelas de chico?

–¡Sí, veía Nano! Estaba enamorado de Araceli González. Después vi Alén, luz de luna. Más adelante ya fui a las tiras costumbristas de Pol-ka, tipo Gasoleros o Son amores. De pibe vi mucho más cine, la verdad. Eso fue lo que me llevó a actuar. Me vi todo lo de Mastroianni; tengo la colección de James Dean. Leía mucho, tenía todos los “Elige tu propia aventura”. El cine me pareció un canal por donde uno puede transitar un montón de cosas. Y ahí empecé a estudiar teatro, a los 14, 15 años.

–¿Terminaste el secundario?

–Sí, y estudié Abogacía. Di todas las materias pero a la hora de tramitar el título ya estaba grabando y relajé.

–¿Y cuál fue el quiebre? En algún momento el actor le ganó al abogado.

–Yo me metí en la carrera de Abogacía sabiendo que no quería trabajar como abogado. Me encantaba, igual. Ya estaba haciendo teatro pero no me veía viviendo de la actuación. Miraba un poco de reojo a la tele o al poder llegar a trabajar en cine porque me parecía que era muy difícil. Pero nunca saqué el pie del acelerador y dije “voy a probar igual”. Hay gente que nace sin la posibilidad de nada. Yo, que gracias a Dios la tengo y tengo una familia que me apoya, dije “voy a muerte con el teatro”, y si se daba, se daba. Si hoy fuese abogado, estaría actuando igual. Y se dio todo naturalmente. Hice muchas publicidades, y a partir de los 19, 20 empecé a castear más para televisión. Al principio no quería, creía que eran todos acomodados, estaba en una etapa de rebeldía. Y después se fueron dando las situaciones.

–Ahora que ya estás dentro de la industria, ¿confirmaste esos prejuicios que tenías?

–Es muy lindo trabajar en televisión, a mí me gusta mucho.

–¿Pero no hay nada malo?

–Es un ambiente jodido pero también enconarás gente que vale la pena. Yo no voy a trabajar para encontrarme con amigos pero sí de alguna manera reconozco que encontré gente con la que hoy por hoy tengo una amistad. Yo voy a trabajar y después me vuelvo a mi casa. Si se genera una empatía un poco mayor, bienvenida sea. Pero sí es un ambiente que está lleno de envidia, mucha competencia, como en todo laburo, creo, pero acá por ahí se nota más. Y eso hay que llevarlo, hay que no desconcentrarse por esas cosas y poner el foco en el laburo. Después tenés mucha carga horaria. La gente que lo ve de fuera piensa que vamos dos minutos y en realidad estás todo el día grabando. Si encima estás haciendo teatro, después te vas a ensayar, luego, a la función, y te acostás tarde todos los días. Y después tenés una vida y hacés cosas, tocás la guitarra, leés, te juntás con tu familia, vas al cine. Es una profesión que yo veo muy parecida al deporte; a veces tenés que sacrificar algunas cosas. Es así, para llegar a un lugar a veces hay que sacrificar cosas. Es una profesión en la que hay que ejercitar la paciencia cuando no aparece el trabajo tan rápido. Yo me considero un poco ansioso y empecé a darme cuenta de que la paciencia se practica y hay que saber cuáles son los tiempos. El ambiente no es fácil. Yo trato de quedarme lo menos posible. A mis amigos los tengo fuera. Tengo amigos dentro a los que quiero un montón, grandes compañeros que son muy buenos conocidos y a los que quiero, pero soy de los que prefieren pasar inadvertidos.

–¿No vendés tu intimidad por un canje?

–No, la verdad que no. A ver… si me invitan a comer es una cosa, pero no regalo el alma por un par de zapatillas. Tampoco me detengo en si me reconocen o no, no me importa. No es mi búsqueda. Yo quiero modificar a la persona que está viendo un trabajo mío, para bien o para mal, pero modificarla. Creo que el actor es uno de los responsables sobre los cuales puede recaer un poco la revolución, el cambio de las cosas establecidas con las cuales uno a veces no está tan conforme. Creo que de eso  nace la expresión artística y estas ganas de contarle al mundo determinadas historias. Entonces, para mí la actuación es un arma fundamental y uno es muy esa presión, responsable a la hora de actuar.  Tenés una gran responsabilidad a la hora de contar una historia. Tal vez con algunos laburos más que con otros. En Golpe al corazón estoy trabajando un personaje que tiene una crisis de identidad. Es un tema muy sensible y es una necesidad humana saber quién sos. Mi personaje pelea con eso. Es muy interesante en un culebrón, con todo el color rosa, poder contar eso.

–En los tiempos que corren es un riesgo hacer una ficción diaria. Golpe al corazón ocupa el espacio que dejó Fanny la fan, que estuvo menos de un mes al aire y luego pasó a la web de Telefe. ¿Sentís  esa presión , esa inseguridad? ¿Te fijás si tu personaje mide o no mide?

–Sí, se vive esa inseguridad. La televisión, quieras o no, se volvió una estadística porque vivís con el minuto a minuto. En otras partes del mundo no existe pero acá sí, y hasta la gente que está deambulando por la calle te pregunta cómo le va a la novela en rating. Y es tan triste que te pregunten eso. ¡Qué pocas ganas de mirar un poco más allá! Es tomar el número, lo frío, pero es real y hay que aprender a convivir con eso. Está y no hay que volverse loco. Yo nunca le di pelota al rating porque nuestra idea es otra y nuestra búsqueda tiene que ser otra. Pero estar, están, y los sufrís aunque no quieras estar tan atento. Inevitablemente, es lo que maneja la televisión de hoy en día. Fanny la fan era una muy buena propuesta, una apuesta muy jugada, riesgosa, ¿pero si no corremos el riesgo, de qué se trata esto? Y es gracioso porque vos ves un programa por la web y es como que queda descalificado. Pero si ese mismo programa estuviera en otra plataforma de streaming más conocida tendría otro nivel. Es la estupidez humana. Es un pensamiento totalmente llano.