Uno de nuestros cronistas estuvo en Nueva York y, luego de ocho meses de preparación, corrió el maratón más famoso del mundo. Un poco de agua y mucho aire, la carrera está por comenzar.


Congrachuleishons!”, me dice el tipo con una medalla dorada que cuelga del cuello. “Felicidades a vos también, che”, le respondo. Si en general es fácil identificar a los argentinos en el extranjero, menos esfuerzo hay que hacer acá, en el local de Uniqlo de Quinta Avenida, donde decenas de compatriotas pasean deslumbrados ante los precios de las camperas livianas y coloridas.

Es el lunes 6 de noviembre y somos varios los que exhibimos con orgullo esa medalla que da cuenta de que ayer corrimos 42 kilómetros y 195 metros a través de los cinco distritos de Nueva York, desde Staten Island hasta Manhattan, pasando por Brooklyn, Queens y Bronx. Con un total de 50.643 participantes, el maratón de esta ciudad es el más convocante del mundo. Para muchos de los que estamos acá, se trata de una experiencia que difícilmente se vuelva a repetir. El “once in a lifetime” de los corredores. Un evento que excede esa sucesión ininterrumpida de pasos sobre el pavimento durante tres, cuatro y hasta seis horas, en el caso de los que llegaron últimos. El TCS New York Marathon es un acontecimiento que en rigor abarca varios días y toca de cerca a todos: a los participantes, por supuesto, pero también a las miles de personas que ayer salieron a la vereda con carteles y banderas a alentar, a poner música o a regalar agua, bananas y servilletas de papel para que podamos secarnos la transpiración y la humedad de una garúa intermitente que nunca terminó de desaparecer.

Hoy, el The New York Times le dedicó un suplemento especial a la carrera, con una gran foto de Shalane Flanagan en su tapa: hacía 40 años que una estadounidense no ganaba la competencia. En el suplemento también se publicaron los nombres de todos los corredores que terminaron en menos de cuatro horas y 59 minutos. Mi cuarto de hora de fama está ahí impreso, perdido entre miles de otros. Pero el cuarto de hora del running parece haber pasado en los EE.UU., salvo en Nueva York, según afirma una nota del suplemento del Times. La gente está cambiando a otros deportes de fitness –dice– y una de las causas sería el precio de las carreras. Las 26,2 millas de Nueva York, por caso, son las más caras del planeta: 295 dólares que pagan todos los inscriptos, incluso quienes fuimos beneficiados por salir sorteados (apenas el 17 por ciento de quienes se anotaron en el sorteo obtuvieron un lugar). Lo concreto es que la demanda para el maratón de Nueva York es inelástica. Da la sensación de que podrían obrar el doble y la gente igual buscaría su lugar desesperadamente.

“Good job!”, fue lo primero que me dijo ayer uno de los voluntarios que recibía a los corredores tras cruzar la meta. Me colocó la medalla. Otro me sacó una foto. Se me nubló la vista y por un momento pensé que me desmayaría del cansancio y la emoción. Estaba ocurriendo: ese instante mágico que se hace eterno después de haber terminado un maratón en tres horas, 30 minutos y 35 segundos. Vi a una francesa apoyada contra una baranda. Lloraba. “Congrats!”, me dijo alguien. “Congrats!”, decían todos. Apareció un médico que me llevó en un carrito hasta donde podría recuperar mi bolso con ropa seca. Tenía frío y me dolía la espalda. “Aprovechá –me comentó el doc, oriundo de Puerto Rico–. Esta es la única forma en que vas a lograr asistencia médica en los Estados Unidos sin pagar extra.”

En total, fueron 12 mil los voluntarios que trabajaron para hacer posible semejante evento. Los días previos entregaron las remeras y los dorsales en la expo donde nos registramos. Y ayer nos recibieron bien temprano en los centros de transporte que nos llevarían hasta el punto de partida.

“Welcome, runners!”, nos dijeron. Eran las 7 de la mañana en el Whitehall Terminal donde tomamos el ferry que cruza a Staten Island. Unos perros olfatearon nuestros bolsos y un policía los inspeccionó con un detector de metales. Los controles de seguridad terminaron ahí. Luego del ferry, un micro nos depositó en una villa enorme separada en tres sectores (verde, azul y amarillo), cada uno de ellos a su vez dividido en una decena de corrales que nos habían asignado previamente. Cada sector largó a una hora diferente. A mí me tocó el verde, corral C, a las 10.15. Me puse el cinturón con cuatro geles de glucosa, volví a atarme los cordones y me coloqué adelante de todo. Tras el himno, sonó el clásico “New York, New York” de Frank Sinatra y luego algunas palabras que no me importó entender. Después, la señal de largada y mi primer paso sobre el asfalto del puente Verrazano.

“La fiesta comenzó no bien ingresamos en
Brooklyn y los primeros vecinos aparecieron a dar aliento.”

“Hey, congratulations!”, me dice una desconocida que pasea un perro en la esquina de Séptima Avenida y una calle que no reconozco porque siempre me pierdo cuando salgo de un subte en Manhattan. Me asombra que, aun lejos del Central Park, todavía haya gente con medallas, como una pequeña plaga que se esparce orgullosa por los barrios. Los locales nos reconocen y nos felicitan como si fuéramos soldados que venimos de una guerra. ¿Es para tanto? La carrera empezó con una subida empinada por el puente y luego dos kilómetros solitarios con el eco de las zapatillas sobre los listones de acero.

La fiesta comenzó no bien ingresamos en Brooklyn y los primeros vecinos aparecieron a dar aliento: chicos que extendían la mano para chocar los cinco, familias enteras agitando los brazos, otros con carteles creativos: “You’re running better than the government”, “An Uber to Central Park costs 40,12 dollars”, “If Britney made it through 2007, you can make these 26,2 miles”, “Run now, beer later”. Muchos cantaban o ponían música mientras atravesábamos el bulevar de la Cuarta Avenida. Por supuesto sonó “No Sleep Till Brooklyn”, de los Beastie Boys, pero también escuché cosas tan variadas como Rolling Stones (“Simpathy for the Devil”), Led Zeppelin (“Good times, Bad Times”) y Elvis Crespo (“Suavemente”). El público, la emoción, los geles que fui consumiendo cada 45 minutos y algunos tramos en bajada me ayudaron a hacer un tiempo de carrera que me sorprendió. Brooklyn era una fiesta. A veces agitaba los brazos como un demente. A veces aplaudía al público como los futbolistas cuando salen de la cancha para dejar lugar a otro compañero.

Completé los primeros 25 kilómetros en 2.04 horas, que se me pasaron muy rápido, pero sabía que lo peor empezaría a partir de ese momento: cruzar el puente de Queensboro, que une Queens con Manhattan, implica correr una milla en subida y con las piernas cansadas. Y si bien después recuperé el ritmo con la emocionante entrada al Bronx (uno de los momentos más extraordinarios que viví en mi corta carrera de atleta amateur), el tramo final fue difícil.La Quinta Avenida tiene una pendiente leve pero constante, que hace que cada paso cueste un poco más. Ya no me importaba el aliento, ni la batucada de fondo. Consumí mi cuarto gel de glucosa y arrojé el cinturón a la vereda. Acepté agua en todos los puestos de hidratación.

La entrada al Central Park no la disfruté. Todavía faltaban dos kilómetros y sólo pensaba en llegar, sabiendo que ya mi ritmo de carrera era el que podía y no el que quería. Y que todo lo bueno que había hecho durante la primera mitad lo estaba derrochando con un paso menos enérgico. Pero apareció la salvación: la vi. Ahí estaba la pacer de las 3.30 horas. En toda carrera hay pacers (o liebres) que corren con un cartel que indica en cuánto terminarán el trayecto. Basta con seguirlos para llegar en ese tiempo deseado. Y mi objetivo era ese: tres horas y media. Ella corría rápido, pero logré seguirle el paso. Por momentos la perdí. Por momentos la encontré. La gente gritaba. Tal vez llovía. Tomé más agua. Bebí un sorbo. Mordí el vaso de cartón. Lo escupí con bronca. Eran los dos kilómetros más largos del mundo. Muchos corredores ya caminaban exhaustos, me llevé algunos por delante, seguí a la pacer. La volví a perder. Y entonces vi el arco azul y supe que por fin, después de ocho meses de entrenamiento, terminaría la maratón de Nueva York.

“Cheers!”, me dice un desconocido en un café al que entré para refugiarme de la lluvia. “Thanks”, le respondo. “The marathon is a big event for us.” “I know”. Y vuelvo a acariciar la medalla.