Dueño de un perfil que se convirtió en ícono mundial, el gran autor de la moda es un hombre de personalidad inabarcable. Eternamente resguardado detrás de sus anteojos negros, ha construido su propio mito y todavía le queda mucha tela por cortar.


Un cohete inicia su falsa ignición entre modelos metalizadas, humo y tweed. La cuenta para el despegue tiene la voz de Elton John y su Rocket Man: “I’m not the man they think I am at home/ Oh, no no no. I’m a rocket man”.

El desfile otoño-invierno 2017 de Chanel en el Paris Fashion Week está a punto de estallar y uno se pregunta, escuchando la canción, cómo será puertas adentro el comandante Karl Lagerfeld. El genio octogenario no sólo es una imagen de Chanel casi más icónica que la de la mismísima Coco, sino que también está al frente de otras dos marcas: Fendi y la que lleva su propio nombre, Karl Lagerfeld. Sigue dibujando febrilmente, fotografiando campañas, presentando colecciones resort desde Seúl hasta La Habana  realizando colaboraciones incluso con marcas para skaters, como Vans.

Lagerfeld es el hombre que descubrió el poder de lo políticamente incorrecto y se adueñó de un humor que la moda jamás logró domesticar. Dice que cuando entró en Chanel ni siquiera sus empleadas usaban prendas de la firma y que él logró no sólo recuperar la etiqueta, sino transformarla en un fenómeno para las nuevas generaciones. Karl es cualquier cosa menos modesto, ¿pero quién puede culparlo?.

“Soy como un  a caricatura  de mí mismo y eso me gusta. Es como una máscara, y para mí el Carnaval de Venecia dura el año entero. Todo lo que digo es una broma, yo mismo soy una broma”

Su propia imagen, envuelta en negro, con gafas y colita, es un emblema pop que comercializa en estampas, pins, accesorios para celulares, objetos decorativos, papelería y joyas. Pero a Lagerfeld el ego no le ensombrece la ironía: “Soy como una caricatura de mí mismo y eso me gusta. Es como una máscara, y para mí el Carnaval de Venecia dura el año entero. Todo lo que digo es una broma, yo mismo o soy una broma”.

Habrá que creerle, aunque parte del chiste es no saber jamás cuándo dice la verdad. Afirma que nació en Hamburgo en 1935, hijo de un banquero de origen sueco y de “Elisabeth de Alemania”, pero en realidad su padre era un industrial que hizo fortuna elaborando leche evaporada y conoció a su madre cuando era una ferviente católica empleada de comercio. También está comprobado que Karl nació en el 33 y lo único que tiene de nórdico son los libros de Larsson. Que la verdad no se interponga ante una buena historia.

Lector voraz, cuenta con una de las mayores bibliotecas privadas del mundo. Sus lentes son el fiel reflejo de un hombre que, aunque viva expuesto, prefiere mirar a ser mirado. Jamás abandonó su pasión por la literatura, el dibujo y la fotografía. Aún hoy boceta todas sus colecciones y fotografía las campañas de Chanel, además de colaborar para distintos editoriales de revistas y ser autor de libros tan  célebres como The Emperor’s New Clothes, la obra que publicó Visionaire en 1998 en una edición limitada de 5.000 ejemplares. El libro, que contiene fotos de desnudos que aún hoy son audaces, se consigue usado por la poco austera suma de 600 euros. Todo lo que mira Karl se convierte en oro.

Justamente, el cuento de Hans Christian Andersen “El traje nuevo del emperador” parece ser una obsesión para el diseñador. Además de homenajearlo en el título de su libro, en 1980 ya había ilustrado una edición especial del famoso relato infantil. La historia del monarca engañado por dos pillos que le venden un traje inexistente “que sólo los inteligentes podrán ver” habla tanto de la adulación desmedida como de la estupidez que esta conlleva. Sólo un niño se atreverá a decir la verdad: el emperador está desnudo. Y con sus palabras desbaratará el engaño escondido tras las apariencias. Por las dudas, Karl siempre va a los desfiles acompañado por su ahijado de nueve años, Hudson Kroenig.

Cualquier semejanza con el mundo de la moda es pura coincidencia. El kaiser juega sus cartas como nadie, y en el planeta Lagerfeld la banca siempre gana. Sabe mover los hilos de la ficción e hipnotizarnos como en una película de Hitchcock: mujeres en blanco y negro salpicadas por una lluvia de perlas y monogramas, viajes intergalácticos con vestiditos Courreges, letras C entrelazadas sobre la Torre Eiffel. La fantasía de un supermercado donde todos los productos son Chanel, unas cataratas del Niágara que se convierten en prendas plásticas como agua mutante, cowgirls enloquecidas, Tilda Swinton paseando su blancura espectral por las calles cubanas o aquel casino memorable donde Julianne Moore y Kristen Stewart jugaban su destino a los dados en una especie de Séptimo sello fashionista. Todos sus desfiles cuentan una historia, Lagerfeld es el gran autor de la moda y su novela tiene todos los ingredientes para atrapar al lector.

La lectura es una práctica solitaria, y la vida íntima de Lagerfeld bien podría ser un cuento de misterio. Sin embargo, un amor sacudió el templo de su privacidad. Karl fue pareja durante casi dos décadas de Jacques de Bascher. Célebre socialite, De Bascher fue el primer it boy: guapo y aristocrático, se animó a los atuendos más estrafalarios, las compañías más extremas y las noches más salvajes. Cultor de todo tipo de placeres, repartía su vida entre sus días con Karl y sus noches con Yves Saint Laurent, quien no fue uno más entre sus numerosos amantes. Lagerfeld e YSL se conocían desde muy jóvenes: al momento que Karl se postuló por primera vez para trabajar en Balmain, el elegido fue Yves. No obstante, cuando logró ingresar  en la firma, dos años más tarde, comenzaron una amistad que se rompió para siempre por De Bascher. Lagerfeld jamás volvió a dirigirle la palabra. Ni siquiera la muerte logró aplacar el dolor de la traición. Karl no nombró nunca más a YSL pero siguió su relación con De Bascher hasta su muerte, en 1989. Lo despidió en silencio, lejos de las cámaras que encandilan estrellas en el front row.

Y volvió a maquillarse, vestirse y peinarse la coleta. Si el show debe seguir, que sea con un gran personaje. Desde entonces no se privó de nada: desde su famoso desfile del 93 para Fendi, protagonizado por la porn star Moana Pozzi (que causó la escandalizada  huída de Anna Wintour), hasta su apología del uso de pieles naturales y las provocaciones a PETA que terminaron en cierta manifestación frente a un evento, donde esquivó un tortazo de la asociación proteccionista que terminó impactando en Calvin Klein. También decidió bajar 40 kilos para poder entrar en los trajes slim fit diseñados por Hedi Slimane y logró el milagro. Karl tiene cintura para desviar cualquier proyectil y logística para impactar con sus misiles.

Su parafernalia verbal lo llevó a desafiar todas las reglas. Dijo que Adele estaba “un poco demasiado gorda” y se atrevió a admirar la belleza romántica de Kate Middleton pero defenestró a su hermana Pippa: “No me gusta su cara, deberían enfocarla sólo de atrás”, sentenció. Mención aparte merecen sus dichos sobre los rusos: “Si yo fuera mujer en Rusia, sería lesbiana, ya que los hombres son muy feos. Ahí se ven las mujeres más bellas y los tipos más horribles”, le dijo al suplemento de moda de The Telegraph. Agradezcamos que Lagerfeld se haya dedicado a la moda y no a la diplomacia.

En lo que se refiere a su ámbito, tampoco es tímido. Cuando le preguntaron qué cosa no hubiera tolerado en la vida, dijo: “Una hija fea. Aunque una mujer fea puede arreglárselas con un buen cuerpo. Peor es ser petiso; para un hombre, ser bajito es imposible”. ¿Su opinión sobre los tatuajes? “Son horribles, es como vivir full-time en un vestido de Pucci”. Si la provocación es un arte, Lagerfeld sería Leonardo da Vinci.

Karl será un caramelo ácido pero tiene en quien volcar su dulzura: obviamente hablamos de su gata birmana Choupette. Una influencer con cuentas en todas las redes que acumula miles de seguidores, protagoniza videos rodeada por celebridades y tiene su propia colección de accesorios. En marzo le hackearon el Instagram, pero por suerte sus dos cuidadores y la community manager pudieron solucionar semejante tragedia.

Mientras tanto, Lagerfeld sigue ovillando novedades. Pionero en alianzas estratégicas, a sus ya famosas colaboraciones con Diesel y H&M acaba de sumar una cápsula para Falabella que puede conseguirse en la Argentina. Compré una campera plateada, no pude resistirme, quiero estar lista por si Karl se convierte en el Rocket Man. La luna será lenguaraz, perlada, glamorosa e irónica o no será.